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Yohir Akerman
Puntos de vista

Los nunca de siempre

El candidato Abelardo de la Espriella ha construido su campaña sobre una idea que pretende sonar nueva, limpia y moralmente superior: los nunca. Los que nunca han vivido del Estado. Los que nunca han hecho politiquería. Los que nunca se han mezclado con los de siempre. Los que nunca se arrodillan. Los que nunca cambian de principios. Los que nunca le deben nada a nadie. El problema es que, en su caso, cada nunca parece venir con una excepción, un archivo, un contrato, un cliente, un socio, una foto o un esclarecimiento posterior.

Me explico. La candidatura de De la Espriella no se sostiene por la coherencia de sus ideas, sino por lo colorido de su personaje. El tigre, la cachucha, el saludo impostado, el chaleco antibalas, la voz de sentencia, la pose de fiscal de la patria y el libreto de salvación forman parte de una construcción estética, más que de una arquitectura política. No es un proyecto, es una actuación. Y como toda puesta en escena, funciona mientras el público no mire detrás del telón.

Por eso empecemos corriendo la cortina. El primer telón es el de la pobreza. De la Espriella ha llegado a presentarse como el candidato de los más necesitados, o al menos como el hombre que dice representar al ciudadano de a pie. Pero su historia, su lenguaje, sus símbolos, sus obsesiones y su propio relato de vida no parecen venir de una cercanía real con los menos favorecidos, sino de una relación más utilitaria con ellos. Para él, los necesitados no parecen ser una causa sino una escenografía: plaza, coro, multitud y contraste, para que el abogado multimillonario pueda posar como vocero de quienes nunca han sido invitados a sus salones.

No se trata de reprocharle a alguien su riqueza. En un país tan acostumbrado a castigar el éxito ajeno, esa sería una crítica fácil y equivocada. El problema tampoco es tener recursos, vestir con lujos, viajar en avión privado, cobrar honorarios altos o disfrutar de sus excesos, como constantemente alardeaba en sus redes sociales. La contrariedad es convertir la miseria en escenografía moral, mientras se ha construido una marca personal basada precisamente en la distancia frente a esa realidad. 

El periodista Gerardo Reyes, en el perfil que escribió para su libro sobre el testaferro de Nicolás Maduro, Alex Saab, retrató a De la Espriella como un personaje fascinado por el dinero, el poder, los lujos, la ropa, los perfumes, las armas, la fama y la idea de dominar la escena. No describe a un hombre formado en la austeridad ni en la pedagogía social del sacrificio, sino a alguien que desde muy temprano contó su vida como una sucesión de negocios rápidos, contactos oscuros, viajes, honorarios y triunfos narrados siempre en primera persona.

Ese es el punto. Porque, aunque él pueda decir que no hay nada ilegal en eso, sí hay una contradicción política cuando el mismo personaje que ha hecho de la ostentación una marca decide ahora presentarse como intérprete natural de quienes tienen poco. Los problemas de desigualdad en Colombia no se solucionan con rugidos. Tampoco con un saludo militar. Mucho menos con una estética de millonario indignado que baja a la plaza a decirle al pueblo que él, precisamente él, es uno de ellos, después de haber construido durante años un personaje más pendiente de su clase, sus trajes, sus perfumes y sus aviones que de cualquier épica de humildad.

Sigamos. La segunda contradicción es todavía más concreta. De la Espriella ha dicho que no ha vivido de la “teta estatal”. Lo repite una y otra vez. Sin embargo, después de una revisión de su contratación realizada por Cuestión Pública, se demostró que la firma fundada por el hoy candidato ha tenido 12 convenios estatales por un total de 3.603 millones de pesos. Dos de esos contratos fueron firmados en enero de 2026, cuando su candidatura ya estaba andando, y suman 457 millones de pesos.

