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Adriana Arjona

Un regalo incómodo

Se inscribió la convocatoria para la Asamblea Constituyente en plena época navideña. Y, como las medias que nadie pidió, este regalo despertó sentimientos encontrados. Es un regalo incómodo: de esos que no se pueden cambiar, devolver ni endosar.

Aún no se sabe exactamente para qué se quiere convocar esta asamblea. No se entiende qué busca ni qué problema concreto pretende resolver. Y tal vez por eso, porque no hay claridad sobre el propósito ni definición de objetivos, se siente como un regalo que no fue pensado con atención. Igual que las medias que nadie quiere, esto llega como algo que alguien compró a último minuto para cumplir, pero solo logró molestar.

Inevitablemente, surgen preguntas: ¿por qué ahora? ¿por qué a tan pocos meses del cambio de gobierno? ¿por qué no antes? Y una aún más importante: ¿qué revela esta acción de la persona que la promueve?

Cuando el país debería estar discutiendo ideas, programas de gobierno y alianzas, nos distraemos mirando otra cosa.

De todos los momentos que hubo durante este Gobierno para convocar una Asamblea Constituyente, este fue, sin duda, el de menor coherencia política. Pudo hacerse antes. Mucho antes y por motivos de fondo. Pudo convocarse cuando el Congreso no hizo más que oponerse a la voluntad de 11 millones de colombianos que votaron por el cambio, al tumbar cada una de las reformas planteadas por el Gobierno.

Y si se hubiera hecho entonces, habría provocado un debate profundo; habría invitado a la reflexión nacional; habría hecho un llamado a la consistencia; habría exigido reflejar el sentir de las mayorías. Pero, al hacerlo ahora, se perdió el debate de fondo y se convirtió en un asunto de forma. O, peor aún, de ego.

Petro llegó al poder porque prometió ser el gobierno del cambio. Pero la oposición en este país entendió el cambio como una amenaza. Y, claro, los cambios propuestos amenazaban a las minorías que concentran el poder económico. Defender los intereses de esos pocos es, aparentemente, mucho más importante que lograr un país más justo y equitativo: un país con menos pobres y más oportunidades; un país con menos corruptos y más derechos.

Este “bloqueo institucional”, como lo ha llamado Petro, es lo que democráticamente se entiende como el control del poder por el poder, contemplado en la Constitución del 91. El Congreso, elegido también por voto popular, tiene la potestad de aprobar o no las reformas que presente el Ejecutivo. Esa dinámica no es anormal: es la democracia en acción.

A pesar de la oposición, Petro ha logrado cosas importantísimas. Lamentablemente, sus logros no han tenido la difusión que merecerían. Este bloqueo mediático está relacionado con el “bloqueo institucional”, claramente porque responde a los mismos intereses: los grandes medios pertenecen a los grandes empresarios que se le oponen.

Es mucho lo que no se ha querido ver, informar ni aplaudir:

El gobierno del cambio logró que alrededor de 1,2 millones de personas salieran de la pobreza monetaria; entre 2022 y 2025, el salario mínimo aumentó aproximadamente un 42 por ciento en términos nominales; la tasa de desempleo bajó a 8,2 por ciento en octubre de 2025, uno de los niveles más bajos reportados por el DANE en la última década; según el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, Colombia recibió en 2024 cerca de 6,7 millones de visitantes no residentes, un nuevo récord y un incremento del 8,5 por ciento frente al año anterior; y, según el Ministerio de Ambiente y el Ideam, la deforestación se redujo un 36 por ciento en 2023 frente a 2022, un hito ambiental innegable.

La lista de logros de este Gobierno es inmensa. Tan inmensa como su torpeza para otros asuntos. 

Petro a veces confunde planes con capacidad de ejecución. Por nombrar solo un ejemplo, el tema de la salud dejó en evidencia que desmontar lo que ya estaba funcionando fue mucho más fácil que construir algo nuevo. El cambio, entonces, no fue para mejor y perdió legitimidad simbólica.

Como es obvio, la oposición ha sabido capitalizar todos los errores. Se ha valido de cada tropiezo para sembrar la idea, tan nostálgica como peligrosa, de que antes robaban, pero por lo menos la cosa funcionaba. Un pensamiento pobre y cómplice que defiende los privilegios de siempre.

Hacia la recta final de este Gobierno, en lugar de dedicarse a subrayar lo logrado, aparece este regalo incómodo: la Asamblea Constituyente. Y viene acompañada de lo previsible: el grito histérico de la derecha, que habla del deseo de Petro de “atornillarse” en el poder. Palabras pesadas, usadas con ligereza. Porque si uno se toma un par de segundos para desmenuzar lo que requiere una Asamblea Constituyente, es claro que no hay tiempo, ni procedimiento, ni condiciones reales para que este mecanismo le permita a Petro ser reelegido. No se puede hablar de atornillarse al poder cuando no hay tornillo, ni tuerca, ni mano que apriete esas dos piezas.

Si Petro quisiera atornillarse al poder a través de una Asamblea Constituyente, ya estaría muy tarde. Los siete meses que le quedan de gobierno no le alcanzarían para convertirse en el dictador que la derecha asegura que sería.

Faltan varios pasos que requieren tiempo: recolectar las firmas toma meses. Y, aunque se consigan las firmas, se debe tramitar una ley estatutaria, cosa que tampoco sucede en un suspiro. Aquí cabe preguntar: si el Congreso no le ha aprobado a Petro las reformas, ¿por qué le aprobaría dicha ley?

Incluso si todo se hiciera a la velocidad de un rayo, el tiempo tampoco alcanzaría para reformar la Constitución y aprobar la reelección presidencial. Esto demuestra que los gritos de la derecha son más narrativa manipuladora que realidad.

Sin embargo, que la amenaza no sea real no quiere decir que no represente un problema político. Porque este movimiento no parece tener la intención de cambiar las reglas del juego, sino de seguir siendo el juego.

¿Y cuál es el juego? Petro quiere permanecer en el centro de la conversación hasta el último día. No quiere perder el foco. Quiere estar en escena. Robarse el protagonismo incluso de su posible sucesor. No está interesado en mover un proyecto: está interesado en mover su presencia, su imagen, su persona. Y esto sí que resulta incómodo, innecesario e inconveniente. Porque este no es momento de alimentar su ego, sino de debatir ideas y razones, de pensar en el poder más allá de las personalidades. Las democracias también se erosionan por la obsesión con el protagonismo.

Colombia no necesita espectáculos que deriven en confusión. Necesita discusión programática, acuerdos y una ciudadanía capaz de reflexionar, discernir y decidir. Necesita entender que ningún proyecto político sobrevive si depende única y exclusivamente de la figura que lo encarna.

Tal vez este “regalo navideño” no buscaba cambiar la Constitución del 91. Quizás solo buscaba no desaparecer de la charla cotidiana. Y eso, aunque no sea ilegal ni antidemocrático, sí es innecesario. Porque liderar no es querer quedarse bajo el foco, sino saber hacerse a un lado para que las ideas avancen con su propia fuerza y velocidad.

Colombia no necesita más a un presidente que hale para un lado y a un Congreso que hale para el otro. Eso solo nos ha llevado a la inmovilidad, al estancamiento, a la indecisión y al cansancio.

El verdadero regalo para 2026 sería que la ciudadanía vote por congresistas (no por tamales ni camisetas) que representen sus intereses, y por un presidente que crea mucho en el cambio y poco en su ego.

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