LA REVOLUCIÓN DE LA CRUELDAD

Fue interesante y profunda la conversación entre el streamer Westcol y el presidente Gustavo Petro. Pensé en la originalidad de ese espacio; en la potencia de ese instrumento para comunicarse con la juventud colombiana. Me sorprendió la audacia y candidez de Westcol, muy lejos de la fama que ha acumulado por esparcir misoginia y homofobia en línea. Ahí apareció otra vez el Petro elocuente y concentrado, tal vez como hace meses no se asomaba.
Es un contraste tremendo con lo otro que pasa en redes sociales y como ellas han ido desnaturalizando la vida en sociedad. Lo dejan claro los fallos que esta semana profirieron dos jurados en los estados gringos de Los Ángeles y Nuevo México en contra de Meta (Instagram, Facebook y WhatsApp) y Google (YouTube). Los procesos concedieron daños punitivos porque esas plataformas “actuaron con malicia, opresión y fraude”. Las demandantes demostraron que esas redes fueron creadas con la intención de ser adictivas y de captar la atención de niños y adolescentes para hacerlos dependientes de esa inyección de dopamina.
Y es que no hay que pasar más diez minutos ahí para evidenciar que, ahora más que nunca, se premia la crueldad y el odio, y nuestra comunidad política agoniza con esa intoxicación.
Señores desaforados que le escriben a las mujeres que denuncian acoso sexual: “es imposible acosar a un gurre como usted”; “claramente se lo buscó, no venga a llorar ahora”; “lo que está buscando es que le den bien rico”. Otro invita a las familiares de los hombres acusados a que respondan o lloren en público. Aúpan a una chica que pide la eutanasia en España para que se tire de un edificio, por bruta, por fea, por escoria social. Un grupo de seres ruines piden que el cáncer carcoma pronto al político que publica una foto con su nieto.
Una periodista de CNN se infiltra en una red se hombres que someten químicamente a sus esposas para que otros vayan a violarlas, como le ocurrió a Gisèle Pelicot. Una forma de criminalidad habilitada por las redes oscuras del internet en donde pueden encontrarse sin riesgo este tipo de monstruos. Una actriz alemana descubre que su exmarido vendía imágenes falsas en las que aparecía desnuda. Incels de 15 años matan a sus mamás, profesoras o cualquier mujer en posición de autoridad, y pasa en México, Uruguay o Rusia. Se desperdician cantidades grotescas de agua para que internet se llene de basura falsa con la que derriten los cerebros de grandes y chicos por igual.
Es el lenguaje del odio que auspician las plataformas del anonimato. Y qué importa si es orgánico o pagado, si ambos intoxican por igual. El presidente español Pedro Sánchez las denomina acertadamente armas de polarización masiva, porque además de agrietar las comunidades sirven para promover la violencia en contra de las mujeres y para silenciar sus voces en el debate público. También para que las nuevas generaciones sean las más inseguras que han nacido en siglos y tal vez por eso optan por repartir odio como si eso fuera una profesión. Gente de 18 años que cree que hostigar al contrario es una forma honorable de proyecto de vida. Niñas de 15 que se inyectan botox y aplican cremas que las deforman antes de que acaben de formarse.
Un estudio publicado en la revista científica Nature en febrero de este año señala que la plataforma X (que nos sirve para circular las columnas de esta casa sin techo) favorece directamente los mensajes de ultraderecha y desestimula el consumo de medios tradicionales. (El periodismo, otra gran víctima de este esquema que monetiza su trabajo sin compartir un peso).
Las democracias e instituciones pagan un precio igualmente alto porque desde su consolidación no existían herramientas tan poderosas y eficaces para asegurar su defunción. No hay fenómeno social que no se agudice o distorsione en esas pantallas.
Claro que estos espacios revolucionaron el mundo y sirvieron para que muchos Westcol salieran de la pobreza y lograran un día entrevistar a un presidente. Pero no es momento de hablar de todas las virtudes de la revolución tecnológica porque por ahora, más que nunca antes, es evidente cómo y cuánto nos han arruinado.
La regulación (si es que llega) será muy tarde porque cada vez parece más irreversible esta revolución de la crueldad.
Comentar este artículo
Aún no hay comentarios













