Alexander Kluge, ‘in memoriam’
En marzo murió Alexander Kluge, uno de los más destacados directores de cine alemán. Abogado, escritor, activista político y destacado intelectual, siempre fue polémico y controvertido. Alemania cultural pierde a uno de sus más brillantes representantes de una generación muy especial.
Por: Gustavo Valencia
Alexander Kluge fue la cabeza visible del conocido ‘Manifiesto de Oberhausen’ de 1962, una declaración que firmaron 26 jóvenes cineastas durante el Festival Internacional de Cortometrajes de esa ciudad alemana. Este documento declaró el fin del cine comercial convencional alemán y sentó las bases para un nuevo cine que tomó forma en la Alemania de los años sesenta y setenta, con nombres como Wener Herzog, Rainer Werner Fassbinder y Win Wenders.
Junto con Peter Schamoni (otro de los firmantes, el cual en plena madurez, en 2007, realizó uno de los mejores documentales que se han hecho sobre Botero y su obra, titulado Botero – nacido en Medellín) Kluge ya había rodado un corto en 1960 llamado Brutalidad en piedra, de gran factura visual, sobre la arquitectura nazi, los grandes edificios y construcciones de aquel régimen, enfocados en diversos planos y ángulos que generan un gran efecto, impresionando por su incidencia y estrecha relación con aquella ideología. Un corto que a nadie deja indiferente por su calidad fílmica y el particular contenido de apreciar la dictadura nacionalsocialista a través de sus monumentales creaciones.
Hablar de todo ello a escasos 15 años de finalización de la guerra y cuando todo estaba, veladamente, bajo el control político de muchos exnazis, incrustados en las altas esferas del poder, era más que una osadía y atrevimiento: era más bien una especie de inmolación pública y política, que recaía abiertamente en este insolente jovencito y que también alcanzaría a muchos de los de aquel Grupo de Oberhausen, pues la mayoría de ellos estaban decididos a denunciar todo lo que sucedía en verdad en la sociedad alemana de la reconstrucción, del denominado ‘milagro alemán’.
Esto de atreverse a denunciar, aunque fuera discretamente, la existencia de poderosos exnazis en las altas esferas del poder de la Alemania de la posguerra, además de que las grandes industrias alemanas se habían enriquecido durante todo el régimen nazi, siempre ocasionó, por aquellos años, una gran agitación política en un país que no quería que se hablara de la guerra y sus consecuencias, de una sociedad germana que se negaba a creer que fue cierto lo del Holocausto y otras atrocidades más y que había lavado su conciencia con el mediático y muy promocionado juicio de Núremberg, que ahora de nuevo el cine comercial lo ha vuelto a recordar y a mantener las mismas creencias de aquella vez.
Que de pronto unos atrevidos jóvenes directores de cine vinieran a remover y a enturbiar las aguas de un pozo estancado y maloliente llamado ‘milagro alemán’ era algo que no iban a permitir por ningún motivo y el ataque a su abanderado, Alexander Kluge, era la reacción inmediata. Así que su existencia y aparición no sólo como escritor sino como director de cine, a la vez que líder gremial y activo participante en la política cultural, fue polémica y controvertida, además de todas las acusaciones que recibió durante un largo período.
Mientras sucedían todas estas intrigas e injurias en su contra, en el mundo del cine internacional otra era y muy distinta, por cierto, la recepción y consideración de sus trabajos. Su primer largometraje Adiós al ayer, también conocido como Una muchacha sin historia, recibió el León de Plata en el Festival de Venecia de 1966, época en la que este evento era de una gran relevancia y prestigio, venido a menos con los años y que ahora, por fortuna, han tratado de volver a rescatar. Dos años más tarde, 1968, en este mismo festival, se alzó con el codiciado León de Oro con Los artistas bajo la carpa del circo: perplejos, el mismo que la industria de cine de su país tenía como ejemplo del cine que no se debía hacer.
Este notorio contraste ilustra en buena medida la situación que vivió por un buen tiempo. Por suerte, las épocas fueron cambiando y en Alemania el clima político se hizo más tolerante, incrementado con la caída del muro y, por tanto, el rechazo público del que era objeto se fue convirtiendo, paulatinamente, en un reconocimiento muy merecido a su talento y prolífica obra en varios campos, por lo que las distinciones y premios no se hicieron esperar desde los años 80.
