QUE LA VERGÜENZA CAMBIE DE BANDO

Hace muchos años sufrí un episodio de acoso sexual en el trabajo.
Tras graduarme de la facultad de derecho entré a ser auxiliar en la Corte Constitucional. En ese entonces era común que algunos magistrados hicieran avances sexuales sobre las chicas jóvenes de los despachos. Esos acosadores empleaban el verbo judicantear, para referirse a su involucramiento sexual e íntimo con las judicantes. La judicatura es una forma de terminación de los estudios, que ofrece la posibilidad de trabajar en un despacho judicial, en reemplazo de la tesis o requisitos similares para graduarse. Algunos magistrados judicanteaban a su antojo, ante los ojos impávidos de secretarias y sustanciadores que veían como cerraban con seguro la puerta tras hacer llamar a la chica que iniciaba su judicatura. Conocí a una de esas chicas que se judicanteó un magistrado.
Era el mundo de los hombres poderosos del Palacio de Justicia de la octava con doce en Bogotá. Tras el holocausto de 1986 cuando reconstruyeron el edificio, los arquitectos previeron túneles que cruzan de una alta corte a otra, seguro en aras de contemplar un nuevo ataque o circunstancia en la que fuera necesario y más fácil escapar. Gracias a esos pasadizos, cruzaban ocasionalmente magistrados de otras corporaciones. En una de esas ocasiones conocí a uno quien me dijo “yo soy amigo de su papá”.
Nos volvimos a encontrar varias veces en las que me recordaba que quería tener un gesto conmigo por lo que era “amigo de mi papá” y que debíamos almorzar. Después de varias invitaciones accedí. Era un abogado experimentado, que había litigado casos interesantes en su vida profesional, así que me sentí afortunada, como lo he sido en otras ocasiones en las que, gracias a mis padres juristas he conocido colegas ejemplares.
En el restaurante, la conversación pasó rápidamente de asuntos propios de la baranda a preguntas sobre mi vida personal. No pensé nada extraño, hasta que empezó a repetirme que en ese restaurante había mucha gente. Cuando llegó la cuenta el magistrado la pagó y me dijo: “ahora usted me debe un almuerzo”. Cruzamos la Plaza de Bolívar y se me acercó al oído y me susurró: “deberíamos ir a un sitio en que estemos solos, ¿no le parece?”. Como no me parecía, me inventé cualquier excusa e intenté escabullirme, pero el señor insistía en acompañarme hasta mi puesto para que le prestara un libro del que hablamos en el almuerzo: Análisis económico del derecho de Richard Posner.
Llegamos al cubículo que compartía con una amiga, le di el libro y pretendí entrar a una reunión en otro despacho. Esperé un rato y volví temblando y sudando a mi escritorio. Me sentí ridícula y exagerada: nada había pasado. Le conté a mi colega con quien nos reímos del episodio.
A pesar de las risas, desde ese momento la ida al trabajo se hizo tortuosa. Dejé de usar el ascensor, en donde había más chances de encontrarlo, y de ir al techo del piso en donde queda el salón en el que sesiona la Sala Plena y también una terraza en la que la gente se encontraba para fumar y compartir visiones sobre los álgidos asuntos del derecho y la política que pasan por allá. Con mi vecina ideamos un plan para que, cada vez que entrara por el pasillo entre cortes, ella (que se sentaba en dirección a esa puerta) me hacía una seña y yo me escondía debajo del escritorio.
El señor volvió muchas veces: “buenas, estoy buscando a Ana”. “No, Doctor, ella no está”, contestaba Alejandra; “No, señor, acaba de salir”. Yo escuchaba todo acurrucada debajo de la mesa: “qué lástima, quería devolverle su libro”, decía, aunque nunca lo dejaba. Eso hicimos por meses hasta que dejé de trabajar allá y el señor se quedó mi libro.
Este no es un episodio grave, para muchos será un asunto intrascendente. Otros dirán que aquellas chicas que los magistrados se judicanteaban se lo buscaron, lo querían o les servía para avanzar en sus carreras. No vi ningún beneficio para las mujeres que cayeron en estos esquemas de acoso: se convertían en presas de esos hombres.
Yo soy una persona privilegiada que cuenta con defensas explícitas e implícitas para que ese caso fuese una incomodidad pasajera, aun así, me generó cargas que ninguna mujer debería enfrentar en un ambiente laboral.
El problema es grave cuando se trata de chicas que no tienen las condiciones para resistir esos avances. Ni resistirlos ni denunciarlos, porque estas mujeres arriesgan sus vidas personales y profesionales al acusar a sus agresores. Por eso en muy pocas ocasiones se trata de falsedades (suelen ser menos del 5% de los casos).
En el año 2020, USAID reveló un estudio en el que documentó varios casos de acoso sexual en la Corte, así como la popularización del término judicantear. Varias mujeres relataron avances sexuales de los hombres poderosos de la corporación y la cultura organizacional que hacía pasar estas agresiones por galantería.
Antes de graduarme pensaba que la culminación perfecta de los estudios, para una abogada con ganas de convertirse en litigante, sería cursar la judicatura en un buen despacho judicial, para acercarse a la práctica de la baranda. Una vez en la Corte entendí que judicantear significaba otra cosa.
Leí a Giséle Pelicot en su Himno a la vida y fue el maridaje perfecto con tantas mujeres valientes que ahora empiezan a resquebrajar otros pactos de silencio. Que se acabe el silencio y que la vergüenza cambie de bando.
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