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Álvaro García Jiménez

Cepeda no gana, los demás pierden

Las encuestas recientes de CAMBIO y de El Tiempo están siendo leídas solamente como si fueran un ranking de imagen, preferencias y popularidad entre personas. Y no lo son. Definitivamente no estamos solamente ante la fotografía de una carrera entre candidatos. Estamos ante una competencia entre modelos de país, y eso necesariamente cambia la manera de ver los resultados.

Iván Cepeda aparece con una ventaja considerable sobre los demás, no porque sea Iván Cepeda, sino porque hoy es el único que encarna sin ambigüedades el modelo político, ideológico y simbólico que ha propuesto y promovido Gustavo Petro desde el poder. Cepeda realmente no compite con los otros aspirantes en la construcción de una propuesta: heredó un electorado ya formado, fidelizado, políticamente activado y bien aceitado. No está construyendo un proyecto; simplemente está administrando una base que ya existe y que tiene profundamente grabada la impronta de Petro.

Por eso, la lectura verdaderamente reveladora de las encuestas no es que Cepeda esté primero, sino que hasta ahora no pasa del 33 por ciento. Ese porcentaje coincide casi milimétricamente con lo que ha sido ―elección tras elección y encuesta tras encuesta― el núcleo duro del petrismo: su electorado ideológico, esa hermandad de militancia emocional; un bloque compacto que parece resistir casi cualquier temblor. En los últimos datos de la candidatura de Cepeda revelados por las encuestas no hay una gran ola de crecimiento. Hay una meseta. Claramente no se ve una expansión hacia nuevos públicos. Hay estabilidad dentro de un mismo perímetro político de la izquierda petrista, alimentada por la narrativa de su jefe y el poder del Estado volcado con toda la fuerza a lograr ese objetivo.

Si usáramos un símil relacionado con los deportes, lo que nos muestran las encuestas no se parece a una carrera de atletismo entre corredores individuales. Se parece más a un partido entre un equipo que ya juega de memoria y una selección de grandes jugadores que nunca ha entrenado junta. Aunque las estrellas siempre pueden dar sorpresas en el campo, el equipo compacto casi siempre le gana al archipiélago de talentos dispersos. Cepeda representa hoy a ese equipo que ya sabe a qué juega. Los demás son una selección recién convocada ―con buenos nombres y trayectorias― que todavía no tiene sistema táctico, estrategia común y liderazgo claro.

El verdadero dato político, entonces, no es la fortaleza de Cepeda, sino la debilidad estructural de sus adversarios. La suma de todos los demás candidatos supera con amplitud ese 33 por ciento del petrismo representado por Cepeda. Pero están dispersos, atomizados, sin relato común, sin mecanismo de convergencia y sin una narrativa emocional alternativa. Hoy no existe una oposición al modelo Petro; existen muchas. Por lo tanto, no hay un solo “modelo alternativo” reconocible. Hay una colección de biografías, enfoques, lenguajes y egos políticos compitiendo entre sí por el mismo electorado.

Por eso, la lógica de esta elección se parece inquietantemente a la de 2022: un bloque compacto ―el de la izquierda _petrista_― frente a un collage de candidaturas. Cepeda no necesita crecer mucho; solo necesita que los demás sigan divididos y estar al acecho de quienes estén “mal parqueados” para traerlos a su lado. En ese escenario ―y mirando las sumas y restas― Cepeda no está ganando la elección: los otros están perdiendo la posibilidad de ganarla.

Aquí es donde entra en juego un factor que todavía no está reflejado en las encuestas, pero que puede reconfigurar completamente el tablero: la Gran Consulta por Colombia.

La experiencia reciente muestra hasta qué punto una consulta puede cambiarlo todo. Antes de la consulta de la izquierda, Iván Cepeda no pasaba del 10 por ciento en las encuestas. No era un fenómeno electoral: era un congresista que defendía el proceso de paz y el adversario de Uribe en los estrados judiciales. Era un candidato ideológicamente consistente, pero electoralmente marginal. La consulta de la izquierda no solo lo legitimó: lo catapultó. Le dio visibilidad nacional, volumen político y le otorgó una condición fundamental para avanzar: ser el heredero natural del proyecto de Petro.

Algo parecido ocurrió en el otro extremo del espectro. En diciembre, Paloma Valencia marcaba apenas el 0,4 por ciento en intención de voto. Era prácticamente invisible en el radar presidencial. Bastó con que se convirtiera en la candidata del Centro Democrático para que empezara a aparecer en el tercer y cuarto lugar en varias mediciones generales. No porque hubiera cambiado ella, sino porque cambió el marco político que la rodeaba: dejó de ser una aspirante más y pasó a encarnar y liderar un bloque reconocible e influyente.

Queda claro entonces que, en política, las consultas no solo ordenan y determinan candidaturas. Son capaces de crear reconocimiento y argumentos políticos; edifican momentos, puntos de quiebre, y producen símbolos y sensaciones de unidad. Le ponen nombre propio a una densidad política que antes no tenía y logran un objetivo determinante: transforman minorías dispersas en mayorías visibles.

Ese mismo efecto espejo podría darse el próximo 8 de marzo. No porque mágicamente aparezca un salvador, sino porque un candidato que hoy está diluido en la fragmentación puede emerger como el rostro reconocible de un modelo alternativo al de Petro. Si alguien gana la Gran Consulta por Colombia, ya no será un nombre más en la papeleta: será la locomotora de un bloque político, de una narrativa de unidad y dueño de una arquitectura mínima de poder que podría cambiar radicalmente el escenario. Veremos entonces cómo se comporta la propuesta de Abelardo: si crece o se empieza a erosionar.

Y ahí se abre la gran incógnita de esta elección: por primera vez podría aparecer otra opción tangible para ganar la Presidencia de la República. No la continuidad del modelo Petro, ni el regreso puro y simple de la indignación que representa Abelardo de la Espriella, sino un proyecto que ―si logra capitalizar la unión de sus fragmentos― puede canalizar la polarización binaria que hoy define la estructura del tablero político en Colombia.

Si eso ocurre, la lectura de las encuestas cambiará radicalmente. Porque el techo del petrismo ya está ahí, visible y estable. Lo único que falta es que el resto deje de ir separado y empiece a comportarse como un bloque político.

Las encuestas no están diciendo que el país quiera cuatro años más del modelo Petro. Están diciendo algo mucho más importante: que quienes no quieren más ese modelo todavía no saben cómo dejar de perder por cuenta de la división. Y que el verdadero partido no se juega en los nombres que hoy aparecen en la papeleta, sino en la posibilidad de armar una estructura política que se enfrente, unida, a la propuesta de la Colombia que representan Petro y Cepeda.

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