Mientras tanto, había continuado su carrera como el destacado intelectual que fue, escribiendo sobre varios tópicos y no sólo narrativa, sino también sobre política cultural, uno de sus fuertes, y también sobre cine y teoría aplicada, en especial, haciendo parte de cierta tendencia que sostiene la influencia sicológica que se puede ejercer sobre el espectador. Una tesis que comparte con el maestro soviético Serguei Eisenstein y sobre quien Kluge, muchos años después, en plena madurez y total lucidez, a los 76 años, realiza un monumental documental de nueve horas y media, en el que dedica un extenso tramo al genio ruso y a su fantástica intención que tenía de filmar El capital, de Karl Marx, al cual, de paso, también dedica una buena parte de este film, titulado Noticias de la antigüedad ideológica: Marx/Eisenstein/El capital, de 2008.
A la par de todo ello, siempre existió el activista y comprometido político que participaba en marchas, protestas y reuniones de diversa índole, en abierta oposición al extremismo de derecha en su país y en el exterior, y contra todo abuso de poder. Basta con un pequeño ejemplo para explicar en parte su empeño y filiación con la lucha de otros sectores y países. Firmó en su momento, con otros más, una carta internacional que exigía al Gobierno colombiano de Julio César Turbay Ayala, la liberación del director de cine Carlos Álvarez (1943-2019), detenido, practica común durante su represivo gobierno, en las caballerizas del Cantón Norte de Bogotá. Quien esto escribe fue interrogado por el mismo Kluge, tiempo después de aquel suceso, sobre cómo había terminado la situación. Se le pudo comentar que con Carlos todo había salido bien, más no así con Gabriela Samper, quien, a consecuencia de todo el atropello y torturas de los que fue víctima, había muerto dos años después de salir en libertad. Expresó su pesar por tan trágico final y también que su solidaridad siempre estaría disponible en contra de toda represión y abuso gubernamental.
Intervino en varias películas de cine político que son de participación colectiva como Alemania en otoño, de 1978, que es la más conocida de todas. De nuevo, en 1980, con El candidato y en 1982 Guerra y paz, esta última con participación en el guión del escritor Heinrich Böll. En total, una especial trilogía denominada Ómnibus film, en la que se intentó explorar más a fondo los acontecimientos políticos y sociales de la nación alemana del momento. Aunque de las tres, la de mayor impacto y que aún se recuerda y se cita, fue la primera Alemania en otoño, tanto por los planteamientos expuestos como por la coyuntura política tan tensa y aguda en esos meses.
Volviendo a su obra, tras sus dos primeros largometrajes, ya citados y premiados en el Festival de Venecia, realizó en 1973 Trabajo ocasional para una esclava y en 1976 Ferdinando, el duro, sus últimas películas de carácter convencional. Luego de la trilogía Ómnibus film se fue interesando por otro tipo de cine, con otra narrativa y complejidad, que entre ficción, documental y experimentación generan un capítulo muy particular y extenso de toda su filmografía. En 1979, con La patriota —una profesora de historia que rastrea en el pasado reciente alemán hasta llegar al presente de la Alemania Federal—, entre ficción y documental comenzó a desarrollar su nuevo y particular estilo, en el que el cine le sirve de expresión de sus ideas políticas sobre el desarrollo y constitución de la nación germana de la actualidad.
Una y otra vez con diferentes motivos y diversos temas retornó, siempre de forma renovada, para exponer sus tesis políticas que, sobra decir, encuentra muchos adeptos como también opositores. En otras ocasiones combinó su gusto por la ópera y la música con temas de carácter más humanista que político, como en El ataque del presente al resto del tiempo, de 1985. Su variado estilo, su concepto de lo sicológico en el cine, su fertilidad en el paso del cine convencional a otro muy de su creatividad, entregaron una gran obra fílmica que, junto con la literaria y la de sus postulados políticos, son en el gran legado que ha dejado para la posteridad. El mundo de la cultura pierde a uno de sus grandes y brillantes intelectuales, de los que ya no volverán a existir y menos ahora con la Inteligencia Artificial.
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