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LA HIJA PALOMA

LA HIJA PALOMA
Ana Bejarano Ricaurte
Los Danieles

LA HIJA PALOMA

La representación política de las mujeres es uno de los grandes logros del movimiento feminista. En lo que llevamos de este siglo, la participación femenina en la cosa pública ha incrementado sustancialmente en varias regiones del mundo. 

El solo hecho de que una mujer ocupe una silla poderosa produce un cambio, por lo menos en la manera en la que su entorno aprecia nuestras capacidades y agencia. Las niñas empiezan a crecer con menos trabas mentales e imaginarse que pueden esforzarse para convertirse en gerentes de una gran compañía o incluso presidentas. Y aunque eso puede ser positivo no es suficiente. Suficiente en términos del avance de las causas e ideas que realmente pueden generar condiciones de igualdad entre los géneros. 

La representación femenina y la suscripción del feminismo son cosas muy diferentes. Precisamente por eso es que tantas primeras mujeres que ocupan cargos de dirección del Estado suelen ser agentes del patriarcado: es apenas normal que las inaugurales en modificar el statu quo sean aquellas que no lo amenazan realmente.

Lo fue Isabelita Perón, la primera presidenta de Argentina (y del mundo), quien asumió el cargo tras la muerte de su esposo y caudillo Juan Domingo, y cuyo único mérito era haber sido la fórmula vicepresidencial de su marido. Su mandato débil y sin rumbo terminó facilitando el golpe de Estado de la junta militar en 1976. 

Aunque Margaret Thatcher en el Reino Unido sí contaba con las credenciales para hacerse al cargo en tres ocasiones, lo hizo ondeando las banderas de la misoginia. Rechazó abierta y públicamente las conquistas feministas. “Odio el feminismo; es un veneno”, dijo al editor Paul Johnson. Thatcher ascendió para destruir el techo de cristal y se afanó por recoger la escalera detrás de ella.   

El año pasado, el Japón eligió a Sanae Takaichi como su primera ministra. Un hecho histórico ante el machismo crónico japonés, el cual no se verá amenazado puesto que la ultra Takaichi, protectora del patriarcado, defiende la ley sálica que prohibe la sucesión imperial a las herederas mujeres y apoya la obligatoriedad de que las esposas asuman el apellido del marido.

Por supuesto, también hay primeras jefas de Estado que sí han llegado a avanzar la causa de feminista, como las históricas Vigdís Finnbogadóttir en Islandia, Lidia Gueiler en Bolivia, Michele Bachelette en Chile o Claudia Sheinbaum en México, pero siempre me ha parecido peculiar el caso de aquellas mujeres que se hacen al poder para renegar de la causa que les permitió llegar ahí.

Intenté durante varias semanas establecer un diálogo con Paloma Valencia o su campaña para entender a cabalidad cuál es su perspectiva sobre el tema. No obtuve respuesta. Aun así, existen suficientes evidencias y testimonios públicos de que Valencia es una disciplinada hija del patriarcado. 

No solamente ha repetido que “en ningún caso el aborto puede ser un derecho de una mujer”, sino que no ha liderado iniciativa alguna que sirva para avanzar la igualdad de género. Además, se jacta de cargar las maletas de su “papá” Álvaro Uribe y se vanagloria en ese papel de “hija” eterna. 

Sin declarar como debería sus vínculos familiares con el expresidente Andrés Pastrana, rechazó sin argumentos el deber que tiene el exmandatario de ofrecer explicaciones por sus apariciones en los Archivos Epstein. Para la candidata, las relaciones con dos de los pederastas más poderosos que ha conocido el mundo no ameritan explicación alguna. Aunque repita frases vacías sobre los niños para justificar sus posturas homófobas, las niñas víctimas de Epstein no merecen su consideración.

Paloma ha sido coherente a lo largo de su carrera al preservar su miopía ante la causa feminista, pero no deja de ser sorprendente y hasta curiosa esa posición. ¿Cómo se explicará esa postura ante el espejo? Qué extraño es repudiar el movimiento que precisamente le permite hacerse elegir, el que le garantizó la posibilidad de educarse, de ser la administradora de su dinero, de existir como lo hace hoy en día en el mundo. ¿En qué consiste esa forma de hipocresía o esquizofrenia ideológica? 

Aunque uribista rabiosa, Valencia es una mujer educada que conoce la lucha feminista y sabe lo que ha logrado y lo que ella misma le debe. Por eso resulta tan incomprensible su ingratitud con esa causa.   

Dice el expresidente Uribe que encontró una “bellísima campaña: Colombia con voz de mujer, Paloma presidente”. Puede ser con voz de mujer, pero no para las mujeres. Sin duda sería un mensaje esperanzador para las niñas colombianas y ojalá las impulse a llegar a los lugares de poder y hacer todas las cosas que la hija Paloma no hará de ser presidenta. 

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BOGOTÁ
Martes 21 de abril - Auditorio Orígenes de la Universidad EAN

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