
Lucrecia Martel: “No es nada fácil hacer películas sobre los sectores de la población que nuestra historia decidió hacer desaparecer”
Lucrecia Martel es sin duda una de las cineastas más importantes del panorama latinoamericano y una de las voces más poderosas en acudir al Reencuentro en el Corazón del Mundo para celebrar los 500 años de Santa Marta. Créditos: LeoQueen - Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes
Invitada al Reencuentro en el Corazón del Mundo, el evento que se celebra en Santa Marta alrededor de la IV cumbre CELAC-UE, la directora de cine argentina compartió con el público algunas reflexiones sobre su nueva película y señaló la urgencia de encontrar nuevos lenguajes en el cine que hagan frente a las profundas desigualdades del continente.
Por: José Loschi
Aunque mucho se comenta en estos días que la IV cumbre CELAC-UE brilla por la ausencia de figuras de peso, no se puede decir lo mismo en lo que respecta a la propuesta artística que se desarrolla en paralelo este fin de semana frente al mar y la sierra, con varios invitados relevantes que seguramente convertirán el evento en algo más que una cita diplomática. El Reencuentro en el Corazón del Mundo –con el que se sigue conmemorando los 500 años de Santa Marta– recibió este viernes a la cineasta argentina Lucrecia Martel, una de las personalidades más destacadas del séptimo arte en la actualidad, no solo en Latinoamérica sino en el plano mundial.

El ruido del aire acondicionado en la sala alterna del Teatro Santa Marta llamó rápidamente la atención de Lucrecia Martel, la directora nacida en Salta, que ha trabajado el sonido como un elemento central de su cine. Allí se presentó de rojo y blanco en el atardecer samario, en un conversatorio con Juan David Correa que giró en torno a los temas que atraviesan su más reciente película, el documental Nuestra tierra. Son debates que deberían estar en la agenda de la cumbre de estados, como el derecho de las comunidades indígenas a habitar sus territorios, el racismo que legitima la violencia en las sociedades latinoamericanas y la necesidad de construir un futuro mejor a partir de un proyecto colectivo que exprese la diversidad cultural de la región.
“Además de ser una película sobre la tierra, sobre la propiedad de la tierra, sobre las artimañas de los mundos criollos para usurpar tierras indígenas, es también una película sobre la utilidad del cine”, dijo al público Martel. En un contexto global que nos agobia con la sensación de “un inminente apocalipsis”
“Además de ser una película sobre la tierra, sobre la propiedad de la tierra, sobre las artimañas de los mundos criollos para usurpar tierras indígenas, es también una película sobre la utilidad del cine”, dijo al público Martel. En un contexto global que nos agobia con la sensación de “un inminente apocalipsis”–según describió–, mientras en su país el presidente Milei ataca a la cultura, la realizadora no dudó en valorar la necesidad de producir películas que alteren nuestras percepciones: “De lo que he vivido, yo creo este es el mejor momento para hacer cine, en el cual puede volver a ser realmente útil”.
Nuestra tierra indaga en los acontecimientos que rodearon el asesinato de un líder de la comunidad chuschagasta en la provincia argentina de Tucumán, Javier Chocobar, junto con la agresión brutal a otros dos comuneros perpetrada por un empresario y su guardia. El crimen, explica Martel, hunde sus raíces en el legado colonial del continente: “Todo el territorio de América del Sur se ordenó en función de la extracción de plata y de su remisión a las metrópolis. Ese camino hizo que las comunidades del Valle Calchaquí fueran desplazadas, mal registradas en los documentos, y trasladadas a un valle más hacia el este para trabajar para los encomenderos que estaban sirviendo esa logística de la colonia”.
Fueron quince años de trabajo para esta película, con una larga investigación previa y luego el seguimiento del juicio en el que fueron condenados los responsables del crimen. En una segunda etapa, Martel tuvo que reescribir el guion a partir de un vasto material de archivo fotográfico que le acercó un miembro del pueblo indígena, y que la cineasta hoy se enorgullece de haberlo ordenado para toda la comunidad. “No es nada fácil hacer películas sobre los sectores de la población que nuestra historia decidió hacer desaparecer. Hay que buscar muchísimos documentos, leerlos oblicuamente, desechar un montón de biografías que afirman alegremente que ese pueblo dejó de existir”, puntualizó.
“No es nada fácil hacer películas sobre los sectores de la población que nuestra historia decidió hacer desaparecer. Hay que buscar muchísimos documentos, leerlos oblicuamente, desechar un montón de biografías que afirman alegremente que ese pueblo dejó de existir”
La directora confesó que fue un enorme esfuerzo vencer la comprensible desconfianza que tienen las comunidades con las cuales trabajó, e incluso al día de hoy cree que tienen sus prevenciones con la película. Pero lejos de escudarse bajo el supuesto de la apropiación cultural o de pretender saber lo que piensan, Martel asumió la responsabilidad de abordar el tema: “Uno se puede equivocar, pero todos los ciudadanos padecemos lo que es tener vecinos maltratados, eso es una experiencia que nos es propia. Investigar y tratar de entender cómo es posible que esa usurpación de tierras sea legitimada por nuestros gobiernos nacionales es una preocupación donde no nos apropiamos de nada, ya que es nuestra cultura”.
Otros de los temas sobre los que charló con Correa fueron la distribución cada vez más concentrada en las plataformas y el avance de las derechas en la región. “Es muy probable que toda Latinoamérica vaya a ver situaciones como la que nos está pasando en Argentina. Lo que nos toca a nosotros es inventar cómo hacer cine sin depender tanto de los gobiernos”, le confió a los estudiantes y cinéfilos que colmaron el pequeño auditorio. Como uno de esos prodigios que solo pueden ocurrir en el Caribe, los que estaban presentes se dieron el lujo de escuchar a muy escasos metros a la directora de Zama y La ciénaga, que viene cosechando elogios en los festivales europeos por su quinto largometraje.

En julio pasado, la cineasta participó del Bogotá Audiovisual Market y se presentó una retrospectiva de su obra en la Cinemateca Nacional, pero todavía no hay fecha confirmada para proyectar Nuestra tierra en Colombia. Hace muy pocas semanas ganó el premio a mejor película en el Festival de Londres, donde el jurado hizo la siguiente valoración: “Al destacar las voces actuales y las historias olvidadas, Martel presenta un retrato de -y para- una comunidad indígena, y les otorga una parte de la justicia que los tribunales les han negado durante mucho tiempo”.
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