
Llevo 25 años practicando yoga. Me certifiqué con tres escuelas diferentes y fui instructora durante más de una década. Aunque ahora solo me interesa como práctica personal, considero que la ética del yoga es la que mejor describe una buena forma de ser con uno mismo, con los demás y con la naturaleza que nos rodea.
La gente piensa que hacer yoga es únicamente la práctica de las posturas físicas o asanas, los ejercicios de respiración o pranayama y la meditación, también conocida como dhyana. Pero estos son solo tres de los ocho principios de esta filosofía. De lo que casi nunca se habla es del primer fundamento ético del yoga: los yamas, los cuales se describen en los Yoga Sutras de Patanjali, un texto con más de dos mil años que nos enseña una forma de vida más consciente, justa y armoniosa. Alguna vez escribí alrededor de los yamas para explicarle al señor Álvaro Uribe Vélez, que decía practicar yoga, por qué todo lo que él hacía iba en contra de dichos principios. Ahora me interesa hacerlo para hablar de Abelardo de la Espriella. No porque él haya dicho que sea yogui, cosa que sería contraevidente; me interesa referirme a estos asuntos porque no solo resultan esenciales para un practicante de yoga, sino para cualquier ciudadano colombiano que está a punto de decidir su voto.
Los yamas, primera rama de la filosofía del yoga, se refieren al comportamiento ético y la manera como nos relacionamos con el mundo que nos rodea. Son cinco: ahimsa (no violencia), satya (verdad), asteya (no robar), brahmacharya (continencia) y aparigraha (no codicia).
Desglosemos.
Ahimsa, o no violencia, es el primer yama y se trata de evitar por todos los medios posibles causar daño a otros o a uno mismo, de manera física, mental o emocional. Abelardo de la Espriella es un hombre que usa la violencia como parte estructural de su comunicación. Su bravuconería, su gesto erizado y su tono insultante y descalificador, evidencian una personalidad maltratadora que no teme arrasar con los demás para satisfacer su ego o incluso para divertirse (matando gatos, por ejemplo). Decir que va a defender la democracia “por la razón o por la fuerza”, que va a “destripar a la izquierda”, o que sus oponentes son “narcoterroristas” o “delincuentes”, son declaraciones incendiarias que demuestran su talante agresivo y feroz. En ese sentido, prefiero las maneras decentes y moderadas del candidato Iván Cepeda: un hombre capaz de discutir sin insultar, de dialogar sin exaltarse, de respetar la libre prensa (porque sin ella no hay democracia), y de jugar el papel de entrevistado sin agredir a las periodistas llamándolas “cariño” o ignorantes, y mucho menos invitándolas a hacer zoom en una foto de su pene.
Sigamos con el segundo yama: satya, o verdad. Este principio hace hincapié en la importancia de regirse por la honestidad en todas las situaciones de la vida. No siempre es fácil ser del todo sincero con uno mismo y con los demás, pero un hombre que pretende ser el líder de 53 millones de personas debe contar con esta virtud. De la Espriella miente con frecuencia, evade la verdad atacando con fiereza o distorsiona los hechos para evitar hacerse responsable de varios asuntos comprobados. Un ejemplo claro: se refiere a los izquierdistas como “criminales”, cuando evidentemente no todos lo somos, mientras borra tuits que evidencian sus relaciones con criminales condenados como el ‘Ñeñe’ Hernández.
Sin embargo, su más grande mentira, la más vil, es asegurar que recuperará en 90 días la seguridad de Colombia. Lo dijo, aunque ahora lo niegue. Y es imposible. ¿Por qué? Primero, porque la capacidad militar es limitada: no hay cómo sostener la presencia ni el control territorial para desmontar, al mismo tiempo, la criminalidad que está presente en más de 700 municipios del país. En segundo lugar, porque la represión sin un plan de sustitución de las economías ilegales solo se deriva en una reducción de la criminalidad a corto plazo, que es seguida de un reacomodamiento de dichas organizaciones. Y tercero, porque las dinámicas criminales son completamente diferentes en los centros urbanos y las zonas rurales. La criminalidad no responde a un solo patrón ni a una sola estructura, por lo que una intervención genérica y ultra rápida resulta absurda y peligrosa: ya sabemos lo que han hecho los militares cuando les piden resultados en poco tiempo; han sido capaces de eliminar de manera sistemática a civiles para presentarlos como guerrilleros.
En ese sentido, prefiero al candidato Cepeda, que propone abrir oportunidades para eliminar las causas estructurales de la pobreza, las mismas que llevan a miles de personas que sufren necesidades tremendas a hacer parte de estos grupos criminales. Con represión no se combate la desigualdad. Un país más equitativo será, sin duda, más seguro. Prometer una ‘limpia exprés’, como lo hace De la Espriella, es de un mitómano o de un deslenguado (¿o de un mitómano deslenguado?).
Vamos con el tercer yama: asteya, que significa no robar. Este principio yóguico anima a los practicantes a abstenerse de tomar lo que no les pertenece, ya sean posesiones materiales, tiempo o energía. El candidato Abelardo de la Espriella propone aumentar de manera exponencial el número de bases militares de Estados Unidos en Colombia. Esto, si lo analizamos desde el punto de vista histórico, es proponer que nos dejemos robar el territorio nacional. Cuando los gringos se instalaron en Panamá, se quedaron 90 años; cuando lo hicieron en Filipinas, permanecieron 80; en Afganistán se fueron después de 20 años y tras hacer daños irreparables. En Venezuela llevan apenas unos meses tras la invasión y ya se han apropiado de todo el petróleo y el oro del país vecino. Una vez adentro, los gringos no se van o no lo hacen del todo. Con esto se pierde soberanía, es decir, lo que hace que un Estado cuente con autoridad suprema e independencia para gobernarse sin interferencias externas.
