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Adriana Arjona

‘All we need is oil’ o el fin de la hipocresía

The Beatles se equivocaron. Estaban desfasados. No entendían nada. Eran demasiado hippies. Demasiado mechudos. Demasiado naïf.

Aquel éxito que compusieron a finales de los 60 y que decía “_all you need is love_” (todo lo que necesitas es amor) es una melcocha del siglo pasado. Hoy necesitamos cosas más serias. Cosas importantes. Necesitamos petróleo. Al menos eso piensa Donald Trump.

All we need is oil
Tu tu ru ru rú

En su infinita inteligencia, Trump entendió que su pueblo necesita todo el crudo de este planeta, o al menos la reserva más grande disponible, a cualquier precio. O a ninguno, en realidad.

Si para conseguirlo tenía que ir contra las leyes de su propio país, pues adelante. ¿Quién necesita pedirle permiso al Congreso de los Estados Unidos para iniciar una guerra unilateralmente cuando podía hacerlo por cuenta propia? La Constitución es un librito cualquiera, se dirá. ¿A quién le importa pasar por encima de ella? Bien podrían echarla a la hoguera, como en la Inquisición. Hay que quemar las ideas inconvenientes. El Estado de derecho, por ejemplo.

¿Acaso no es una antigüedad eso del gobierno de la ley? ¿Qué es esa ridiculez de que nadie está por encima de ella? Trump ya demostró que sí. Que él está por encima de la ley. Que él ES la ley. Y el mundo ha demostrado no ser capaz de detener su delirio.

Por encima de la ley está el más fuerte, dijo sin rodeos Stephen Miller, jefe adjunto de Personal para Políticas y asesor de Seguridad Nacional del presidente, en entrevista con Jake Tapper, de CNN. “Vivimos en un mundo en el que puedes hablar todo lo que quieras sobre sutilezas internacionales y todo lo demás, pero vivimos en un mundo, en el mundo real, Jake, que se rige por la fortaleza, que se rige por la fuerza, que se rige por el poder”.

Jake Tapper flipaba, como dicen los españoles. Miller, en cambio, tarareaba mentalmente el coro del nuevo himno imperial: All we need is oil.

Trump ya lo había advertido en campaña: puede hacer lo que quiera. “Podría disparar a la gente en la Quinta Avenida y no perdería votos”. Y la gente respondió: “por ese es por el que hay que votar”. Let’s make America great again.

Lo que muchos no entendimos entonces es que hacer América grande de nuevo significaba, entre otras cosas, inventarse carteles criminales, convertir humildes pescadores en narcotraficantes, bombardear ciudades y secuestrar presidentes.

Nicolás Maduro no le gusta a nadie. Era un dictador. Se robó las elecciones de 2024 descaradamente. Pero eran los venezolanos quienes debían tumbarlo. Y Trump les “ayudó”. ¿A quién le importa la autodeterminación de los pueblos? ¿A quién le importa cuando se puede entrar a los bombazos y llevárselo por la fuerza?

Trump tiene clara la letra de la canción: All we need is oil. Y la tiene clara porque es muy inteligente. Él mismo lo explicó en un video que circuló ampliamente: “no soy una persona estúpida, soy muy inteligente”. Lo repitió varias veces, hasta convencerse. Como también se convenció de que una prueba para detectar demencia servía para demostrar su alto coeficiente intelectual.

Con esa inteligencia y honestidad, Trump puede violar sin pudor el derecho internacional. ¿A quién le parece importante respetar principios acordados tras el horror del Holocausto? Para Trump, eso de que los Estados no deben usar la fuerza para imponer sus pretensiones territoriales, políticas o económicas es cosa de pusilánimes. Los acuerdos son para romperse. Las leyes, para violarse.

Según la Constitución y el derecho internacional, ninguna corte estadounidense debería admitir el caso de Maduro, a quien ya no juzgan como líder del Cartel de los Soles porque, ¡sorpresa!, no existe. Pero ¿a quién le importa? Siempre se puede inventar algo nuevo. All we need is oil.

Pero corrijo: no es solo petróleo lo que necesitan. Lo dijo sin tapujos Laura Richardson, general de los Estados Unidos, al referirse a América Latina: la región importa por sus recursos y minerales estratégicos; “tenemos mucho que hacer allí (…) necesitamos subir el nivel de nuestro juego”. Y en la misma frase incluyó la famosa “seguridad nacional”.