Otra vez, el problema no es que una firma de abogados contrate con el Estado. Eso puede ser legal y legítimo. De hecho, la misma investigación periodística señala que los contratos reportados no registran multas, sanciones o procesos de responsabilidad fiscal por incumplimiento. El problema es predicar pureza antiestatal mientras la firma que lleva su nombre, su historia y su influencia ha recibido recursos públicos durante años. En política, las contradicciones no siempre están en lo ilícito y muchas veces están en lo simbólico. En este caso, el símbolo es evidente ya que la “teta estatal”, al parecer, solo incomoda cuando alimenta a otros.

Lo mismo ocurre con su supuesto antiestablecimiento. De la Espriella se presenta como outsider, independiente, alternativo, como el hombre que viene de afuera a enfrentar a los de siempre. Pero a su campaña se han sumado numerosos exfuncionarios del Gobierno de Iván Duque, varias figuras del uribismo, antiguos funcionarios del santismo, dirigentes liberales, miembros de Cambio Radical y políticos tradicionales que representan exactamente aquello que el candidato dice combatir.

La propia página de su movimiento ofrece la coartada perfecta. Allí se afirma que De la Espriella no está en contra de la política sino de los politiqueros, que “los buenos políticos” son bienvenidos, que su compromiso es con el ciudadano de a pie y que su fórmula tendrá independencia para gobernar sin ataduras. Es decir, la campaña ya diseñó la excepción que le permite condenar al establecimiento en público y recibirlo en privado y justificar que cuando los políticos tradicionales están en su contra, son los de siempre, pero cuando llegan a su campaña, se convierten en los buenos muchachos.

Esa es la especialidad del personaje. Como dice una cosa, dice la otra. No cambia de opinión, sino que cambia de conveniencia. No evoluciona, sino que se acomoda. En su caso, las contradicciones no son accidentes, sino que son parte del método. Su propia campaña ha intentado convertir esa elasticidad en doctrina. En ese artículo en su página web el movimiento de De la Espriella defendió sus giros frente a temas como la adopción por parejas del mismo sexo, su valoración previa de Gustavo Petro y su actitud inicial frente al proceso de paz. Según esa explicación, lo que cambió fue su lectura de personas y situaciones, no sus principios. 

La verdad es que De la Espriella no es un hombre que cambia después de una larga reflexión pública. Es el abogado y ahora candidato que primero acomoda el discurso, luego lo justifica, después ataca ferozmente al periodista que le recuerda la contradicción y finalmente se presenta como víctima de una conspiración de sus enemigos.

Terminemos. La contradicción más grande, sin embargo, está en Venezuela. De la Espriella se vende como enemigo furioso de la izquierda, del chavismo, de Maduro y de todo lo que huela a socialismo autoritario. Pero una parte fundamental de su fortuna profesional y de su notoriedad pública quedó amarrada a Alex Saab, el barranquillero sancionado por Estados Unidos y convertido en símbolo del saqueo chavista. El tigre anticomunista tuvo como mejor cliente durante muchos años al testaferro del hambre chavista.

No es una frase retórica. El Departamento del Tesoro de Estados Unidos sancionó a Saab en 2019 y sostuvo que había participado en una red de corrupción que explotó el sistema de distribución de alimentos del Gobierno venezolano, para lavar cientos de miles de millones de dólares y beneficiar al entorno de Maduro, mientras se usaba la comida como mecanismo de control social.

Ese solo hecho debería incomodar la narrativa del candidato. O a sus seguidores. Porque no se trata de decir que un abogado no pueda defender a una persona cuestionada. Claro que puede. Esa es una garantía esencial del Estado de derecho. El problema es cómo lo hizo.

Recordemos la historia de la fuga de Saab. En una columna anterior titulada ‘Abelardo y la fuga’ se reconstruyó la línea de tiempo de septiembre de 2018, cuando un patrullero de la Policía filtró información sensible a una abogada de De la Espriella Lawyers sobre una operación inminente de la DEA en contra de Saab. Esa información no llegó después del operativo, cuando ya todo era irrelevante, sino antes, cuando todavía podía cambiar el desenlace. Ese es el dato central. El policía que filtró la información terminó condenado por recibir un soborno de la firma de abogados, el operativo fracasó, Saab ya no estaba en Colombia y la denuncia formal de De la Espriella por esos hechos apareció solo cuando la captura se había caído. 

