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Adriana Arjona

El veneno que te habita

¿Será cierto?

¿Acaso fuiste tú quien envenenó a esas niñas?

Si así fue, no solo cobraste dos vidas y dañaste de manera permanente otras tantas: rompiste el lenguaje con el que nos referimos a una mujer, destruiste la posibilidad de aceptar con confianza un gesto amable y profanaste el lugar sagrado que representa la casa familiar.

Nos detuviste ante una escena muy antigua. Antigua y oscura. Una escena que ya ha sido contada y en la que el mal se cuela de manera silenciosa.

Si, como dicen, llegas a ser tú quien envenenó a esas niñas, eres una especie de Medea. Eres igual a ella y no has inventado nada. Solo confirmaste lo que desde los griegos se venía contando: que la podredumbre humana es inconmensurable y que los venenos son el símbolo perfecto para narrar esa descomposición que viene de adentro y es insalvable.

No usaste la fuerza. No fue necesario. Como Medea, enviaste un regalo impregnado de veneno. No fue un velo ni una corona nupcial, como los que recibió la incauta prometida de Jasón. Pero, como en Medea, el regalo se convirtió en instrumento mortal.

El veneno fue tu arma de venganza. Un arma que se infiltró para mezclarse con lo cotidiano. Un arma muda. Invisible. No forzó ninguna puerta: entró por la boca, como entra el alimento en el que confiamos. Y, como le sucedió a la víctima de Medea al ponerse los regalos nupciales, las víctimas se consumieron desde dentro. Lo destruiste todo. Dos vidas. Tres familias. Cientos de amigos.

Si no se equivocan y llegas a ser tú quien envenenó a esas niñas, demostraste que la destrucción más tremenda no viene del golpe asestado, sino de la traición insospechada.

Tal vez tú te sentiste traicionada antes y confundiste la herida con el derecho a destrozar. No sabes lo que es el amor. Ni a través de un diccionario podrías comprender el significado de esa palabra. Y, con lo que has hecho, has amplificado los conceptos de envidia, miedo, rencor y venganza.

Convertiste un regalo en muerte. Regalaste muerte. Y lo hiciste de manera disfrazada e íntima. Enviaste ese regalo a la casa de las víctimas; al nido familiar, ese lugar que todos suponemos tan seguro.

Diste una clase magistral de cómo Eros se transforma en destrucción. Una clase basada en ingenio vengativo, como el de Medea; un “ingenio” que no requiere fuerza bruta, simplemente cálculo frío y odio.

Si se confirma la presunción y llegas a ser tú quien envenenó a esas niñas, demostraste que las lecciones de Química que tuvimos en el colegio fueron insuficientes. Memorizamos la tabla periódica, los números atómicos, algunas fórmulas. Pero nunca nos enseñaron que el talio podría ser utilizado para hacerles daño a unas niñas que aún no veían esa materia.

Me has hecho recordar esa tabla periódica, en la que, no muy lejos del talio, están el nitrógeno y el carbono, elementos con los que se fabrica el cianuro. Otro veneno. Otro crimen. ¿Las víctimas? Un padre y su hijo.

Ahora le hablo a ese asesino. Y lo hago desde la presunción y el terror que me provocan estos hechos. Una presunción que debería obligarnos a todos a una lectura simbólica de lo acontecido.

Si, como muchos sospechamos, fuiste tú quien envenenó a ese hombre y a su hijo, hemos conocido a otro Claudio: el hermano que asesina al rey Hamlet mientras duerme, poniéndole veneno en el oído. Eres el amigo que silencia al amigo, el que es capaz de todo por hacerse al poder, el traidor que no necesita usar la violencia porque le basta con la cercanía.

Eres igual de siniestro a Claudio y no has inventado nada. Solo confirmaste aquello sobre lo que Shakespeare reflexionó: que la traición viene de las personas más próximas y que un veneno es el camino más corto para deshacerse de un hombre inconveniente.

Si no nos equivocamos y eres tú quien envenenó a ese hombre y a su hijo, rompiste todos los órdenes: familiar, moral y político; mataste a un amigo, a un hermano, lo silenciaste sin que pudiera confesar la información que tenía.

Sabías que, si no actuabas, él hablaría. Por eso lo mataste por la boca. Y también en su casa; en el nido familiar, el lugar que todos suponemos tan seguro. Dejaste claro que el mal siempre acecha y ataca cuando creemos estar a salvo.

Tampoco usaste la fuerza. No fue necesario. Te valiste de la traición íntima y silenciosa. Y, como en Shakespeare, usaste el veneno como metáfora de la putrefacción interna del Estado. Confirmamos, como si no lo supiéramos de memoria, que el país entero ha sido contaminado.

Porque no fueron solo ese hombre y su hijo quienes murieron. Murió también una parte importante del pacto social; murió la confianza que nos sostiene como comunidad. A todos nos quedó claro que la verdad puede decirse, siempre y cuando estemos dispuestos a pagarlo con la vida.

Si fue así, si eres tú quien envenenó a ese hombre y a su hijo, debes saber que la toxicidad no se quedó en esa botella de agua. Empezó a dar vueltas. Penetró todos los niveles. Contaminó la legitimidad del poder. El país es un cuerpo aún más enfermo. El orden está podrido. Tú has borrado la línea entre justicia y corrupción.

Tú encarnas la corrupción, la descomposición del orden moral, la habilidad para mentir y para salirte con la tuya. ¿Quedarás impune? ¿O pagarás tu traición, algún día, como Claudio?

Tanto en el caso del talio como en el del cianuro, todos deberíamos sentirnos obligados a actuar. Todos deberíamos asumir el mandato simbólico de corregir los crímenes cometidos. ¿Pero cómo?

Uno podría pensar que la verdad es el único antídoto posible contra el veneno de los malvados. Pero ¿qué verdad podemos contarles ahora a nuestros hijos? ¿Que no es cierto que lo más peligroso es hablar con extraños, sino la traición de los conocidos? ¿Que su hogar no es el lugar más seguro, sino una posible zona de muerte? ¿Que la contaminación moral se convirtió en pandemia? ¿Que de todos hay que sospechar? ¿Que la confianza es una utopía y no la fuerza que nos salva?

Tal vez solo debemos decirles que hay personas —como tú, asesina; como tú, asesino— que están habitadas por el veneno.

No. No están habitadas por el veneno.

Son el veneno.

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