ROBERTO Y EL PUEBLO CHIQUITO

Roberto es periodista en un pueblo chiquito. También se encarga de la tienda de la familia, que queda en el primer piso hacia la calle en la vieja casa que les dejó el abuelo. Por reglas de patrimonio histórico en este pueblo pequeño, su papá y su tío nunca pudieron vender, arrendar o poner a producir la casona antigua. Se rindieron, y acomodaron una de las ventanas enrejadas hacia afuera con un puesto de chucherías, cerveza y aguardiente. Con eso sostienen la casa (que transita entre la prosperidad y la ruina), le mandan un dinero a Laura, que estudia en Medellín, y comen ellos también.
Por las noches, cuando cierra la tienda o es el turno de la tía Norma, la única capaz de mantener a los peores borrachos en regla, Roberto se dedica a su periódico El Portavoz de Chiquinquirá, en el que denuncia la corrupción local, para él sinónimo y causa del atraso de su pueblo y alrededores. Hace dos años tomó un curso virtual que ofreció la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), y desde entonces es el mago auscultador de la contratación pública. Además, entrevista a personalidades locales y hasta incluyó una sección de astrología dictada desde la reja por la tía Norma, quien solo tiene que consultar su prodigioso cerebro y el Almanaque Bristol que cuelga de la reja para vaticinar todos los futuros.
Roberto invierte casi todo el poco dinero que recibe por atender la tienda en El Portavoz, como lo llaman los viejitos y sabios que tertulian los domingos desde temprano en la plaza, con un tinto empanelado mientras esperan al periodista.
Roberto se entera tarde de que hoy, 3 de mayo, se celebra el Día Mundial de la Libertad de Prensa. Y da igual cuándo se entere porque por primera vez en la historia de la clasificación que al respecto produce Reporteros sin Fronteras más de la mitad de los países del mundo están en una situación “muy difícil” o “grave”. Es el peor puntaje en los 25 años del ranking.
En la última década, el giro de varias naciones hacia el autoritarismo hace indispensable la persecución o supresión del periodismo y la libertad de expresión de la ciudadanía. Además de las nuevas dictaduras por todas partes, en la nube gobiernan los tecnócratas del capitalismo de la vigilancia.
Las audiencias pasan por la peor crisis de confianza con el periodismo en décadas. Grandes marcas se niegan a hacer procesos serios de autorreflexión y lectores o televidentes migran hacia influenciadores arquitectos de una fantasía que sirva para sentirse en paz con la realidad.
La plaza pública en su versión digital es un lugar más ruin y peligroso. La violencia digital es hoy en día el primer responsable de la autocensura, en especial para las voces públicas femeninas, quienes se alejan del periodismo o prefieren tratar temas “tranquilos” que no resulten en ataques constantes en donde las sexualizan y deforman. Además, las plataformas de los multibillonarios del mundo se lucran por difundir el trabajo periodístico que inunda esos espacios sin reconocer nada a cambio.
Los modelos económicos de los medios de comunicación tienen efectos directos sobre la libertad con la que se investiga y expresan. Algunos se entregaron a la disputa por el like y la viralización. Otros mantienen un compromiso con producir información de interés público, que les gana premios, unos pocos leen y les drena la vida: arriesgan su salud mental y seguridad económica. Y el resto deambula entre esas dos versiones.
El gran capital, plagado de intereses económicos y políticos, concentra cada vez más medios de comunicación, para lubricarlos y moldearlos a su antojo. En Colombia, la revista Semana sirve para que su nuevo dueño juegue con ella como si estuviera en el negocio de producir queso. La compró con la finalidad de imitar a una gran máquina de propaganda que destruyó el ecosistema informativo gringo y manosea su legado periodístico de décadas para hacer política, financiar candidaturas y pasar sus odios y rabietas particulares por periodismo.
Uno de los candidatos punteros en la carrera por la presidencia se hizo célebre en los estrados judiciales, no por sus grandes argumentaciones, sino por perseguir a periodistas y atormentarlos con procesos temerarios hasta el silencio. Una de sus banderas de campaña es el odio a la prensa, y por eso muchos lo votarán emocionados.
Al otro lado del espectro, el presidente de la república no pierde oportunidad para estigmatizar periodistas. No para corregir una publicación en concreto, sino para que la gente dude de la función de ese oficio en nuestra sociedad; para que confíen en él más que en las noticias; para convertirse en fuente de verdad. Su candidato sigue abierta y vocalmente el mismo camino.
Hoy Roberto lee juicioso todas estas historias tristes, que conmemoran alarmadas el 3 de mayo. Lo hace después de repartir El Portavoz a los señores de la plaza, quienes celebran la última denuncia sobre el concejal corrupto que se roba el dinero de las flacas arcas de la contratación en Chiquinquirá. Uno de ellos le pregunta si no le da miedo, por qué insiste en eso y que qué le dicen en su casa.
Roberto no se siente un héroe de nada, responde que lo hace porque sí, porque le toca, porque no tiene otra opción. Porque el periodismo es una necesidad de cualquier comunidad humana, como su pueblo chiquito.
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