Todo lo que necesitan está en su backyard. Su patio trasero. Nos llaman así, abiertamente. Marco Rubio lo dijo: no permitirán que China o Rusia interfieran en “su” hemisferio. Como si Estados Unidos se mantuviera al margen del de ellos.

Trump, Miller, Richardson, Rubio están diciendo en voz alta lo que antes se decía en documentos clasificados: América Latina les pertenece. Y vendrán por lo que hay aquí. Por todo. La prioridad de Washington no es la democracia ni los derechos humanos. Es el control. Del petróleo, del litio, del oro, del gas, del agua, de los minerales estratégicos que alimentan sus ejércitos y sus industrias.

Nada de lo que ahora sucede es liberación. Es colonialismo puro y duro. De eso se trata hacer América grande de nuevo: de ampliar territorio, de poseer a la fuerza.

A Trump no le importa la justicia. No le importan las matanzas de civiles. No le importa la pobreza de los más débiles. Solo le importan sus intereses y los de sus aliados. Porque esto no lo hace solo. Así como The Beatles fue una banda, Trump también tiene la suya. Una banda de bandidos. Pocos, poderosos y sin compás moral. Y, como la gira en la que los Beatles lanzaron su éxito, la de Trump también parece llamarse Our World. Nuestro mundo. SU mundo.

La historia no es nueva. Los fuertes aplastan a los débiles. Los ricos someten a los pobres. Lo que cambió es que ya no se esfuerzan en disimularlo. Se acabó la hipocresía. Ahora lo dicen todo de frente. Incluso las atrocidades más apabullantes.

La invasión que pidió María Corina Machado se dio. Pero ni siquiera ella cuenta hoy con el apoyo de Trump, pese a haberle dedicado su Nobel de Paz dos veces. Dos veces patética, creyó tener un aliado. Olvidó que los gringos no tienen amigos, solo intereses.

Trump dice que manejarán Venezuela hasta que haya una transición pacífica. ¿Cuándo será eso? ¿En un año? ¿En ocho, como en Irak? ¿En veinte, como en Afganistán? ¿Cómo quedará el país cuando al fin se vayan?

Mientras tanto, quienes dicen defender la democracia aplauden que el tirano del mundo derroque al tirano local. Tal vez creen que así se salvarán de la tiranía futura.

Lo de Venezuela es grave. Pero no habrá consecuencias. El gobierno de la ley ya no existe. O tal vez nunca existió.

Hoy vivimos bajo el gobierno de las armas, de los drones, de las bombas remotas. La necropolítica nos enseñó que los poderosos deciden quién vive, quién muere y qué muertes merecen duelo.

Estamos bajo un nuevo régimen mundial. Peligroso. Fascista. Encarnado en un hombre que exhibe ignorancia, narcisismo y psicopatía. Esa es la verdadera bomba atómica. Esta extraña mezcla de Calígula y Nerón señala hoy a Venezuela, mañana a México y a Colombia, pasado mañana a Groenlandia, últimamente a Irán. Irá por todo. A la fuerza. Menos en Argentina, que no será necesario. Milei ya se la ha entregado completica.

Trump, que se siente ungido, aseguró que alguien le dijo que él era la persona más famosa del mundo. Él le contestó que no, que había alguien más famoso: Jesucristo. Se compara con el Hijo de Dios para los cristianos. Con el mismo que enseñó aquello de no matarás, no mentirás (ni falsificarás documentos o pagarás por el silencio de otros que puedan incriminarte), no cometerás actos impuros (con menores de edad, en islas de amigos), no codiciarás los bienes (ni los países) ajenos.

Lo peor es que todavía se oye a quienes lo aplauden.

John Lennon, mi Beatle favorito, fue asesinado en 1980. Lo mató un gringo. De esos que hacen América grande de nuevo. ¿A quién se le ocurre escribir una canción como Imagine?, pensará Trump. ¿A quién se le ocurre imaginar a toda la gente viviendo la vida en paz?

A un soñador.

Como los monjes budistas que hoy caminan por la paz.

Yo también me lo imagino.

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