
En un libro tan bien escrito como conmovedor, Armero: 40 años, 40 historias, el periodista Mario Villalobos acaba de presentarle a Colombia un relato zurcido a lo largo de cuarenta episodios que rescatan la memoria de Armero y sus habitantes. En sus páginas revive la tragedia que enterró a ese municipio bajo el lodo el 13 de noviembre de 1985. También presenta un retrato crudo de la incompetencia política, administrativa y judicial que falló en prevenir la tragedia y que facilitó la ocurrencia de una cantidad de abusos y atropellos indecibles con posterioridad a ella.
El escrito disfruta de una relevancia especial por estos días en que seguimos esperando respuestas definitivas a las investigaciones que rodean la estructura de crimen organizado que montaron congresistas de varios partidos, ministros y funcionarios corruptos de la Unidad Nacional de Gestión de Riesgos de Desastres, para robarse miles de millones de pesos de la entidad. También, en momentos en que vemos una vez más la inoperancia del Estado frente a emergencias alarmantes, como la desnutrición crónica que, según la Red de Bancos de Alimentos de Colombia afecta a 392,000 niños, en serio peligro de muerte.
En su libro, Villalobos presenta evidencia que demuestra que el Estado colombiano estaba advertido desde diciembre de 1984 de que una tragedia era inminente. La Organización de Naciones Unidas, soportada en numerosos conceptos de científicos internacionales de primer nivel, se ofreció por diferentes medios a apoyar al Estado, incluyendo el traslado de expertos a Colombia y la donación de herramientas tecnológicas para mejorar la capacidad de detectar movimientos sísmicos y diseñar un mapa de riesgos serio.
En consecuencia, el embajador de Colombia ante la UNESCO, Aurelio Caycedo Ayerbe, le envió el 26 de junio de 1985 una carta a su jefe, el canciller Augusto Ramírez Ocampo, refiriendo el ofrecimiento de esa agencia de Naciones Unidas, haciendo énfasis en que según la ONU “se deben tomar de inmediato una serie de medidas”. Increíblemente, la carta estuvo engavetada un mes en la Cancillería. Sólo entonces, la entidad decidió pedir la opinión de cinco entidades públicas sobre la necesidad de aceptar el ofrecimiento.
La Gobernación de Caldas contestó el 9 de agosto. El Instituto Geofísico de Los Andes, uno de los centros de estudios vulcanológicos más importantes de la región, el 12. El 13 respondió Ingeominas. La Defensa Civil, lo hizo el 27 de agosto. El Ministerio de Minas, el 29. De especial interés es la respuesta que dio el Instituto Geofísico de los Andes. A diferencia de las otras entidades, que en sus misivas veían con buenos ojos la conveniencia de recibir la ayuda, el Instituto la rechazaba.
El director del Instituto, el padre Rafael Goberna, uno de los “expertos” en el tema, respondió a la Cancillería diciendo que el riesgo estaba sobrevalorado: “Por lo tanto no creo que en este momento se necesario solicitar a la Unesco o a otras entidades internacionales el envío de expertos y científicos vulcanólogos”. Contra la recomendación de Goberna, dos meses y medio después del ofrecimiento, el 12 de septiembre, la Cancillería decidió aceptar el ofrecimiento, advirtiendo que los gastos debían correr por cuenta de la UNESCO: “En consideración a la circunstancias anteriores, creemos de suma importancia la colaboración…. en el entendido de que todos los gastos estarán a cargo de la organización oferente.”
Mientras la burocracia pública se movía a paso de caracol, Hernando Arango Monedero, un representante a la Cámara caldense, citaba a debate de control político a varios ministros, que poco hicieron para prevenir la tragedia. Entre ellos, el ministro de Minas, Iván Duque Escobar, padre del expresidente. Según el acta del debate en el Congreso que Mario Villalobos cita, Duque Escobar catalogó la intervención de Arango como “apocalíptica y dramática”. Además, en el acta también consta que: “Asegura el señor ministro que el Gobierno dentro del marco de las probabilidades todo lo tiene previsto”.
Duque, como era de esperar, fue absuelto años después de toda responsabilidad por la Comisión de Acusaciones, más conocida en Colombia como Comisión de Absoluciones, debido a su inoperancia extrema y a la politiquería con que se toman casi todas sus decisiones. Las investigaciones de la Procuraduría, la Contraloría y los jueces de Instrucción Criminal, como era de esperar, tampoco llegaron a ningún lado.
La inoperancia del Estado, la poca importancia que le dieron a los conceptos de numerosos científicos acreditados, y la irresponsabilidad de varios funcionarios, al final terminaron por facilitar la ocurrencia de una catástrofe que le causó la vida a más de 20,000 colombianos, incluyendo a Omaira Sánchez, la niña símbolo de la tragedia. Omaira murió a sus trece años de edad, sin que nadie pudiera socorrerla, diciendo poco antes de expirar, para vergüenza eterna de los que nada hicieron para prevenir la desgracia: “Yo quiero… yo quiero… cuando salga que me tomen con la cámara… ¡que salga yo triunfante!”
La tragedia fue más grande que la sola avalancha y las muertes que causó. El desorden con que fue atendida terminó por facilitar el extravío de docenas y docenas de niños que salieron vivos de la avalancha, y que nunca pudieron reencontrarse con sus familias. En el libro se narran incidentes de niños que fueron adoptados sin el cumplimiento de requisitos legales, niños que fueron objeto de tentativas de robo y secuestro y otras barbaridades más. El libro también nos habla de la corrupción desbordada que protagonizaron funcionarios de la Cruz Roja, pero eso amerita otra columna.
Por fortuna, el libro también retrata historias bellísimas de resiliencia, esperanza y superación. Comparte historias de familias que se reencontraron después de treinta años o más, a lo largo de los cuales sus protagonistas nunca perdieron la fe de volver a abrazar a sus hijos, hermanos o abuelos. También presenta historias de heroísmo, de funcionarios públicos que estuvieron dispuestos a todo para salvar las vidas de las víctimas de la tragedia, poniendo en peligro la propia. Y también nos cuenta una historia personal, que motivó al autor a escribir la historia de Armero.
Un día, muchos años después de la erupción y el deslave que causó, Mario Villalobos viajó en avión con su abuela, a quien llevaba a conocer el mar. Durante el vuelo, ella - que era oriunda de la región - le dijo lo siguiente: “Mire, patojito, mire… ¡así eran los cultivos de algodón de Armero!”. A lo que él le respondió, “‘¿Así cómo, abue…?”. Y ella repostó: “¡Pues así!, como las nubes… así de bonitos, así de eternos”. Y así, Mario recordó el lugar que ocupaba Armero en el corazón de su abuela, que murió algún tiempo después. Su libro sobre Armero, en el que busca responsables y los desenmascara, es su forma de honrarla.
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