
“La guerra nunca se acaba”, dice uno de los personajes de la película Adiós al amigo, de Iván David Gaona. Este western santandereano plantea esa y otras verdades: que ya nos hemos dedicado por demasiado tiempo a la muerte y ahora es tiempo de defender la vida; que el odio y el resentimiento no existen afuera, en el mundo, sino en la mente de los hombres; y que si la guerra sigue, aunque se haya firmado la paz (como en la película, que transcurre en 1902 tras la Guerra de los Mil Días), es porque responde a intereses de poderosos.
La paz debería ser una sola, pero en Colombia se ha firmado muchas veces. Desde la Guerra de los Mil Días (1899–1902), los procesos de paz no se limitan a los acuerdos con las guerrillas recientes: hacen parte de una tradición histórica de pactos políticos y militares para acabar guerras civiles o insurrecciones populares.
La Guerra de los Mil Días —un conflicto entre liberales y conservadores que dejó cerca de 100.000 muertos— terminó con el Tratado de Neerlandia entre el general liberal Rafael Uribe Uribe y el gobierno conservador. En los años cincuenta hubo intentos de pacificación con las guerrillas liberales, que lograron la desmovilización de algunos grupos, aunque sin un acuerdo estructurado. Con el Frente Nacional (1958–1974) se pactó la paz bipartidista. En los años ochenta, durante el Gobierno de Belisario Betancur, se abrieron diálogos con Farc, EPL, M-19, entre otros, que fracasaron en gran parte por la violencia contra la Unión Patriótica. Entre 1989 y 1991, durante el tránsito de Barco a Gaviria, se firmaron acuerdos con el M-19, el EPL y otros grupos, que derivaron en una tragedia inédita: el asesinato de cuatro candidatos presidenciales.
Más tarde, entre 2003 y 2006, durante el Gobierno de Uribe Vélez, se llevaron a cabo negociaciones con grupos paramilitares que derivaron en la extradición de varios de sus jefes y, al mismo tiempo, en el auge de la parapolítica y el fortalecimiento de las bandas criminales. En 2016, Santos y las Farc firmaron los Acuerdos de Paz de La Habana, dividiendo al país: porque en Colombia hasta la paz es motivo de guerra. Y desde 2022, la Paz Total y los diálogos con el ELN y las disidencias de las Farc son el emblema del Gobierno de Gustavo Petro.
Paz. Paz. Paz. Paz. Paz. Paz. Entre más repetimos la palabra, menos sentido tiene. Paz. Paz. Paz. Bien podría ser una onomatopeya. ¡Paz! Como en un cómic de Batman. Pero aquí nos hemos acostumbrado al bum, al bang, al taz-taz-taz y, a diferencia de Batman, en Colombia nunca se sabe quiénes son los buenos. Tal vez por eso, aunque hace diez años se firmó el último acuerdo de paz, “la guerra nunca se acaba”.
Y no se acaba porque en el país siguen existiendo todos y cada uno de los personajes de Adiós al amigo, que más que una película es un espejo del bucle incesante que es nuestra violencia. El soldado cansado de la guerra que sueña con volver a casa; el hombre que vio cómo asesinaron a su padre y busca venganza, aunque esté dominado por el miedo; la campesina sola y valiente, que ha visto morir a los suyos, pero mantiene su fuerza y sus valores intactos; el hombre de élite que se disfraza de amigo y luego traiciona; el líder político que comprende, tarde, que la violencia nada bueno deja; el militar convertido en asesino, con la mente rota de tanto matar; el afrodescendiente y los indígenas, cuyas voces seguimos sin escuchar.
¿Cómo se acaba una guerra? Claramente no firmando un papel. El acuerdo es solo el símbolo. Lo que hace falta es cumplirlo, honrarlo. Y eso es lo que en Colombia nunca hemos logrado. Porque llegan al poder gobernantes como Duque, que saboteó la implementación de los acuerdos y permitió que se esfumaran los recursos que la comunidad internacional había dado para la paz (miles de millones de euros sobre los que cada tanto se preguntan en España, Alemania, Francia, Irlanda, Italia, Países Bajos, entre otros países de la UE). Y después Petro, con su propuesta de Paz Total, sin estructura ni garantías, pero sobre todo sin verificación.
Volvemos así a los fantasmas que más tememos: el asesinato de precandidatos presidenciales, las bombas asesinas como la que recientemente estalló en Cali, un narcotráfico más vivo que nunca y controlando gran parte del territorio nacional, el miedo a salir a la calle, la polarización política plagada de ‘líderes’ que solo saben señalar a otros como responsables del horror, la siembra del odio y el resentimiento, y la idea de que la seguridad es armar a los civiles. Taz-taz-taz.
La película de Gaona trae un mensaje de perdón y reconciliación en medio de un presente difícil. Muestra un territorio vasto y hermoso que solo hemos sabido cubrir de sangre. Resalta el talento artístico de colombianos que persisten en construir mientras tantos otros insisten en fracturar. Expone la fuerza de nuestra diversidad y la belleza de nuestras raíces, frente a la necedad de negar al otro. Nos sumerge en la música honesta y potente de Edson Velandia y los músicos de Piedecuesta, que los violentos silencian con balas y bombas. Y revela, sobre todo, cómo la guerra nos ha mantenido por siglos en un círculo vicioso que ofrece a los jóvenes pocas salidas: convertirse en narcoguerrilleros, en narcoparamilitares o en mercenarios de guerras ajenas, como las de Siria o Ucrania. Duro presente, triste futuro.
Recomiendo ver Adiós al amigo. Y, más que nada, imploro que no le digamos adiós a la paz. En Colombia, más que firmarla, tenemos que aprender a vivirla. Y la única forma de vivirla es venciendo la peor forma de violencia: la desigualdad.
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