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EL ESTADO ES ÉL

EL ESTADO ES ÉL
Ana Bejarano Ricaurte
Los Danieles

EL ESTADO ES ÉL

La decisión de la junta del Banco de la República de subir las tasas de interés suscitó la última pataleta del presidente Gustavo Petro. En un hecho sin precedentes, el ministro de Hacienda se retiró la de la junta en forma de protesta y también porque así produce los mayores traumatismos posibles para el adecuado funcionar de la entidad. Según Petro, esto es otra jugada del establecimiento en su contra para evitar que logre cumplir el altísimo propósito de proteger al pueblo y sus intereses. 

Esta se suma a la lista de otras trifulcas similares, que ya conforman el sello principal de la gobernanza estilo Petro: cualquier institución que contraríe sus deseos y convicciones debe ser reformada, eliminada o vilipendiada hasta que sea irreconocible. 

Al Congreso de la República también lo denominó el enemigo del pueblo, porque no le alcanzo la mermelada o la disposición para lograr consensos y no le fue posible tramitar todas las reformas que propuso. Según el presidente, todos los problemas que no pudo solucionar fueron por cuenta de no poder convertir su dicho en ley. Acusó el lobby y el tráfico de influencias como responsables de sus fracasos legislativos, mientras que en otras ocasiones fueron los mecanismos que le permitieron pasar sus reformas.   

El poder de los jueces en las altas cortes tampoco le gusta. Ha pasado los últimos cuatro años quejándose de las decisiones judiciales que le ordenan cosas, en especial las que lo llaman a retractarse de las noticias falsas o difamaciones que lanza desde su poderoso micrófono y con el acompañamiento de los enjambres digitales que trabajan arduamente por destruir a quien ose a criticarlo. 

Para esta altura del partido, la relación con los gremios también está ajada porque ellos son otros enemigos que se quieren atravesar entre él y la grandeza. El periodismo “hegemónico” (o cualquiera de los apellidos estigmatizantes que le pone) es otro de sus grandes rivales porque lo desdibujan, o lo cubren en exceso o mienten para favorecer a los terratenientes dueños de la prensa. También dice que la registraduría está cooptada por los grandes poderes para gestar el fraude electoral (que no ha podido demostrar ni por encimita); la fiscalía aliada con sus opositores y la procuraduría trabaja para los ricos de siempre y no para el pueblo, como él.     

Petro no tiene problemas con los poderes que gobiernan implícita y explícitamente esta sociedad, sino con el sistema en que existen. Petro no quiere democracia, ni frenos ni contrapesos, ni cortes o congresos que le digan que no. Y además no los necesita porque el ya se autoungió como el elegido del pueblo; él único llamado a interpretarlo. 

Ni partido político tiene Petro, porque lo que hagan o digan en el Pacto Histórico lo tiene sin cuidado. Ahí quedó el comunicado que emitieron las mujeres representantes a la Cámara de esa colectividad, en el que pedían que Petro retire a su cuestionado amigo de la dirección del sistema de medios públicos y al presidente le importa tan poco que ni les contestó. Ni un trino intergaláctico sobre las propiedades del clítoris se merecieron las parlamentarias. 

Para eso les sirve el slogan de que Petro es el presidente, pero no tiene el poder. Porque así, aunque gobernando, pueden culpar a este sistema de todos sus desastres. Es un discurso del progresismo populista del mundo para el cual la democracia es también una fachada que protege los intereses de los oligopolios de siempre. Y, entonces, si no les sirve la democracia, ¿qué proponen?

El abismo de reformar todo el sistema a su antojo y semejanza, no para mejorar las condiciones de vida de la gente, ni para reforzar la institucionalidad, sino para poder hacer lo que se les dé la gana. Lo que se le dé la gana, mejor. Porque Petro parece despreciar la idea de que cualquiera lo suceda, ¿quién podría? Nadie. Ni siquiera el obediente Iván Cepeda, quien no descarta la Asamblea Nacional Constituyente, como mecanismo extorsivo en caso de que no le copien con sus reformas. Nuestro Rey Sol no quiere otras elecciones, ni un sucesor tal vez más disciplinado y trabajador que él: el presidente quiere ser el principio y el fin. 

Una versión criolla y errática de Luis XIV con un consolidado apoyo popular. ¿Qué podría salir mal? Y como al otro lado de la mesa tiene a una clase gobernante que es sorda, egoísta e incapaz de reflexión, tal vez convenza a suficientes incautos de que el Estado es él. 

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