
“(Petro) es un líder de drogas ilícitas motivando fuertemente la producción masiva de drogas, en campos grandes y pequeños, en todo Colombia”, aseguró el presidente Donald Trump y anunció la suspensión de la ayuda a nuestro país. La notificación vino acompañada de una amenaza: el líder estadounidense asegura que, si Petro no le pone fin a los “campos de exterminio” relacionados con la producción de drogas, él mismo se encargará de cerrarlos, y “no de forma amable”.
Hay dos asuntos preocupantes en estas líneas, publicadas en la red Truth Social. El primero: señalar de narcotraficante al presidente Petro, sin aportar ninguna evidencia. Y el segundo: amenazar de frente con intervenir ilegalmente en Colombia, un país soberano. Pocas cosas sorprenden ya de Trump, un hombre que se caracteriza por no ser medido ni justo con las palabras. Pero sí debería sorprendernos —e inquietarnos— el eco que sus palabras tienen en sectores locales.
Varios precandidatos a la Presidencia salieron a amplificar el señalamiento. Abelardo de la Espriella se refiere a Petro como cómplice del llamado Cartel de los Soles; Miguel Uribe Londoño insiste en presentarlo como socio de Maduro; María Fernanda Cabal repite que Colombia es un ‘narcoestado’. La animadversión contra el Gobierno es tal, que no advierten que, con ese coro, legitiman una intervención externa. ¿Cuál será el precio de ese desprecio?
Trump ha amenazado con invadir Colombia “no de forma amable”, lo cual es obvio, pues ninguna invasión lo es. Sabemos que cuando Estados Unidos interviene militarmente en un país, raras veces deja algo mejor de lo que encontró. ¿A qué país así intervenido le fue bien? ¿Cuál quedó mejor cuando por fin se fueron? ¿Dónde no hubo devastación, altísimas bajas o colapsos institucionales difíciles de revertir? Irak, Afganistán, Vietnam, Libia y Siria son apenas algunos nombres que deberían bastar para desactivar cualquier entusiasmo con la “mano dura” extranjera.
Cuando Abelardo de la Espriella dice que “Petro ha facilitado, aupado, permitido, colaborado en la expansión del narcotráfico desde Colombia”, él mismo está facilitando, aupando, permitiendo y colaborando con una invasión. Podría encuadrar en el delito de instigación a la guerra (art. 458 del Código Penal), que sanciona actos dirigidos a provocar hostilidades contra la nación. Y cuando el discurso, además, busca “someter al país al dominio extranjero” o afectar su soberanía, la conversación roza la figura de traición a la patria (art. 455). La democracia se defiende también del lenguaje que intenta abrir la puerta a una intervención.
Las palabras son importantes. Importan porque tienen el poder de moldear la percepción colectiva. La historia nos ha demostrado que cuando algo se nombra y se repite una y otra vez, lo dicho puede convertirse en una etiqueta difícil de borrar. Las palabras inician los conflictos. Las palabras pueden ser balas.
El lenguaje de Trump va en escalada; ha convertido el insulto en estrategia. Es su estilo. Ataca a personas ante su incapacidad de debatir ideas. Pero no es el único. En Colombia, el lenguaje político se ha degradado de tal manera que el insulto es también herramienta de campaña.
Lamentablemente, las palabras que escupe Trump son recogidas por la extrema derecha colombiana y sus candidatos las ponen al servicio de una retórica populista. Las narrativas de “narcoestado” o “Estado fallido” sirven a intereses de Estados Unidos, pero también a intereses de sectores colombianos. En las redes, muchas personas empiezan a señalar al presidente de Colombia de narcotraficante, algo que no ha sido comprobado, con lo cual se amplifica el mensaje, se le da valor y justificación al señalamiento de Trump, y todo esto se convierte en combustible electoral. Un combustible que perfectamente puede definir lo que suceda en las próximas elecciones.
Vivimos en una guerra de etiquetas. Ignorante. Narcotraficante. Castrochavista. Nazi. Todos caemos en ella, sin darnos cuenta de que esto deriva en una política con mucho ruido y poca conversación. Todo lo que se dice se reduce a un intercambio de frases virales más que de ideas que puedan debatirse. La provocación, la bravuconería y la política del espectáculo cobran más valor que la verdad, la coherencia o incluso la disuasión de una invasión.
Los que apoyan las palabras de Trump hacen vigente el discurso del “patio trasero” y el “sospechoso por defecto”. Y, al apoyarlo, volvemos a ocupar ese lugar simbólico que en América Latina es tan importante combatir frente a la narrativa estadounidense.
¿Por qué somos tan indignos? ¿Por qué el señalamiento de un hombre que repudia a los latinos hasta el punto de creer que “contaminamos su sangre” tiene valor para algunos colombianos? Porque carecemos de autoestima política y de memoria histórica. Y son muchos los que no se dan cuenta de que los insultos y las amenazas atentan contra todos, no solo contra Petro.
Conviene recordar lo que explica Martha Nussbaum. La filósofa ha mostrado que cuando la política se alimenta de asco y desprecio, termina humillando públicamente a sectores enteros y erosionando la democracia. En tiempos donde reina el miedo, esas emociones facilitan la polarización y el autoritarismo. La salida no es responder con la misma moneda, sino cultivar emociones públicas de respeto, compasión y cuidado; y construir instituciones y rituales cívicos que contengan la ira retributiva y favorezcan el reconocimiento recíproco. No es ingenuidad: es prudencia democrática.
Si queremos sostener un proyecto común —como país, como región, como planeta— debemos recordar el alto precio del desprecio. Ese precio no lo paga solamente una facción; lo paga la ciudadanía entera: en autoestima, en pluralismo, en soberanía. Defender a Colombia empieza por defender el lenguaje con el que hablamos de Colombia. Porque, antes de cualquier bala, lo que hiere —y a veces mata— son las palabras.
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