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EN LA PELÍCULA DE PETRO

EN LA PELÍCULA DE PETRO
Daniel Samper Ospina
Los Danieles

EN LA PELÍCULA DE PETRO

Vamos con el titular de la semana: el Gobierno nacional, en cabeza de RTVC, invirtió miles de millones de pesos en una película sobre José Prudencio Padilla; contrató como protagonista al actor gringo Cuba Gooding Jr., vetado en Hollywood por escándalos de acoso sexual, lo cual significa que el casting lo dirigió Hollman Morris, y, acaso para ahorrar costos, entregó un pequeño papel al presidente Berto: fue un extra sin parlamento, aunque en medio de la trama procura comprarlo –al parlamento– con sobornos ofrecidos por Velasco y Bonillita. 

Don Hollman aclaró que el monto aportado por la nación no fue de 16.000 millones, como algunos señalaban, sino la mitad: modestos 8.000 , acaso como un guiño a mi tío Ernesto –Dumbo, en la nueva serie infantil que grabará RTVC–; y explicó, además, que la aparición presidencial es un cameo. Es decir: una escena de cama. Lo que significa que rodaron la película un martes a las cuatro de la tarde. Porque modesto, como siempre, el presidente no quiso protagonizar la cinta sino aparecer, apenas, en una discreta escena: una escena erótica, para demostrar que él es “inolvidable ahí”, aunque esta vez no le dieron diálogo para que dijera que las mujeres que valen la pena acompasan el cerebro con el clítoris.  

En el plano, Berto atraviesa un salón del Palacio San Carlos desnudo bajo la ruana de mariposas, y desenfunda “la espada de Bolívar” ante una novia jamaiquina del general Padilla. Entonces se levanta la ruana y grita “Libertad o muerte”, mientras Cuba Gooding pide a Víctor Currea de Lugo que le traduzca, porque el general Padilla en la película únicamente habla en inglés, y Gustavo Bolívar irrumpe para decirle que lo ama, y el propio Berto rompe al galope en un caballo blanco mientras lanza su grito de guerra: “¡The Walking Dit!”

Se emociona uno cuando observa la fotografía en la que el presidente Berto aparece personificado como un ciudadano de la época, con exageradas patillas tomadas del Fruver de David Racero adheridas sobre la cicatriz del lifting, aquella cirugía de rejuvenecimiento que se practicó hace un año, cuando supuso que la película sería la segunda parte de Benjamin Button.  

La deslumbrante aparición presidencial desató una lluvia de solicitudes de militantes del Pacto Histórico que reclamaban, ellos también, una palomita. Armandito se hizo presente en el set y pidió una línea. Berto exigió el papel de Manuelita Sáenz para Juliana Guerrero. Los amigos catalanes de doña Verónica ofrecieron dinero por aparecer en el ejército español. Y Navarro Wolff se ofreció para interpretar a Blas de Lezo. 

No faltarán los moralistas de la oposición que se escandalicen por esta importante inversión en nuestra memoria histórica, que en su ignorancia calificarán como despilfarro, y desatarán un aluvión de preguntas moralistas del estilo de ¿cuántas vidas de niños como Kevin se podrían salvar con los 8.000 millones que costó la película? ¿Siquiera cuántos presidentes del Congreso hubiera podido comprar Presidencia con ese dinero? O la consabida ¿por qué no acudieron a la mano de obra nacional, como un Julián Román, por ejemplo, dueño de suficientes petripuntos para ser tenido en cuenta?  

Pero quienes lo digan hablan desde la envidia. Ha nacido una estrella. Cuando Berto deje el poder en agosto, podrá explorar su nuevo oficio (y alternarlo con la escritura de libros en Manta). Filmará el remake de La isla de la fantasía con Bonillita en el papel de Tattoo, por ejemplo. Puede ser en Gorgona, en medio de las bases gringas que él mismo autorizó construir.

¿Abrirá esta nueva audacia de Berto las puertas para que otros líderes políticos no repriman el gesto de vanidad de aparecer en la película que su Gobierno financie? ¿Corremos el riesgo de que gane Cepeda y protagonice El jorobado de Notre Dame? ¿Germán Vargas Lleras grabará la versión colombiana de El joven manos de tijera si llega a ser presidente? ¿Fajardo, la de La ballena? Recordando los tiempos juveniles en que fueron novios, ¿Uribe y Clarita recrearán la escena en el torno de arcilla de la película Ghost cuando se ponga de moda que los políticos actúen?

Es verdad que si Iván Duque hubiera ordenado en su presidencia filmar una película para elogiar el Pacto Nacional, y aparecer él mismo en el papel de Julio César Turbay, todas las cacerolas de Colombia estarían abolladas: ni siquiera éramos capaces de soportarlo cuando aparecía en horario Triple A enseñando a preparar Tang de naranja. También es cierto que recientemente la Academia Colombiana de Cine se quejó por la infinidad de trabas del Ministerio de Cultura en la entrega de ayudas para los creadores de cine.

Pero, si se trata de trabas, bien podrían llamar a Susana Boreal; y la actuación de Berto no se puede comparar con la de Duque, porque Berto tiene mucha más experiencia como actor, y de hecho fue por años actor del conflicto. La ministra Kadamani, por si fuera poco, esta vez mostró gran elegancia al no aparecer en la película, a pesar de que siempre luce un peinado de la época, ni contratar como extras a todos sus parientes.

Si es para que el presidente Berto aparezca en una megaproducción, bien vale la pena aprobar a la fuerza la ley de financiamiento o endeudar al país a tasas exorbitantes, para dolor de aquellas voces cargadas de celos que –en el colmo de los excesos– llegaron a comparar la megalomanía de Berto con la de Nerón. Y puede ser. Si hablamos de Nerón Navarrete.

La inversión habrá valido la pena cuando la película obtenga un premio Oscar o, en caso contrario, Berto ponga en duda el sistema de votación de la Academia y denuncie que hay un software que impide que ganen las películas del pueblo.

Berto como actor en una cinta financiada por nuestros impuestos: ni Abdallah Bucaram se habría atrevido a tanto. Seguramente este nuevo delirio le permitirá subir en las encuestas. Solo falta que continúe repartiendo contratos para ganar las elecciones. Es lo que sabe hacer todo actor de reparto. 

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