
“Ser de izquierda debería ser ilegal”, asegura en su cuenta de Facebook María Fernanda Cabal, precandidata presidencial de derecha.
Abelardo de la Espriella, precandidato de ultraderecha, habla de “erradicar y destripar a la izquierda” y, en un programa de la cadena RCN, preguntó: “¿Acaso tú no puedes erradicar por la vía democrática un pensamiento?”.
“Si usted me dice que yo soy Carlos Castaño, yo me siento orgulloso”, afirma con el pecho henchido Santiago Botero, precandidato presidencial de algo que va más allá de la extrema derecha.
Los planteamientos de estos tres aspirantes a la presidencia de Colombia son todos tan abiertamente antidemocráticos, violentos y éticamente cuestionables, que cuesta creer que sean capaces de decirlos a viva voz y usarlos como bases para sus campañas políticas. Cuesta aún más entender que existan personas que estén de acuerdo con ellos.
Analicemos un poco cada una de estas frases. Vamos primero con la señora Cabal. Afirmar que “ser de izquierda debería ser ilegal” es antidemocrático, autoritario y contradictorio con los principios constitucionales. Todo lo que ella cuestiona sobre gobernantes autócratas está contenido en la frase que posteó, pues contradice las bases mismas de cualquier Estado de derecho.
Una democracia no promueve la eliminación de las diferencias, sino la posibilidad de que todas las corrientes de pensamiento —izquierda, derecha, ultraderecha o centro— puedan coexistir y competir en las urnas en igualdad de condiciones. Por ende, decir que ser de izquierda debería ser ilegal equivale a afirmar que la democracia misma debería ser ilegal.
La afirmación de esta señora, no tan cabal, atenta directamente contra varios derechos constitucionales: la libertad de pensamiento y conciencia, la libertad de expresión y la libertad de asociación y participación política. Gravísimo, teniendo en cuenta que es senadora de la República, es decir, una de las personas elegidas para legislar, y que además pretende dirigir los destinos de un país.
Una mujer que no es capaz de proteger el derecho a tener ideas —aunque no esté de acuerdo con ellas, le resulten disidentes o impopulares— solo demuestra su nivel de intolerancia ideológica, su tendencia a criminalizar la diferencia y su incapacidad para defender una sociedad libre, en la que podamos convivir aunque pensemos diferente.
En la misma línea de la Cabal va la pregunta de Abelardo de la Espriella: “¿Tú no puedes erradicar por la vía democrática un pensamiento?”. Es un cuestionamiento contradictorio y supone serios problemas en su formulación.
La democracia defiende la libertad de pensamiento, de expresión y de disenso. Su naturaleza no es “erradicar o destripar” ideas, sino abrir espacios para que todas puedan coexistir y debatirse de manera pacífica en el espacio público. Por tanto, hablar de “erradicar un pensamiento por la vía democrática” contradice el principio mismo de la democracia.
Erradicar algo supone eliminarlo —una acción coercitiva y autoritaria—, mientras que la vía democrática se asocia a la persuasión, la deliberación y el pluralismo. En democracia, y de acuerdo con la ley, se puede hablar de regular comportamientos, pero jamás de eliminar pensamientos sin que esto implique censura o represión. Él, como abogado, debería saberlo.
Cuando Abelardo de la Espriella dice que una ideología como la izquierda puede “erradicarse democráticamente”, cae en una falacia de categoría: la frase contiene un error lógico, pues no es posible eliminar de las mentes o del debate público una corriente de pensamiento tan válida como la suya. Da temor pensar que un hombre como él, tan hábil para argumentar, use el discurso democrático para legitimar la intolerancia y el autoritarismo. Bien podría hacer fórmula con Cabal.
Y, por último, está el señor del balín, Santiago Botero, quien dice sentirse orgulloso de que lo comparen con Carlos Castaño, uno de los jefes paramilitares más sanguinarios de la historia de Colombia.
Estas palabras revelan un fenómeno social y simbólico muy preocupante: la normalización de la violencia y la inversión moral de los valores. Es lo que Hannah Arendt denomina la banalización del mal, especialidad colombiana: convertir lo atroz en símbolo de poder y de carácter.
El orgullo que este precandidato manifiesta no es algo menor: es señal de que la violencia hace parte de una estética cultural —asociada a la hombría, la gallardía y la autoridad— y demuestra que lo éticamente inaceptable vuelve a ser un ideal.
El paramilitarismo en Colombia es sinónimo de desplazamiento forzado, desaparición forzada, masacres, violaciones, asesinatos selectivos, entre otros crímenes atroces. Sentirse orgulloso de ser comparado con uno de sus líderes es convertir al verdugo en modelo a seguir. La afirmación demuestra, además, una total falta de empatía con las víctimas. Alguien que cambia el horror que debe producir la violencia por el orgullo evidentemente carece de una brújula moral.
El documental Máquina de guerra, de la periodista Katia Ospino, cuenta la historia de Uber Banquez, alias Juancho Dique, excomandante de las AUC y responsable de masacres como El Salado y Chengue, entre otras. Al cierre de la película este hombre dice: “Hay un sistema que es peligroso, hay que cuidarse uno mucho. Es un sistema que está vivo. Aquí se desmontaron fue las autodefensas, el bloque de los Montes de María. El sistema político no se ha desmontado, el sistema narcotraficante no se ha desmontado, el sistema económico que apoyó a las autodefensas no ha venido a pedir perdón, no ha reconocido los errores. Esos tres sistemas no han reconocido los errores en Colombia, solamente lo estamos aceptando nosotros, los actores. Pero ese sistema de atrás no ha aceptado, ni ha reconocido, ni irá a reconocer. Ese sistema está vivito”.
Al escuchar a estos tres precandidatos, solo puedo pensar con terror en esa verdad: el sistema está vivito.
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