¿Dónde quedó el “¡firrrrrmes! por la patria”? ¿La patria se le entrega al imperio? Recordemos lo que ha pasado con los delitos que han cometido los militares estadounidenses en las bases colombianas ya existentes. La experiencia nos dice que no pasa nada. No olvidemos que Estados Unidos no hace parte de la Corte Penal Internacional, que los castigos que reciben sus soldados por violaciones a los derechos humanos en territorio extranjero son casi siempre nulos o insuficientes, y que terminamos siendo víctimas no solo de nuestra propia inseguridad, sino de la falsa seguridad que ese país le ofrece a naciones como la nuestra. Por eso, prefiero a un candidato como Cepeda, a quien la soberanía de Colombia le resulta innegociable y comprende que permitir la entrada de más bases militares gringas es lo mismo que dejarnos robar soberanía, recursos naturales y justicia.
Cuarto yama: brahmacharya, también entendido como continencia o autocontrol. Este principio hace énfasis en la importancia de la moderación en todos los aspectos de la vida con el fin de cultivar la concentración y claridad mental. No necesito explayarme demasiado para dejar en claro que el autocontrol es todo lo que Abelardo de la Espriella no tiene. Es desmesurado en sus apreciaciones, en sus juicios, en sus insultos, en sus alardes, en sus groserías y en sus promesas de fracking “a lo que da”, como si el agua fuera un recurso renovable y como si no existiera evidencia suficiente sobre el impacto que esta técnica tiene en la biodiversidad. Todo en él evidencia una personalidad excesiva que lo hace incapaz de escuchar o hacer autocrítica. De la Espriella es un hombre tan desbandado como impredecible, pues se rige por emociones como la ira, el odio, la venganza y el rencor. Me inclino, en cambio, por un hombre como Cepeda; alguien que ha demostrado a lo largo de su carrera política ecuanimidad, mesura y buen juicio, lo cual no quiere decir que quienes lo apoyamos estemos de acuerdo con todo lo que él propone.
Y por último, está el quinto yama: aparigraha, que significa no codicia; un principio que nos propone evitar el apego excesivo a las posesiones materiales, el estatus o el poder. Abelardo de la Espriella es un hombre codicioso; su dios, más que el de su nueva fe católica, parece ser el dinero. Tanto así que encontró en la defensa de paramilitares y narcotraficantes un “nicho”, como él mismo lo ha denominado, en el que podía lucrarse de manera rápida y sustanciosa. Aunque sea legal defender a quienes han inundado el país de miedo y sangre, dice mucho que un abogado haya elegido precisamente a este tipo de clientes; bien podrían encargarse de su defensa abogados de oficio que provee el Estado colombiano. Dice mucho, también, que quien quiere ser dirigente de un país con 23 millones de pobres sea alguien que lleva años alardeando de lo rico que es, de la ropa de marca que usa, de los vinos impagables que toma, de los maridajes que sugiere, de los viajes que hace, de las nacionalidades que posee, de la cuna que lo meció y del miembro viril con el que nació.
De la Espriella no tuvo que actuar para su papel en la serie de Juanpis González: se interpretó a sí mismo. Por eso es tan difícil entender que alguien así de pretencioso, presumido y materialista conecte con millones de colombianos, muchos de ellos víctimas de los criminales que él defendió. Por mi parte, conecto con quienes votan por un hombre que, sin ser pobre, quiere trabajar por ellos, no alardea de lo que posee, no exhibe lo que a millones les falta y no pretende subrayar unas raíces extranjeras, que, por cierto, la gran mayoría de colombianos tenemos por el solo hecho de haber sido conquistados por los españoles.
Creo que mi voto está claro. Aunque, debo decirlo, preferiría que Cepeda se hubiera bajado antes de la Asamblea Constituyente; que no perdiera el tiempo en estupideces como el uso de la camiseta de la Selección Colombia por parte de su adversario; que hiciera autocrítica con respecto a la Paz Total; y, sobre todo, desearía que hubiera contando con estrategas políticos más hábiles y enfocados, así como con reales expertos en comunicación digital. La campaña de Cepeda ha sido tan confusa y dispersa que nos pone en riesgo de que el autodenominado felino llegue al poder y rasgue con sus garras nuestra dignidad, nuestros derechos, nuestra soberanía y nuestro medio ambiente.
No pretendo que todos los colombianos se vuelvan practicantes de yoga. Pero sí que reconozcan la importancia de los principios éticos que esta filosofía propone. Cepeda tiene varios asuntos por corregir y mejorar. Pero es un hombre íntegro e intachable. De la Espriella, por su parte, ha dicho que su profesión de abogado nada tiene que ver con la ética. ¿Por qué sería diferente como presidente? No se puede votar por un bully multimillonario esperando que se comporte al ser elegido como un aliado del pueblo.
Para mí, si no rima con ética, no rima con nada.
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