
Muchas personas –en las familias, las empresas, las entidades públicas y las universidades– se quejan de diversas conductas y actitudes de los jóvenes de hoy en día. Cuestionan varias percepciones que sobre ellos tienen: su apatía frente a temas que según los mayores deberían interesarles, sus críticas injustas sobre todo lo que acontece, su indisciplina y fragilidad ante las dificultades, su inmadurez frente a las críticas (de ahí su caricaturización como un cristal delicado que se rompe con cualquier golpe menor), su falta de perseverancia, su hedonismo, pereza e inconformismo. Descalifican su supuesta incapacidad para comunicarse, concentrarse, organizarse, planear, ejecutar, ser independientes y tener iniciativa.
Si bien es cierto que hay casos en los que sí se dan algunos o muchos de esos comportamientos negativos (como en todas las generaciones), mi impresión sobre su forma de pensar y de actuar es muy distinta. Desde hace 41 años estoy en permanente contacto con los jóvenes por mi labor como profesor universitario, y pienso que son rebeldes con causa.
¿Cómo justifico su manera de ser? Varias son sus buenas razones para rechazar el estado actual de las cosas. La vida actual, en Colombia y en el resto del mundo, está plagada de males: la terrible violencia, el ya dañino cambio climático, la destructiva polarización, las aberrantes desigualdades, las odiosas discriminaciones (por condición socio-económica, edad, género, raza, preferencias sexuales, lugar de origen, ideologías y creencias religiosas), los atropellos a los migrantes, los nocivos populismos de las extremas derecha e izquierda, el materialismo exacerbado, el individualismo desbocado, la corrupción rampante y una larga lista de etcéteras).
En cuanto al mundo laboral, es innegable que en no pocas organizaciones –públicas y privadas– hay muchos asuntos por corregir (más en Colombia que en otros países, en especial los más avanzados): cargas excesivas de trabajo, irrespeto por parte de los jefes, falta de transparencia en las comunicaciones internas, reglas del juego poco claras y cambiantes, estructuras jerárquicas rígidas que impiden la participación activa y sin formalismos, el miedo constante a perder el empleo, la presión exagerada para obtener resultados que no son razonables considerando las circunstancias, un clima hostil y una cultura que de verdad no pone en práctica los principios, valores y la misión que pregonan sus enunciados oficiales.
Sin embargo, esa sana rebeldía no puede quedarse en simple rechazo. Los jóvenes deben proponer alternativas; luego tienen que arremangarse y ponerse manos a la obra con audacia y coraje transformando lo que está funcionando mal, y erradicando lo que no debería existir. Para que no pasen a la historia como la ‘generación de cristal’ sino como la generación que logró sacarnos del círculo vicioso y embarcarnos en un círculo virtuoso.
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