PETRO EN EL SECTOR PRIVADO

Es el Petroverso, un universo paralelo en el que Gustavo Petro no es aquel líder planetario que preguntaba a su pueblo si había enviado tejido humano a Marte, sino un ejecutivo del sector privado que ocupa un cargo directivo en una corporación: quizás no en la oficina de arquitectos que remodeló el _pent_-house de su amigo Ricardo Roa; ni como gerente de la empresa petrolera de su compadre Danilo Romero, pero sí como CEO de una gigantesca multinacional: un poderoso puesto al que accedió gracias a la agencia cazatalentos de su amiga Juliana Guerrero, en el cual le pagan los mismos 53 millones de pesos que ganaba en Presidencia.
Los problemas comienzan desde el primer día, cuando el señor Petro no llega a su puesto de trabajo.
—Señor Petro, es Janeth de Recursos Humanos: en el sistema aparece que usted no vino….
—Tuve un percance, señorita —dice el señor Petro, mientras le envía por correo dos fotografías de una rodilla raspada.
Se instala, entonces, al día siguiente en su nueva oficina, a la que adorna con la espada de Bolívar a modo de pisapapeles, la bandera de la guerra a muerte y fotografías de personalidades que han tenido el privilegio de compartir con él: Paul McCartney, el papa Francisco, Roger Waters y Papá Pitufo. También cuelga sus diplomas de los doctorados en Economía y Matemática cuántica otorgados por la universidad San José y el Premio Nóbel alternativo de economía.
Sin perder tiempo, ordena la contratación de algunos jefes de área (sin avisar en el departamento de Recursos Humanos y sin anexar una sola hoja de vida). Dentro de los nuevos empleados se destaca una señora de apellido Kandamani, a quien ubica en el área de mercadeo, que a su vez contrata a una serie de personas con el mismo apellido; un nuevo director del equipo de comunicaciones, que contrata un numeroso equipo de influencers, exhumoristas y familiares. Y un señor de talla baja a quien ubica sin procedimientos en la tesorería.
La primera semana del señor Petro en la empresa no ha estado exenta de problemas.
—Señor Petro: hubo junta y usted no llegó —le comenta su secretaria, nombrada por él, a la que le dio por someter al polígrafo a la mujer de los tintos.
—¡Es que nadie me despertó!
—Pero era martes, señor Petro. Y eran las cuatro de la tarde…
Coincide su ingreso con el retiro espiritual en Paipa, que suele organizarse en el mes de septiembre. El señor Petro asiste, pero no se le ve en las actividades de integración.
—Señor Petro: ¿por qué se desapareció durante los dos días que duró el encuentro? —pregunta uno de los facilitadores.
—Estaba leyéndole El capital de Marx a los actores porno del Budebunbush en Paguí.
No le resulta sencillo conseguir amistades del sexo opuesto al señor Petro desde que comentó en el pasillo de la cafetería, en voz alta, que la mujer que vale la pena es aquella que acompasa el clítoris con el cerebro. En cambio, algunos varones se han acercado a sus constantes convocatorias para crear un sindicato: un sindicato que luche por cada uno de los trabajadores, les dice, salvo que se llame Brayan, como el joven de Sistemas, a quien el señor Petro acusa sin pruebas de embarazar a las de su barrio y modificar el software de la empresa.
Empresa que, al decir de sus accionistas, requiere de un cambio urgente, para no terminar en la quiebra. De hecho, con esa esperanza han contratado al señor Petro. Y por eso su intervención en la primera junta directiva despierta tantas expectativas.
Pero su exposición en la junta produce grandes caras de desconcierto.
Lo primero que hace el señor Petro es explicar, armado de un PowerPoint lleno de faltas de ortografía, sus estrategias para mejorar los índices de ganancia:
—Si no llamamos pérdida a las pérdidas, habrá, por definición, menos pérdidas en la empresa —afirma.
Los accionistas se miran incrédulos. Uno de ellos informa, preocupado, que hay iliquidez por culpa de los excesivos gastos de representación, algunos de ellos, incluso, en un club de striptease de Lisboa.
El señor Petro se adelanta con la solución:
—Todo consiste en quitar la letra i de la palabra ilíquido.
El gerente financiero, nombrado por el propio señor Petro, toma la palabra y expone la situación en un Excel cargado de imprecisiones.
—Las matemáticas me dieron muy duro, es la verdad —se defiende cuando un miembro de la junta lo increpa.
Uno de los accionistas pide la presencia del revisor fiscal y exige recorte de gastos para volver a los números negros.
—¡A mí nadie que sea negro viene a decirme que debo recortar gastos! —dice, molesto, el señor Petro.
El revisor fiscal no aparece, porque también fue nombrado por el señor Petro. Aparece, en cambio, el asistente de contabilidad con las facturas del mes que uno de los accionistas revisa:
—Señor Petro: ¿tres jamones de bellota? —se queja.
—La bellota es aquella mujer que es bien hermosa y bien bella.
—¿Botellas de vino de 250 mil pesos? ¿Botellas de whisky?
—No me inviten a grandes bacanales, ¡no voy!
—¡Usted no, pero la persona que nombró en el departamento de Comunicaciones sí!
En apenas un mes, el señor Petro, director ejecutivo de la empresa, ha contratado —y despedido— a más de 300 gerentes; abierto cinco departamentos nuevos; viajado a Abu Dabi y a Europa. Se ha peleado con todos sus clientes, ha instaurado reuniones de comité que duran horas, en las que divaga sobre el pensamiento de Hegel y la sexualidad de Jesús y María Magdalena. Y ha llegado tarde al trabajo casi todas las semanas.
Pero goza de un gran cariño entre algunos empleados porque les ha subido el sueldo y ha llenado las carteleras de la empresa con afiches contra los socios.
Antes de que culmine su periodo de prueba, la empresa se halla en bancarrota porque nunca llegó el cambio. Mientras los empleados empacan sus pertenencias en las cajas de cartón, el señor Petro se siente listo para dar el salto al sector público. Se lo quiere comentar a la señora Janeth, a quien siempre ha considerado una bellota. Pero la señora Janeth anda en Paipa con Brayan.
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