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ÚLTIMAS HORAS DE JESUCRISTO

ÚLTIMAS HORAS DE JESUCRISTO
Daniel Samper Pizano

ÚLTIMAS HORAS DE JESUCRISTO

Poco tiempo bastó para que las autoridades de Jerusalén, tanto romanas como judías, apresaran, juzgaran y dieran muerte a Jesucristo. La siguiente es una versión de sus últimas horas libres, según evangelio de Lucas (22, 1-53), sin adornos ni escolios. 

Se aproximaba la fiesta de los panes sin levadura, llamada la Pascua. Los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley buscaban algún modo de acabar con Jesús, por temor a su popularidad. Entonces Satanás se apoderó de Judas, uno de los doce discípulos de Maestro, al que llamaban Iscariote. Este buscó a los jefes de los sacerdotes y a los capitanes del Templo para negociar con ellos cómo les entregaría a la víctima. Acordaron darle dinero, que Judas aceptó y comenzó a buscar una oportunidad para entregarles al Maestro cuando no hubiera gente.

Al llegar el día en que debía sacrificarse el cordero de la Pascua, Jesús envió a Pedro y a Juan, diciéndoles:

—Vayan a hacer los preparativos para que comamos la Pascua.

—¿Dónde quieres que la preparemos? —le preguntaron.

—Miren —contestó él—: al llegar a la ciudad saldrá a encontrarlos un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo hasta la casa a la que entre y díganle al mesonero: “El Maestro pregunta: ¿dónde está la sala en la que voy a comer la Pascua con mi gente?” 

El dueño les mostrará en la planta alta una sala amplia y amueblada. Preparen allí la cena.

Los discípulos se fueron y encontraron todo tal como les había dicho Jesús. Así que prepararon la Pascua.

Cumplida la hora, Jesús y sus apóstoles se sentaron a la mesa. Y él dijo:

—He tenido muchísimos deseos de cenar esta Pascua con ustedes antes de padecer, pues les digo que no volveré a probarla hasta que tenga su pleno cumplimiento en el reino de Dios.

Luego elevó la copa, dio gracias y añadió:

—Tomen este vino y repártanlo entre ustedes. Les digo que no volveré a beber del fruto de la vida hasta que venga el reino de Dios.

También cogió pan y, después de dar gracias, lo partió, se lo dio a ellos y dijo:

—Este es mi cuerpo, entregado por ustedes; hagan lo mismo en mi memoria.

De la misma manera, tomó la copa después de cenar y dijo:

—Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que ustedes derramarán. Pero sepan que la mano del que va a traicionarme está sobre la mesa. El Hijo del hombre se irá según está determinado, pero ¡ay de aquel que lo venda!

Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién de ellos haría esto.

Tuvieron además un altercado sobre cuál de los apóstoles sería el más traidor y quiénes los jefes más poderosos. Jesús les dijo:

—Los reyes de las naciones oprimen a sus súbditos y los que ejercen autoridad sobre ellos se llaman a sí mismos benefactores. No sea así entre ustedes. Al contrario, el mayor debe comportarse como el menor y el que manda como el que sirve. Porque, ¿quién es más importante, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No lo es el que está sentado a la mesa? Sin embargo, yo estoy entre ustedes como uno que sirve. Ahora bien, ustedes han estado siempre a mi lado en mis pruebas y por eso yo les concedo un reino, así como mi Padre me lo concedió a mí, para que coman y beban a mi mesa y se sienten en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.

Y prosiguió: “Simón, Simón (alias de Pedro): mira que Satanás ha pedido zarandearlos a ustedes como si fueran trigo. Pero yo he orado por ti, para que no falle tu fe. Y tú, cuando te hayas vuelto a mí, fortalece a tus hermanos.

—Señor —respondió Pedro—, estoy dispuesto a ir contigo tanto a la cárcel como a la muerte.

Pero el Maestro dijo:

—Pedro, te digo que hoy mismo, antes de que cante el gallo, tres veces negarás que me conoces.

Luego preguntó Jesús:

—Cuando los envié a ustedes sin monedero ni bolsa ni sandalias, ¿acaso les faltó algo?

—Nada —respondieron.

Entonces añadió:

—Ahora, en cambio, los que tengan un monedero o una bolsa, que los lleve. Y el que no porte espada, que venda su manto y compre una. Porque les digo que ha de cumplirse en mí aquello que está escrito: “Y fue contado entre los malhechores”. En efecto, lo que se ha escrito de mí se está cumpliendo. 

—Mira, Señor —le señalaron los discípulos—, aquí hay dos espadas.

—¡Basta! —les contestó.

Jesús salió de la ciudad y, como de costumbre, se dirigió al monte de los Olivos seguido por los apóstoes. No bien llegaron al lugar, les dijo: «Oren para que no caigan en tentación». 

Entonces se separó de ellos a una buena distancia, se arrodilló y empezó a orar:

—¡Padre, si quieres, no me hagas beber este trago amargo; pero no se cumpla mi voluntad, sino la tuya! 

En ese momento apareció un ángel del cielo para fortalecerlo. Pero como Jesús estaba angustiado, oró con más fervor y su sudor era como gotas de sangre que caían a tierra.

Al terminar la oración regresó en busca de los discípulos y los encontró dormidos, agotados por la tristeza. 

—¿Por qué están durmiendo? —les exhortó—. Levántense y oren para que no caigan en tentación.

Todavía estaba hablando Jesús cuando se apareció una turba al frente de la cual iba uno de los doce apóstoles, el que se llamaba Judas. Este se acercó a Jesús para besarlo, pero el Maestro le preguntó:

—Judas, ¿con un beso traicionas al Hijo del hombre?

Los discípulos que lo rodeaban, al darse cuenta de lo que pasaba, dijeron:

—Señor, ¿atacamos con la espada?

Uno de ellos hirió al siervo del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha.

—¡Déjenlos! —ordenó Jesús.

Entonces tocó la oreja al hombre y lo sanó. Luego dijo a los jefes de los sacerdotes, a los capitanes del Templo y a los líderes religiosos, que habían venido a prenderlo:

—¿Acaso soy un bandido para que ataquen con espadas y palos? Todos los días estaba con ustedes en el Templo y no se atrevieron a ponerme las manos encima. Pero ya ha llegado la hora de ustedes: la hora en que reinan las tinieblas.

Y fue hecho prisionero.

Así transcurrieron las últimas horas de Jesucristo en libertad. Había vivido con su familia durante treinta años, y hacía tres se había dedicado a predicar. Lo hacía con plena autonomía y libertad de movimiento. La noche del Jueves Santo, Judas lo entregó a las autoridades. A partir de ese momento, fue atado, flagelado y finalmente crucificado el viernes. Al tercer día, nos dice el Credo, resucitó.

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