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LAS SILLAS VOLADORAS

LAS SILLAS VOLADORAS
Ana Bejarano Ricaurte
Los Danieles

LAS SILLAS VOLADORAS

La fuerza centrípeta es la que actúa sobre un objeto que se mueve en círculos y hacia el centro. Como hace el tambor de la lavadora cuando arroja la ropa circularmente para expulsar el agua. O las sillas voladoras en un parque de diversiones, que dan vueltas gracias a un mecanismo que las manda al aire, sin dejar de jalarlas hacia el centro. El pensador surcoreano Byung-Chul Han dice que la verdad es la fuerza centrípeta de las sociedades. La que nos permite girar en la misma dirección, aunque lo hagamos de maneras y desde lugares distintos. 

Bueno, en realidad dice que la fuerza centrípeta es la búsqueda por la verdad; lo que llama “el impulso a la verdad”. Cada quien construye su propia versión, pero para el autor de Infocracia lo importante es la expectativa, aunque deontológica, de que hay una verdad y debemos buscarla. “La crisis de la verdad se extiende cuando la sociedad se desintegra en agrupaciones entre las cuales ya no es posible ningún entendimiento”, dice Han, uno de los filósofos más leídos del mundo. 

Para el partido que ahora gobierna y que quiere seguir haciéndolo después de 2026, los medios de comunicación, que ellos sindican de hegemónicos, han tergiversado la verdad a su antojo. Los acusan de estar sumidos en pactos de clase, en censura ideológica y en todo tipo de estratagemas para callar la verdad de la verdad. Que es la de ellos, por supuesto. 

Como reacción a esa creencia, o en virtud de esa pantomima, justifican la conversión del sistema de medios públicos en el mismo veneno que acusan del otro lado, pero funcional a sus intereses. La supuesta propaganda capitalista que repudian les sirve para manufacturar su propia propaganda gobiernista. Cada vez más desespero por imponer relatos, y cada vez menos fuerza que nos jale hacia el mismo lado. 

El candidato del “compañero presidente” lee desde la Plaza de Bolívar de Pereira un discurso titulado: “Frente a la estrategia de la mentira: el poder de la verdad”. “Los medios de comunicación que le hacen campaña a ella (Paloma Valencia) y a la extrema derecha, simplemente reproducen esas afirmaciones irresponsables y peligrosas”, acusa Cepeda. 

Dice que La Silla Vacía hace campaña por Uribe para desinformar en su contra y le pide a la fiscal general que investigue a los periodistas responsables. (Cierra uno los ojos y a veces se escucha el defensor de derechos humanos que respaldó tantas investigaciones periodísticas a lo largo de su carrera, pero los abre y ahí está otra vez el candidato que lee su discurso estigmatizante). 

Cepeda hace política con la revista Raya enrollada como periodicazo de Oviedo para legitimar una supuesta investigación periodística que solo sirve para gritarle públicamente a la periodista Juanita León que su familia es rica y que además tuvo la audacia de —aunque rica— dedicarse a hacer periodismo, uno que no le gusta él, aun cuando ha criticado a Álvaro Uribe, a Abelardo de la Espriella y a politiqueros de todo el abanico ideológico. Ni el reportaje, ni el discurso de Cepeda buscan revelar ningún entramado secreto. Claro que La Silla tiene un sesgo y también desaciertos, como todos los medios de comunicación, pero ninguno que justifique los llamados a desaparecerla del panorama informativo. 

¿El problema es que no interpele a otros poderes sociales, porque hace parte de un pacto de clase? ¿Entonces el candidato propone que hablemos de cómo se financian los medios de comunicación y cómo ello puede afectar a sus líneas editoriales? Qué bueno, porque hace mucha falta esa conversación en Colombia. 

Cuando empiece ojalá se trate la panfletización del sistema de medios públicos, la que todos los días produce noticias con las que su director se defiende de las críticas a nombre propio; los llamados a rendir cuentas son desechados como hostigamientos y se dedican a aplaudir al Gobierno sin datos, sin argumentos y, lo peor, sin vergüenza. Tantos presidentes que ensuciaron a la prensa que pagamos todos y Petro los superó con creces. 

Dicen que es importante diversificar las voces y subir los estándares de la prensa vendida. Pero el reportaje de Raya no aporta un periodismo distinto al que repudian como corporativo; no ofrece otra mirada frente a un asunto de interés público para los colombianos: quieren que la gente desconfíe de los periodistas. Por lo menos de los que no sean controlados por su cuestionable titiritero de la información. 

No ofrecen ninguna prueba contundente sobre un supuesto plan de aceitar el debate público en favor de Uribe, y mucho menos de que La Silla Vacía hubiese participado en él. El mismo Jaime Bermúdez lo negó antes y después de la publicación, y tampoco explican en qué tipo de mensajes o contenidos consistía el proyecto Júpiter y cuándo fueron publicados por La Silla, o cualquier otro de los mencionados. Además, la investigación asemeja los propósitos de visibilizar con sembrar mensajes, dos acciones bien distintas. Pero eso no importa, porque buscan es avivar el odio de clases y monopolizar la búsqueda por la verdad. Quieren fuerza centrífuga. 

Incluso si contaran con la prueba contundente del complot, ¿estaría el propagandista que se calzó a la prensa pública como si fuera su zapato legitimado para levantar un solo dedo en contra de alguien más? ¿Con qué cara? No critican el panorama informativo para mejorarlo, sino para justificar los mismos vicios, pero en sus manos. 

Así, las sillas voladoras de la democracia colombiana empiezan a despegarse de la torre: la plata pública financia el magazín del amigo del mandatario; el presidente empuja con aún más fuerza su constituyente ilegítima por la garganta de la institucionalidad; el candidato oficial se niega a debatir o a responder preguntas difíciles. 

Acusaron la mentira para desaparecer la verdad. 

*Desde hace tres años, y de manera pro bono, defiendo a Lina Castillo, una de las jóvenes hostigadas judicialmente por Hollman Morris por contar públicamente las violencias basadas en género que sufrió trabajando para él. 

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