Ir al contenido principal
Álvaro García Jiménez

La codicia invisible de Maduro

Durante los últimos años –en sus discursos, en sus letanías en X y hasta en sus alocuciones televisadas–, Gustavo Petro ha acudido decenas de veces a una idea fuerza que caracteriza su pensamiento: la codicia. Para el presidente, esa es la causa buena parte de los males del mundo. La codicia está detrás –por ejemplo– de la violencia callejera, del narcotráfico, del calentamiento global, de las malas relaciones con los gremios productivos, de las decisiones del Congreso, de los desacuerdos entre naciones, de las guerras en todo el mundo, de la existecia de la guerrilla, de la desigualdad, de la opresión, de la corrupción en su propio Gobierno e incluso de la inoperancia de sus políticas, como en el caso de la salud. Ese diagnóstico moral es claro y reiterado.

Pero hay una codicia de la que Petro no habla y que –como muchos de quienes comparten su ideología– simplemente decide ignorar: la codicia del poder cuando se pone la máscara del socialismo.

La asombrosa historia de la captura de Maduro en su propia casa y las imágenes del dictador y su esposa vestidos de presidiarios marcarán la historia del siglo XXI, sin duda. Pero los datos preliminares sobre la fortuna que amasó Maduro mientras humillaba y escupía a su propio pueblo también harán parte de ese relato de vergüenza y abusos.

El caso de Nicolás Maduro es de antología, incluso dentro de la colección de los dictadores latinoamericabnos que no han disimulado su debilidad por el dinero mal habido. El diario Clarín publicó una nota impactante: Organizaciones internacionales y agencias de seguridad estiman que Maduro acumuló una fortuna cercana a 3.800 millones de dólares mientras gobernaba uno de los países más empobrecidos del continente. Mansiones en Miami, en las zonas de Coral Gables y Sunny Isles Beach; villas en República Dominicana; aviones privados (entre ellos un Dassault Falcon 900EX confiscado); relojes de lujo (Rolex y Patek Phillipe); autos de alta gama (flota de nueve autos incluidos Rolls Royce y Lamborgini), lingotes de oro, cuentas en paraísos fiscales y bancos aeuropeos. No es propaganda contra “el gobierno del pueblo”: es el dato de ese patrimonio rastreado, bloqueado y en parte ya confiscado por las autoridades. Esa es la fotografía de un socialismo que terminó saqueando a un pueblo pobre para enriquecer obscenamente a su cúpula dirigente durante casi un cuarto de siglo.

La paradoja es tan grande como los hermosos cerros que circundan a Caracas: quienes llegaron dizque a combatir la codicia del capitalismo, construyeron una élite política-militar, aún más corrupta y codiciosa, protegida por el Estado, militares indignos, una justicia domesticada, la retórica revolucionaria y el silencio cómplice de sus aliados ideológicos.

Y aquí aparece el problema colombiano. Petro no ha tenido pudor en señalar a los industriales, empresarios, periodistas y medios y banqueros y multinacionales como responsables morales del sufrimiento social por funcionar –según él– dominados por esa “codicia”. Pero frente a Maduro –aliado ideológico y referente regional del llamado “progresismo”– no hay condena ética proporcional a lo que se ve y a la indignación que debería provocar ver cómo un dictador acumula semejante riqueza mientras su pueblo escapa por millones huyéndole al hambre.

Quienes rechazan la captura del dictador Maduro hablan de soberanía, imperialismo y derecho internacional. Pero en este caso la codicia de los jefes del socialismo del siglo XXI es, por lo visto, innombrable y no aporta mucho para entender lo sucedido en Venezuela. Y no es una omisión insignificante, porque si la codicia es el mal supremo –como repite Petro– entonces debería condenarse sin importar si hace de las suyas en el mercado de capitales o en el Palacio de Miraflores. De lo contrario, estamos ante otra prueba de que hay una moral selectiva y por lo tanto ante un discurso hipócrita.

En pocos días, Petro se verá cara a cara con Donald Trump, el mismo presidente que ordenó la captura de Maduro para que responda ante la justicia por cargos de narcotráfico y corrupción. Trump, el símbolo del capitalismo salvaje según la narrativa progresista, es hoy quien impulsa el que Maduro, el líder “anti-imperialista” rinda cuentas por un ejercicio del inmoral del poder, seguramente determinado por su propia codicia. La ironía perfecta. Y Petro en el medio, atrapado por su propio silencio. El presidente que denuncia la codicia del mundo se reúne con quien capturó a su amigo ideológico por codicioso.

Este no es un debate sobre izquierda o derecha. Es un debate moral básico.
Si la codicia explica la violencia y la injusticia, entonces también explica en buena parte el desastre de Venezuela, causado por Maduro y su pandilla. Y si no se está dispuesto a decirlo, quizá el problema no sea la codicia, sino a quién le está permitido ejercerla sin que haya consecuencias.

Finalización del artículo

Comentar este artículo

Aún no hay comentarios

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscriptores

Compartir artículo en redes sociales