Y ahí aparece otro nombre incómodo, el de su antiguo socio y hombre de confianza, Daniel Peñarredonda, en un tema que se conecta con otra presunta corrupción. Este fue señalado por fuentes cercanas al proceso como presunto “cómplice no acusado” en un caso federal en Tampa relacionado con Jorge Luis Hernández Villazón, alias Boliche, acusado de lavar dinero y defraudar a narcotraficantes con falsas promesas de beneficios judiciales. Son varias las fotos de ‘Boliche’ con su gran amigo Abelardo. Un negocio Peñaredondo.

La acumulación de episodios no prueba por sí sola una responsabilidad penal del candidato. Y hay que decirlo con claridad, Abelardo de la Espriella conserva su presunción de inocencia jurídica. Pero no moral. Y una candidatura presidencial no se examina únicamente con el estándar de una condena, también se examina con el estándar de la confianza pública y en ese terreno las sombras pesan, las compañías hablan y los oscuros métodos importan.

Por eso, el asunto de fondo no es si Abelardo de la Espriella es de derecha, de ultraderecha, liberal converso, exuribista independiente, antipetrista profesional o candidato de protesta. El asunto es si un país cansado de la incoherencia profunda de este Gobierno puede entregarse al candidato que ha hecho de la incoherencia profunda una forma de poder. 

El tigre que dice representar a los pobres tiene una biografía pública de lujos y excesos. El que dice no haber vivido del Estado tiene una firma con multimillonarios contratos estatales. El que dice combatir a los de siempre, ahora recibe a los políticos mediocres y zalameros de gobiernos anteriores. El que dice odiar a la izquierda hizo parte de la defensa del gran operador financiero del régimen venezolano. El que habla de ley aparece una y otra vez en expedientes donde la pregunta no es si conoce la norma, sino cómo la usa cuando le estorba.

Ese es el riesgo de Abelardo. No que sea fuerte, sino que actúe la supuesta fortaleza. No que sea independiente, sino que venda independencia mientras se llena de apoyos tradicionales. No que haya defendido clientes cuestionables, sino que pretenda convertir esa historia en credencial moral sin responder del todo por sus métodos. No que cambie de opinión, sino que tenga siempre una coartada lista para presentar la contradicción como convicción.

Ahí aparece la contradicción final del patriota. Si Abelardo creyera de verdad que la patria está en peligro, como dice, por la permanencia de la izquierda, y que ese peligro está por encima de su ego, estaría ayudando a ordenar a toda la derecha alrededor de la candidatura con mayores posibilidades reales de enfrentar a Iván Cepeda. Pero su juego parece otro. No parece estar apostando a ganar, sino a meterse en segunda vuelta, aunque sepa que él sería el rival más cómodo para la victoria de Cepeda. Está jugando a no quedar de tercero. Porque el tercero en política se olvida rápido, mientras el segundo queda como referente, dueño de una orilla, jefe de oposición y víctima disponible para convertir sus líos judiciales en supuestas persecuciones políticas. Esa es quizá la mayor contradicción de todas. El hombre que dice querer salvar la patria podría terminar facilitando el triunfo de aquello que dice combatir, con tal de no sacrificar el tamaño de su propio personaje.

Y así queda el país preso de su ego. Porque cuando se apagan los parlantes de su tarima, se desmontan los efectos especiales, se quita la cachucha de campaña, se revisan los contratos, se leen los expedientes, se miran los aliados y se ordena la línea de tiempo, el tigre termina reducido a un animador político que promete acabar con los de siempre, mientras se parece demasiado a ellos. Y peor aún, que, para demostrar grandeza, necesita anunciarla. Hay que recordarle al candidato que algunas cosas, como la inteligencia, la clase, los principios o el valor verdadero, cuando existen, no hay necesidad de ostentar de ellos.

@yohirakerman; akermancolumnista@gmail.com

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