
Cómo enfrentar el grave y creciente problema de la producción y tráfico de cocaína es un asunto que vuelve a aparecer en la discusión nacional en estos tiempos de la certificación (o no) de Estados Unidos a la guerra contra las drogas por parte de Colombia.
Cómo enfrentar el grave y creciente problema de la producción y tráfico de cocaína es un asunto que vuelve a aparecer en la discusión nacional en estos tiempos de la certificación (o no) de Estados Unidos a la guerra contra las drogas por parte de Colombia.
Lo fácil sería reanudar las aspersiones con glifosato. Según los promotores de esa solución simplista, el daño a la salud de las personas, al medio ambiente y a la economía de miles de familias campesinas que sobreviven por la coca, serían efectos colaterales marginales comparados con las consecuencias negativas (recorte de ayuda financiera y técnica, sanciones comerciales, deterioro de las relaciones con Estados Unidos, etc.).
Lo difícil es, por el lado de la demanda, atacar con eficacia la causa raíz del problema. Y por el lado de la oferta, concentrar los esfuerzos en lo que verdaderamente sí podría mermar el suministro de cocaína.
Una vez más hay que insistir en que el origen del narcotráfico es el consumo de drogas, que sigue creciendo en el mundo entero —principalmente en Estados Unidos y Europa. Lo poco que se está haciendo para prevenir ese consumo —mediante la educación, y su tratamiento como un problema de salud pública—, ha fracasado de manera rotunda. Las naciones consumidoras deberían ser las descertificadas por su inutilidad en resolver la crisis social y mental que impulsa el consumo de drogas por parte de sus ciudadanos. El invento del presidente Nixon, hace más de medio siglo, de la “guerra contra las drogas” ha sido para Colombia un muy doloroso y costoso sofisma de distracción de los gobernantes extranjeros que no han podido combatir con éxito la demanda por drogas de millones de personas que buscan el alivio equivocado para sus problemas de alienación, depresión, ansiedad, frustración y rabia.
Otras tareas pendientes, que no son fáciles pero indispensables, son: atacar con inteligencia el lavado de dólares que se hace masivamente en el sistema bancario; frenar el suministro de precursores químicos que se usan en la fabricación de la coca; aumentar sustancialmente la interdicción a la salida y entrada de la droga; y desbaratar las redes de su distribución dentro de las naciones donde se trafica.
En cuanto a la demanda, pienso que el camino —difícil pero transitable— es el de la sustitución de cultivos, acompañada de una presencia robusta del Estado en materia de seguridad, justicia, educación, salud, infraestructura y ayuda en la comercialización de los productos que reemplacen a la coca. Esta opción, aparte de algunos casos aislados, no se ha puesto en marcha a gran escala con el ejercicio del poder pleno del aparato estatal. Requiere una gran coordinación entre múltiples entidades, una gerencia integral al más alto nivel, y un presupuesto voluminoso (al que deberían aportar mucho los países consumidores de cocaína). Difícil, cierto; pero es lo correcto.
Ojalá el próximo presidente de Colombia escoja la alternativa difícil y logre convencer a la comunidad internacional para que asuma su enorme responsabilidad en la combinación de soluciones que no son fáciles pero que serán las fructíferas.
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