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Adriana Arjona

¿Vivir más o matar menos?

Vivir para siempre. O hasta los 150 años, que para los humanos de hoy es bien parecido a “para siempre”. De eso hablaron los presidentes Putin y Xi Jinping mientras eran grabados, sin saberlo, por un micrófono que quedó abierto durante la conmemoración del 80º aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial.

Retar las leyes de la biología con la impresión de órganos y los xenotrasplantes para llegar a ser inmortales. La expectativa de estos dos líderes mundiales de 72 años está en línea con el deseo de Ray Kurzweil, de 77, actual director de ingeniería de Google, quien asegura querer “vivir lo suficiente para vivir para siempre”.

Kurzweil sostiene que llegará el momento en que la Inteligencia Artificial (IA) no solo superará a la humana, sino que se fusionará con ella. Está convencido de que la “inteligencia híbrida”, sumada a los avances en biotecnología y nanotecnología, permitirá reprogramar genes, reparar órganos, combatir enfermedades de manera más eficiente y mejorar nuestras capacidades de aprendizaje.

Este hombre cuida metódicamente su salud con la ilusión de llegar vivo al momento en que pueda someterse a terapias que alarguen su existencia de manera indefinida. Algo parecido a lo que intenta el multimillonario Bryan Johnson, de 47 años, cuya historia se cuenta en el documental No te mueras: el hombre que quiere vivir para siempre, dirigido por Chris Smith y disponible en Netflix desde principios de 2025.

Cada uno puede desear lo que quiera. El asunto se vuelve grotesco cuando Putin, que habla de trascender la mortalidad, lanza apenas unos días después, en la noche del sábado 6 de septiembre, el ataque más feroz desde el inicio de la guerra en Ucrania: 810 drones y 13 misiles balísticos que acabaron con la vida de varias personas. Perturba escuchar a Putin hablar de cómo vivir más, y no de cómo matar menos.

Tras el ataque, Donald Trump no tardó en asegurar que estaba preparado para incrementar las sanciones a Rusia. Él y los aliados europeos de Zelenski quieren presionar a Putin para que se siente a negociar la paz.

Lo insólito es que el mismo hombre que presume de hacer esfuerzos por negociar la paz en Ucrania apoya sin bochorno el genocidio en Gaza. Tal vez porque allí tiene intereses muy concretos, como las Islas Turísticas Trump. Así lo demuestra el render del plan posguerra filtrado por The Washington Post hace apenas unos días. Ese render —acompañado por el mensaje “Gaza será Dubái”— no es más que la promesa de un futuro de rascacielos automatizados, campos de golf kilométricos y lujos excesivos controlados por Inteligencia Artificial, construidos sobre un presente de ruinas, cadáveres y seres hambrientos.

Un pequeño grupo de personas está usando robots, tecnología e Inteligencia Artificial para destruir a otros seres humanos. Con seguridad son los mismos que están obsesionados con la idea de vivir eternamente, es decir, de dominar eternamente.

En medio de este panorama pienso en El hombre bicentenario, de Isaac Asimov. Y lo pienso porque hoy estamos viviendo exactamente lo contrario a lo que plantea este conmovedor cuento de ciencia ficción.

El relato sigue la vida de Andrew Martin, un robot diseñado para el servicio doméstico de la familia Martin, que pronto muestra una habilidad inusual: tiene creatividad (cosa que los fabricantes asumen como un error de diseño) que le permite tallar madera de forma extraordinaria. Con la aprobación de su dueño, Andrew empieza a producir obras originales y a ganar dinero.

Un día, Andrew sorprende a su dueño con una insólita solicitud: está dispuesto a entregarle todas las ganancias de su trabajo a cambio de su libertad. Aunque al inicio la idea incomoda al señor Martin, la hija menor de la familia lo convence de apoyar a quien considera mucho más que un robot en su proceso de emancipación.

Con los años, Andrew reemplaza piezas de su cuerpo robótico por órganos artificiales, buscando no solo parecerse a un ser humano, sino ser reconocido legalmente como tal. Su viaje lo lleva, en contraste con lo que persiguen Putin, Xi Jinping, Kurzweil o Bryan Johnson, a aceptar la mortalidad. El precio de la humanidad, y tal vez su gran valor, es vivir sabiendo que nuestra existencia es finita.

En su aniversario número 200, la Corte Mundial finalmente le concede el título de ser humano. Andrew muere tras escuchar la sentencia.

El hombre bicentenario cuestiona qué significa ser humano: ¿nuestra capacidad creativa, el libre albedrío o nuestra condición biológica de mortales?

Escucho a Putin hablar de extender la vida al mismo tiempo que la arrebata, leo sobre los planes de borramiento étnico disfrazados de desarrollo tecnológico que involucran a Trump, y veo cómo hemos invertido el camino: de la utopía de Asimov —una relación entre humanos y máquinas basada en el respeto, la convivencia y el progreso— hemos pasado a una distopía de dominación y exterminio.

No por nada el cuento inicia con las Tres Leyes de la robótica:

1. Un robot no debe causar daño a un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser humano sufra ningún daño.

2. Un robot debe obedecer las órdenes impartidas por los seres humanos, excepto cuando dichas órdenes entren en conflicto con la Primera Ley.

3. Un robot debe proteger su propia existencia, siempre que esa protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.

Hoy, en cambio, nos hemos convertido en seres humanos que quieren volverse máquinas inmortales, que acabarán obedeciendo a esas mismas máquinas y que, sin dudarlo, están dispuestos a causar daño a otros seres humanos que solo buscan libertad y dignidad.

De Andrew Martin aprendimos que lo humano se define por aceptar la muerte. Hoy, pareciera que lo definimos por imponerla.

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