JULIANA GUERRERO, PRESIDENTA

Inicié la semana con la preocupación de que en estas elecciones no hubiera debates. Suele ser el mejor momento electoral, al menos el más cómico: soñaba con escuchar nuevos gritos de Paloma Valencia; observar la coreografía del saludo de firmes del candidato therian (con el saltico previo y el giro brusco de muñeca antes de poner la mano sobre el corazón) y, muy especialmente, analizar la mirada profunda de Iván Cepeda e imaginar su puesta en escena en el atril: leería hoja por hoja, cientos de hojas en cada pregunta, hasta gastar una resma completa de papel mientras la curva del rating empata con la de su joroba.
Él mismo había abierto la puerta de asistir a la lectura, siempre y cuando se cumplieran unas modestas exigencias: decir él mismo quiénes podían participar, cuáles temas se podían tocar, en cuál medio se debía hacer y qué candidato podría tener a la mano un vaso de agua. Para no promover “la política espectáculo”, también estaba prohibido referirse a los escándalos del Gobierno, en especial el de Angie Rodríguez, nuestra pequeña MiniDelcy, mano derecha del gobierno de izquierda de Berto durante meses, que esta semana prendió el ventilador para denunciar que en la Casa de Nariño hay una verdadera red criminal y que la mujer más poderosa del régimen, nuestra presidenta en la sombra, es la célebre Juliana Guerrero. Sí, aquella muchacha de pelo ensortijado a quien Berto nos presentó en un consejo de ministros como ejemplo revolucionario porque, discreto, como es, no quiso ahondar en los méritos académicos de la talentosa dama. El más importante de ellos consistió en graduarse de la Universidad San José sin haber asistido a una sola clase.
Imagino incómodo al doctor Cepeda cuando Roberto Pombo, o Juan Roberto Vargas, o todo moderador que no sea William Parra, le formule algunas preguntas:
—Doctor Cepeda, ¿sabía usted que Angie Rodríguez no se quiere suicidar?
Mientras él busca un papelito en su bolsillo y lee cuidadosamente la respuesta:
—No.
Sin embargo, la exigencia más insólita del senador Cepeda para regalar a la familia colombiana una prueba de su infinito carisma en horario triple A fue el veto que impuso a los candidatos de centro. Una condición en la que, miren ustedes, coincidió con Abelardo, porque ambos consideran que la democracia debe resolverse entre extremos.
Abelardo e Iván: ¡únanse! ¡Ustedes unidos son mucho más fuertes para ganar en la segunda vuelta! ¡Fortalezcan sus semejanzas! ¡Compleméntense en sus diferencias! ¡Abelardo tiene el diseño de sonrisa del que carece Iván! ¡Iván usa medias! ¡Abelardo, camisas con cuello! ¡Abelardo produce vino propio! ¡Iván puede calentarlo y ofrecerlo en la próxima chimenea que organice en su casa!
Lo curioso es que no se hayan animado a prohibir la presencia, de una vez, de Paloma Valencia, a pesar de que los amigos periodistas de la candidata le garantizarían preguntas para que se luzca:
—Candidata Valencia, ¿quién es su papá?
Un debate en el que los candidatos extremos hacen la lista de los invitados y diseñan las normas. Abelardo las llama “_bullet points_”; Cepeda, “pliego de condiciones”. Podrían acordar de una vez que los moderadores fueran Hollman Morris y Luis Carlos Vélez y el encuentro se transmita por RTVC y Vélez por la mañana. Claudia López y Sergio Fajardo irrumpirían de sorpresa en el set, como Antonio Navarro en el de Samper y Pastrana cuando Yamid Amat mandó a comerciales. Claudia pediría no preguntar cuál es el nombre de la fórmula presidencial de cada uno, porque no sabe el de la suya. Fajardo se pondría gafas oscuras y bebería un trago a pico de botella, como lo hizo esta semana para capturar el voto juvenil. A los dos los retirarían a la fuerza.
Cuando queden los que se supone que son, Abelardo amenazaría con destripar a Iván; Iván le anunciaría que lo va a demandar; Paloma gritaría que Uribe es su papá (y que no apoya la adopción gay); Oviedo le pegaría un periodicazo; Yamid se materializaría en el aire para pedir un corte de comerciales y, al terminar la transmisión, permitirían el ingreso a Fajardo, para que barra con su escoba.
Imaginaba, pues, que ese sería el lamentable escenario de esta coyuntura electoral hasta que, para fortuna de todos, y retomando el hilo, MiniDelcy decidió hablar y a lo mejor podamos librarnos, ya no del debate presidencial, ni de los debates sobre los debates, sino incluso de las mismas elecciones. A estas alturas sería lo mejor para todos. Y esa es mi propuesta de esta semana. Que la verdadera continuidad del Gobierno no la encabece Iván Cepeda, sino la estudiante Juliana Guerrero, para demostrar que el cambio es con los jóvenes: nos ahorraríamos la compra de votos con el dinero de las pensiones. Y podríamos mirar con tranquilidad los partidos del mundial.
A cambio, seguiríamos en manos de esta mujer admirable que a sus cortos 25 años sabe mandar en Palacio como si fuera Carlos Lleras: participa en consejos de ministros; la Policía la transporta en sus aviones y, según MiniDelcy, dicta órdenes a varios funcionarios del Gobierno que le obedecen temblorosos, con miedo de que los acuse ante el ELN. ¿Tiene sentido, entonces, sacrificar a semejante mandataria por alguno de estos candidatos incapaces ya no digamos de gobernar, sino de organizar un debate? Si es la presidenta en la sombra, ¿por qué no permitir que lo sea bajo el sol, y herede de Berto tanto el gobierno como sus gafas oscuras?
El presidente no desmintió ninguno de los actos de corrupción denunciados por MiniDelcy, pero sí que su pareja fuera Juliana. Se lo debemos respetar. En buen momento advierte que es de pésimo gusto ventilar los asuntos privados de los mandatarios el hombre que consignó en un trino, para la posteridad, que es heterosexual y le informó al país en un consejo de ministros sobre sus extraordinarias dotes sexuales.
Esa podría ser, pues, otra pregunta para el debate:
—Candidato Cepeda, ¿es usted inolvidable en la cama?
Pero no habrá debates para saberlo. Así es nuestra democracia. Al menos nos ahorraremos su respuesta en un papelito.
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