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LA MEJOR FÓRMULA PRESIDENCIAL

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Daniel Samper Ospina

LA MEJOR FÓRMULA PRESIDENCIAL

Procuré aislarme de los asfixiantes informes electorales asomándome a las noticias de la farándula nacional y la primera con la que me topé fue la bomba rosa del año: el matrimonio de la presentadora Silvia Corzo… La comunicadora aparecía en un paraje bucólico, bellamente vestida de blanco, dispuesta a dar el sí a su pareja que era, y en esto consistía la noticia, ella misma. Silvia Corzo se casó consigo misma; en otras palabras: se autopercibió como su propia esposa. Es lo que técnicamente se denomina practicar la sologamia. En la ceremonia, a la que asistieron amigos cercanos y familiares únicamente de la novia para ahorrar costos, la presentadora estiró el dedo anular de una mano, se colocó la sortija con la otra, se dio el sí y se besó. En eso se parece a Sergio Fajardo, que lleva setenta años casado con él mismo. 

Peor es nada. Mejor casado con uno mismo que amargado y solterón. Ojalá no se haya casado por conveniencia; ojalá haya firmado capitulaciones. Y ojalá de todos modos planifique, porque es mejor no traer a niños a este mundo loco. 

Imitaría el ejemplo de Silvia Corzo, pero no soy mi tipo. Y, sin embargo, reconozco que casarse con uno mismo no es mala idea, al menos por motivos económicos. A Silvia le basta comprar un solo pasaje y acomodarse en habitación de cama sencilla para su noche de bodas. ¡Irse de luna de miel con uno mismo! ¡Tirarse en la cama, mirar Netflix la serie que uno quiera! Los líos, claro, vendrán después, con la rutina y las peleas diarias, cuando la pobre Silvia termine exiliada en el sofá, fundida de que todos los domingos deba ir a almorzar con su familia política, es decir la de ella, y contándole a su mamá por teléfono que no soporta a su suegra. 

Aturdido por las escenas del matrimonio, regresé a las noticias de la política para buscar el oxígeno que me faltaba, pero me estrellé de frente con los delirios de las fórmulas vicepresidenciales. La candidata Sondra Macollins inscribió a Leonardo Karam Helo, lo cual significa, por un lado, que existe una candidata que se llama Sondra —no Sandra—, y, por el otro, que su fórmula es una verdadera dulzura: el señor Caramelo: semejante, en términos fonéticos, al exregistrador Juan Carlos Galindo, a quien sus amigos llamaban Juanca Galindo.

Clara López anunció que su pareja será María Consuelo del Río y de paso dijo que, cuando enfrente a Paloma Valencia en segunda vuelta, “será un contraste total de proyectos”. Reconoce, humilde, que quizás no obtenga la victoria en la primera. A pesar del caudal de votos aportados por María Consuelo del Río. 

Abelardo de la Espriella nombró a José Restrepo, una pareja de gran perfil, en todos los sentidos, que simboliza los opuestos del candidato therian: es calmado, es académico, es bogotano. No ha sido abogado de narcos ni de paras. No conoce a David Murcia. Y usa medias.  

La llave de Claudia López, por su parte, es Leonardo Huerta: aquel transeúnte que caminaba por la calle cuando la exalcaldesa lo haló del brazo y lo inscribió en la consulta. Desde entonces, Huerta ha sido el verdadero candidato de los nadies. Muchos nos identificamos con él, especialmente en el matrimonio, porque somos el Huertas de la relación. El que dice: “Sí, mi amor, lo que tú digas”.

—Sí, mi amor, hagamos una consulta.

—Sí, mi amor, inscríbeme como fórmula.

Sergio Fajardo nombró como llave a Edna Bonilla, una brillante pero desconocida exfuncionaria distrital, lo cual es una manera de practicar la sologamia, como le gusta. Roy Barreras amagó con hacer llave con alguna periodista: Patricia Lara, María Jimena Duzán. La siguiente en la lista era Silvia Corzo. Pero ya estaba casada. Al final se decantó por la exfiscal Martha Lucía Zamora que tiene la ventaja sobre las demás de que fue la única que aceptó el ofrecimiento.

La idea de la fórmula vicepresidencial es que complemente al candidato, no que se parezca a él. Mauricio Lizcano lo comprendió y su fórmula será Luis Carlos Reyes. No tenía sentido que le hubiera ofrecido el cargo a Juan Manuel Galán, por ejemplo: el voto cachetón ya está en su bolsillo. Con Mr. Taxes, en cambio, suma el de los orejones.

Algo semejante logró Paloma Valencia al convencer a Juan Daniel Oviedo de acompañarla en el tarjetón. Al voto homofóbico que podía venir plegado dentro del uribismo, añadió el de quienes apoyan a este nuevo rockstar que reparte periodicazos como la ministra Kadamani contratos a su familia. Uribe hará campaña con la camiseta del arcoíris para simular que el voto de la comunidad “no heterosexual”, como alguna vez la llamó, es compatible con aquel proyecto político que se opuso a los acuerdos de La Habana porque promovían la ideología de género y atacaba los cimientos de la familia tradicional, compuesta por papá, mamá e hijos, en unos casos, o por Silvia Corzo en el papel de todos los anteriores, en otros. El rayo homosexualizador que el uribismo denunciaba en 2016 era real. Ha caído sobre ellos. Se cumple otro de los puntos de La Habana. Alias La Mechuda ocupará un ministerio. Esa es la paz de Santos.

Pero de todas las fórmulas inscritas el pasado viernes, la más estéril es la de Iván Cepeda: doña Aída Quilcué no suma un solo voto que no hiciera parte ya del inventario de la campaña. Sucediera lo que sucediera, el “quincuenismo” habría votado por el Pacto Histórico. ¿No podía el candidato pensar en un acompañante que de verdad lo complementara? ¿Alguien que creyera en la Constitución del 91 o por lo menos tuviera camisas con cuello?

Así está el panorama. Se desvanecen las opciones de centro. Cepeda puntea y esgrime la amenaza socialista de refundar el país con una asamblea constituyente. Abelardo es el más fuerte para enfrentar a Cepeda. Y Paloma es la esperanza para salvarnos de Abelardo.

Ante semejante panorama, huí otra vez de las noticias políticas y busqué nuevos detalles del matrimonio de Silvia Corzo: la famosa alianza de yo con yo. Pero me sentí leyendo de nuevo la noticia de Cepeda. Qué sabor tan amargo. No lo quita ni siquiera votar por el señor Caramelo.

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