
Cuando se es amante de los perros, de los animales en general, es difícil resistirse a sus encantos. Si un perro se me acerca moviendo la cola, si me pega un lengüetazo o si me regala una de esas miradas ‘derretidoras’, soy de las que cae redonda.
Sin embargo, últimamente he notado que los dueños de perros que uno se cruza en la calle no reciben muy bien que uno corresponda a las manifestaciones cariñosas de sus mascotas. De hecho, las evitan: algunos los alzan, fruncen el ceño o hacen cara de pocos amigos.
En su libro Dominance and affection, Yi-Fu Tuan explica que muchas personas tratan a sus perros como niños, proyectando en ellos emociones humanas y generando niveles de sobreprotección que antes estaban reservados para los hijos. En la vida urbana, especialmente, el perro se ha vuelto eso: un hijo más. Y como nadie quiere que un desconocido toque a su bebé en la calle, ahora ese mismo reflejo se trasladó a las mascotas.
Me sorprende la cantidad de perros que ahora llevan arneses que dicen ‘SERVICE DOG’, así, en inglés. Nunca he visto uno que diga ‘PERRO DE SERVICIO’. Pero, en inglés o en español, es claro lo que hacen estos animales: están entrenados de manera individual para realizar tareas específicas y servir a personas con una condición motora, sensorial, psiquiátrica o médica.
Pero la mayoría de mascotas que vemos con dichos arneses no se comporta como un perro de servicio real. Según la Assistance Dogs International, un perro de servicio mantiene foco en su manejador, no se distrae, no busca atención, no ladra sin motivo y no se altera ante estímulos externos. Por eso, ver perros que claramente no están entrenados usando ese arnés me hace pensar que muchos dueños se los ponen para evitar que la gente se acerque a tocarlos, acariciarlos o interactuar con ellos, como se hacía antes sin mayor problema.
Sin duda, disfrazar a un perro como animal de servicio constituye una forma extrema de dominación envuelta de afecto. Se ajusta a lo que Yi-Fu Tuan denomina en su libro la fabricación social de las mascotas. O puede ser aún más problemático, porque no solo se manipula al animal: también se manipula al humano, haciéndole creer que el perro y quien lo acompaña son algo que, en realidad, no son.
Ya no se puede tener buena onda con los perros ajenos. La gente es cada vez más celosa. Pareciera que uno estuviera cometiendo una especie de abuso a menores si los toca sin permiso, incluso cuando el perro claramente quiere contacto o juego. Me cuesta entender estas reacciones. Toda la vida he tenido perros y nunca me he sentido violentada cuando alguien les expresa cariño a los míos.
Esa nueva sensibilidad —la idea del perro-hijo— produce escenas insólitas que rayan en lo absurdo.
Unos días atrás me contaron de un chat donde algunas mujeres comparten preocupaciones y piden consejos. Una escribió que había llevado a su perro a la peluquería porque tenía muchos nudos. Se lo devolvieron pelado, y ella preguntaba si debía tomar acciones legales porque su perro estaba “deprimido”, y su hija, devastada.
Pensé que no podía ser cierto. Me pareció una estupidez monumental. Esta mujer tiene tan poca dimensión de lo que es un problema, que diagnostica con una enfermedad mental a su perro, siente que su hija no podrá superar el bajón emocional porque peluquearon mal al animal y solo puede contemplar una acción legal para mitigar el “daño”.
¿No es tan sencillo como decirle a la hija que el pelo de los perros también vuelve a crecer? ¿O que tal vez la responsabilidad era de ella por no peinarlo con más frecuencia? ¿Tuvo esta mujer un segundo para asumir su parte antes de contemplar una demanda o una tutela?
Para mi sorpresa, muchas personas del chat grupal le respondieron que sí: que buscara la vía legal. Pensé, automáticamente, en la cantidad de casos como este llenando las estanterías de los juzgados en Colombia.
Juan Carlos Pérez Urueta, en su artículo La congestión judicial y la protección de derechos fundamentales, habla de “tutelitis” y litigio temerario: acciones que se usan para todo, incluso cuando no hay un derecho fundamental en juego. El autor asegura que es tal la congestión que, muchas veces, los casos terminan siendo resueltos por auxiliares de justicia y los jueces simplemente firman después de revisar el trabajo, algo que va en contra de los principios constitucionales, pues no debería delegarse un asunto tan serio como la revisión y el fallo de una tutela.
Pero, ¿qué puede esperarse si en el mismo escritorio aparece un expediente por intento de feminicidio junto a otro por la trasquilada de un perro? Descabellado. El perro y el expediente.
Las demandas frívolas y la manía de judicializarlo absolutamente todo atascan el sistema. Y quienes en verdad buscan justicia se ven afectados por otros que podrían usar caminos distintos; no todo tiene que pasar por los estrados.
Da vergüenza que en el mismo país donde miles de madres esperan años para que avance un proceso por masacre, secuestro, tortura o desaparición de sus hijos, exista al tiempo una madre preocupada porque a su “peludito” (término que abomino) le cortaron más pelo del esperado. Es caricaturesco. Grotesco, en realidad.
Más que sobreproteger a nuestros perros, hasta el punto de disfrazarlos de SERVICE DOGS, deberíamos aspirar a ser SERVICE HUMANS. Me refiero a ser humanos que le sirven a la sociedad evitando convertir una estupidez, como un perro mal peluqueado, en un asunto legal. Así contribuiríamos a aliviar el sistema judicial, a educar hijos con más carácter y a hacer de nuestros perros unos canes más bacanes.
Yo, personalmente, extraño la época en la que quienes íbamos al parque con nuestros perros celebrábamos que otros los acariciaran, jugaran con ellos y les dieran toda la buena onda del mundo. Incluida la buena onda de los peluqueros, que si rapan a un perro es porque los nudos que tú permitiste que le salieran no dejaban otro camino.
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