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A TODA MÁQUINA

A TODA MÁQUINA
Caminando por la décima

A TODA MÁQUINA

Víctor Mallarino ha desarrollado una sana desconfianza hacia las máquinas, trátese de las que preparan café, las que nos permiten intercomunicarnos, las que nos ayudarán a flotar en caso de emergencia y, de manera especial y perversa, los cajeros automáticos. De ello da muestra en sus versos de esta semana.

Pilando café

Mi mujer es cafetera.
Lo cata, lo compra y bebe
entre diez y veintinueve
tazas diarias y asevera 
que es con olla y coladera
como se tiene que hacer.
“Ningún robot va a poder
reemplazar a un ser humano”,
dice, y me toma la mano
entre un Uber sin chofer.

Alegato contra las máquinas

Me han robado el celular,
mi agenda mensual y diaria,
mi contraseña bancaria;
fotos, correos y radar 
se pueden recuperar,
pero he quedado al garete
sin que nadie me etiquete
y una app que había contado
los pasos que he caminado
desde el dos mil diecisiete.

En mis idas y venidas,
y cuando viajo en avión,
siempre atiendo a la instrucción
del chaleco salvavidas.
Para no obstruir salidas
la azafata, en la cabina,
no lo insufla en su rutina.
Pero en esa animación
que sale en televisión,
¿por qué no lo infla la china?  

Hay un instante que muestra
el poder que da el dinero:
y es al salir del cajero
contando a diestra y siniestra
la plata que ya era nuestra.  

Un pana mío, gusano,
residente en la Florida,
sibarita y buena vida
fue al cajero ayer temprano.
Y escuchó el republicano
la instrucción tan esperada
de la máquina plateada:
“Ahora dijite la clave” 
Y él le contesta: “Mi llave:
¡nombe, yo no he dicho nada!

Al marcar en el cajero
su número PIN secreto
fíjese que esté completo
y correcto en el tablero
antes de sacar dinero.
A este punto del trayecto
aparece un desperfecto
porque si al pulsar sus huellas
solo salen cuatro estrellas,
¿cómo sabe si es correcto?

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