VOTA 91
En esta marea de candidatos y propuestas, muchas de ellas inverosímiles, innecesarias y hasta peligrosas, el camino hacia la urna se ve confuso. La deambulación en mi caso se acrecienta por la cantidad de políticos que se ubicaron con orgullo en los extremos, porque es la nueva receta fácil para conseguir votos. Busqué, entonces, un criterio que me permitiera elegir candidatos este 8 de marzo, y concluí que me interesan ante todo personas que sean defensoras de la Carta Política de 1991. Creo firmemente que mantener esa Constitución es garantía de nuestra precaria estabilidad democrática.
Esa pauta me ayudó a eliminar de entrada a cualquier candidato de las fuerzas gobiernistas. Esta semana el presidente Gustavo Petro y sus ministros, muy en contra de lo que prometieron en campaña, firmaron la solicitud para convocar una asamblea nacional constituyente. Aunque repitan incesantemente que cambiar la Constitución es necesario para conseguir la justicia social en Colombia, se equivocan por todos los lados.
La Carta del 91 es un triunfo aplaudido por progresistas del planeta entero; es una proyección justa del Estado, de las leyes y de la vida en sociedad. El problema no es su texto, sino lo poco que se cumple, y eso hay que corregirlo en lugar de tirarla a la basura. Cambiarla tampoco garantizará que se cumpla algo incluso más avezado.
Además, Petro y los suyos subestiman el momento político actual: el ascenso mundial de la ultraderecha, la plaza pública atrapada en las redes sociales que todo distorsionan y la ausencia de consensos sociales y políticos que permitan la construcción de un nuevo orden constitucional. No es momento de sentarse a reescribir el contrato.
Y creo que no repara en ello porque la verdadera intención de Petro es, como lo dijo Claudia López a Cambio, concretar la posibilidad de reelegirse. López, una de las arquitectas del movimiento estudiantil que impulsó la Carta del 91, promete que, de quedar elegida, no va “a jugar con la Constitución por el ego de los hombres”, y creo precisamente que es eso lo que va a ocurrir de triunfar la constituyente megalomaníaca de Petro.
Un presidente consagrado a delirar en público, rodeado de aplaudidores, con el apoyo de casi el 50 % del país (según la última encuesta de INVAMER), sumado a los ríos de corrupción que su fuerza política ha vertido sobre una institucionalidad ya en estado de descomposición, explican una comprensible preocupación por dejar el poder. Petro ha sido más proclive a sus delirios de líder histórico que a trabajar para que su proyecto político perdure y, por eso, sigue empujando la idea de una constituyente; cualquiera de sus ungidos que no le juegue a esa idea perderá su apoyo.
¿O es que acaso debemos ignorar que el candidato presidencial que va primero en las encuestas y que representa al proyecto petrista no es capaz de reconocer en voz alta que en Venezuela hay una dictadura? Un silencio que genera intranquilidad de cara a la asamblea constituyente que quieren convocar.
La derecha está plagada de enemigos de la Constitución que ahora se quieren hacer pasar por sus defensores. Desde su expedición han repudiado sus mandatos de justicia social, de inclusión de los grupos históricamente discriminados, de la acción de tutela al alcance de la gente. Nada de lo que ahora digan sirve para borrar las últimas tres décadas en las que han buscado todas las formas posibles para diezmar su fuerza. Candidatos que dicen hay que “militarizar Bogotá”, criminalizar la protesta o quitarle los derechos a la comunidad LGBTIQ y al mismo tiempo juran defender la Constitución del 91: imposible creerles.
Claro que ese texto tiene vacíos e insuficiencias. En especial en lo referente a la reforma política y judicial, que tantas veces han bloqueado los carteles de la toga y semejantes, pero este no es el momento para reescribirlo. La aventura constituyente, impredecible y peligrosa en estos tiempos polarizados, podría garantizar el fin de la poca seguridad institucional con la que contamos actualmente.
Por eso creo que es importante votar por candidatos independientes que aseguren una defensa de nuestro orden constitucional, que reconozcan las deficiencias de nuestra Carta y la necesidad de asegurar su cumplimiento, pero que no estén empeñados en cambiarla o en defenestrarla rastreramente.
Busco candidatos y candidatas para las consultas, la Cámara y el Senado que estén comprometidos con la defensa de la Constitución de 1991, no solo para echar discursos, sino aquellos cuyas acciones y hojas de vida así lo demuestren. Voto por preservar las revoluciones silenciosas que esa Carta permitió y que en 1991 parecían imposibles, y por gente independiente y sensata que trabaje por detener una constituyente, ya sea para reelegir a Petro o para devolvernos a las cavernas.
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