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ASÍ SE REBAJA EL NIVEL

ASÍ SE REBAJA EL NIVEL
Daniel Samper Ospina
Los Danieles

ASÍ SE REBAJA EL NIVEL

Exploté de la furia tras leer el trino del ministro Benedetti en el que se burlaba de un “personaje de la vida pública” al que le tomaba del pelo, literalmente, por haberse injertado tejido capilar:

“Hello, hay un señor tan postizo que se injertó pelo… se maquilla cuando aparece en público y es tan postizo que tiene siliconas en las nalgas, implantes en las pompis”, acusó con vehemencia desde su cuenta oficial de Twitter.

A esto se redujo el nivel de la política —pensé—: el ministro Benedetti critica sin ascos al presidente Berto, mientras sigue perteneciendo a su mismo gobierno: ¡que renuncie entonces! (exclamé ante mí mismo), pero, sobre todo, ¡que lo deje en paz!: el primer presidente de izquierdas de nuestra historia tiene todo el derecho de implantarse pelo o someterse a un lifting de papada sin que nadie lo moleste. Lo del lifting lo supimos por él mismo y por ese motivo no pudo asistir al funeral de su gran amigo, el papa Francisco. Lo cual significa que perdió al papa y a la papada en la misma semana.

Si este empeño juvenil del presidente Berto incluye además implantarse cojines de silicona en las nalgas, hace bien: solo un espíritu libre como el suyo merece encarnar en un cuerpo más joven.

La de su propio derriére será acaso la única reforma que consiga sacar adelante (o atrás, según se vea), y la cirugía estética de glúteos no sería la primera cosa que sucede a espaldas del mandatario: también está el ingreso de dinero de Papá Pitufo a su campaña. O los quince mil millones del clan de los Torres. O la crianza de su hijo Nicolás.

Pero salí del engaño con la evolución de aquella pelea: para mi desconcierto, el ministro no se dirigía al jefe de Estado, sino a Abelardo de la Espriella, hombre del que el propio Armandito podría ser hermano: tienen la misma estatura, el mismo acento, el mismo talle, idéntico sastre entubado en el que cargan sus orgullos para el mismo lado. Los dos, al fin, son exponentes impecables del metrosexualismo caribe. Por eso fueron buenos amigos:

Benedetti y Abelardo

¿En qué momento se perdió aquella amistad? Armandito y Abelardo, ¡únanse! ¡Ustedes unidos son imbatibles! ¡Les queda incluso la misma ropa, se la pueden turnar! ¡Y además no tienen que prestarse las medias, porque ninguno de los dos utiliza, par de pecuecas!

El candidato therian respondió las atenciones con unas declaraciones en las que dijo que él no solo no tiene siliconas, sino tampoco nalgas:

—No veo cuál es el injerto que dice el ministro, si me lo puse me estafaron: ¡todo lo contrario, estoy súper chupín! —aclaró, y en un acto de transparencia dio la vuelta para demostrarlo.

Eso, queridos amigos, es lo que somos: el ministro del Interior, garante del proceso electoral, acusa de maquillarse y ponerse implantes de silicona en la retaguardia a uno de los candidatos más opcionados; el otro, a modo de defensa, dice que está súper chupín y le da la espalda, si no a la discusión, al menos al reportero que lo interroga. Posteriormente, añade que el ministro es corrupto, maltrata a las mujeres y consume alucinógenos, de modo que cuando se pasa de la raya —asunto que sucede a diario en su cuenta de Twitter—, la frase se puede interpretar de cualquier manera.

No es el único suceso digno de la jornada. Paloma Valencia promovió durante toda la semana un debate que resultó siendo de mentiras: en un set azul, la candidata terminó debatiendo con un inverosímil muñeco de Iván Cepeda realizado con una inteligencia tan artificial que ni siquiera aparecía con joroba. En determinado momento, el Cepeda de la IA se esfumaba de su atril, y atravesaba por su puesto vacío una bola de heno. O de paja, para estar a tono con sus discursos.

El vicecandidato Oviedo, por su parte, apareció chapoteando en el río Guatapurí, semidesnudo y barbado, mientras la gente huía creyendo que se trataba del Mohán: desde aquella vez en que vieron en las mismas a Navarro Wolff, y creían que era la Patasola, no se veía una estampida parecida. Posteriormente, el propio Oviedo grabó un video en el que ponía los dedos como un racimo invertido, y los movía mientras arrugaba los labios, para indicar que los candidatos que no debaten con Paloma tienen culillo. O por lo menos Cepeda. Porque Abelardo —él mismo lo dijo— no lo tiene: es super chupín.

Y a Cepeda, por su parte, le preguntaron si asistirá a un debate y por primera vez en su vida se rio y dijo que “están buenos los chistes en el escenario de la política”: ¿por qué le parece tan gracioso no asistir a debates? Hace cuatro años él mismo criticaba al ingeniero Hernández por ejecutar de forma idéntica la estrategia del mutismo que ahora practican en su campaña. ¿Son acaso los estrategas de Rodolfo los mismos de Cepeda? ¿Cuál es el siguiente paso? ¿Que el candidato de Berto aparezca con dos jovencitas en vestido de baño —la pantaloneta mínima, la piel de la giba con lunares— camino a una piscina? ¿Que ofrezca unas declaraciones polémicas sobre “las prostitutas de Puerto Wilches”? ¿Que en segunda vuelta huya, quizás no a Miami, para perder a propósito?

Ser presidente de Circombia es un desafío del tamaño de un elefante que solamente pueden asumir personas serias y capaces, como el propio presidente Berto, que, ante el alza de la gasolina promulgada por su gobierno, esta semana propuso a los colombianos reemplazar los carros y motos por los costosos vehículos eléctricos. Para animarlos, dijo que se pueden cargar de forma gratuita con la energía del sol.

Imagino, pues, a sus fanáticos: 

—Mijo, saque la moto al sol para que se cargue, que se acaba de despejar.

Ya vamos en nalgas, pompis y siliconas. Ese, pues, es el nivel de la discusión. Y falta lo peor: que a Cepeda lo impulse la compra de votos, a Abelardo la de bótox, y que Paloma pierda el próximo debate frente a los muñecos de la IA. 

Lo mejor es que nos lleve el demonio de una vez. O por lo menos el Mohán. Si es que no le da culillo.

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BOGOTÁ
Sábado 30 de mayo - Auditorio Orígenes de la Universidad EAN

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Sábado 23 de mayo - Teatro Universidad CES

SANTA ROSA DE CABAL
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