
Tarde en la noche, hago scroll infinito de videos de animales. Me encantan. Y, como el algoritmo no falla, me llegan más. Y más. Algunos hermosos. Otros, tremendos, como de película de terror. Los que más me han impactado son los de animales enjaulados por la industria alimentaria. Dentro de esos, los más difíciles de ver son los de gallinas.
Se ven tristes y enfermas. Sin plumas. Con heridas supurantes. Arriba de ellas, otras gallinas; abajo, aún más. Jaulas apiladas unas sobre otras. Cada gallina haciendo sus necesidades sobre las que están más abajo. Se picotean con las vecinas por estrés. Tienen las patas destruidas por las rejas. No pueden extender las alas: las jaulas son del tamaño de una hoja tamaño carta. De esas gallinas vienen los huevos que comemos cada mañana.
En un mundo en el que la vida humana parece no importar demasiado, algunos podrán pensar que detenerse en estas escenas es absurdo o irrelevante. Pero si miramos de cerca la crueldad que implican ciertos procesos para producir los alimentos que consumimos, quizá entendamos algo más profundo: la indiferencia frente a la vida y la muerte empieza cuando dejamos de cuestionar el origen de lo que ponemos en el plato.
Lo que viene no es una oda al veganismo. Yo también como huevo. Y, justamente desde la responsabilidad ética como consumidora, hago las siguientes reflexiones.
Comer huevos de gallinas enjauladas no es un accidente: es un sistema del que formamos parte, incluso cuando preferimos no mirarlo. Por supuesto, es más fácil no pensar de dónde vino el huevo del desayuno. Pero si la parte ética no convence, es clave preguntarnos no solo qué fue primero, el huevo o la gallina, sino entender que la salud que provee el primero depende directamente de la calidad de vida de la segunda.
Los videos de gallinas enjauladas me hacen recordar las descripciones que encontré hace unos años en el libro Comer animales, del periodista Jonathan Safran Foer. Leer sobre el sufrimiento de estos animales, además de las enfermedades infecciosas que pueden generar los huevos producidos en condiciones poco salubres, me resultó tan impactante que dejé de consumirlos por un tiempo. Después, como suele suceder, el impacto no derivó en un compromiso real. Como vegetariana, extrañaba el huevo como mi proteína principal. Volví a comprarlos, procurando que fueran de “gallinas libres”. Olvidé que no basta con adquirir un producto bien mercadeado, acompañado de la imagen bucólica de una gallina caminando libre sobre el pasto verde de una granja soleada.
Cada colombiano consume, en promedio, 365 huevos al año. Uno al día. Así lo determinó el año pasado la Federación Nacional de Avicultores de Colombia, una cifra que nos ubica entre los tres mayores consumidores de huevo del mundo. Lamentablemente, a pesar de que las marcas insistan en vender al consumidor imágenes de granjas y nombres que remiten a la libertad o la felicidad de las gallinas, el 40 por ciento de las aves que producen los huevos que comemos viven en sistemas de baterías toda su vida.
Consumimos huevos de manera directa o indirecta todos los días. Y con cada ponqué, con cada galleta, con cada pan de molde, con cada cubeta que llevamos sin cuestionar su origen, estamos siendo cómplices de una práctica bastante cuestionable. Porque estos huevos provienen de gallinas condenadas a vivir en condiciones de hacinamiento y a las que se les suprimen comportamientos naturales como socializar; darse baños de polvo, esenciales para su higiene; explorar y rascar el suelo; construir nidos y elegir dónde poner sus huevos; o batir las alas para regular la temperatura de su cuerpo, mantener su musculatura o expresar estados de bienestar.
Mantener a las gallinas en sistemas de jaulas de batería hace parte de un diseño orientado a maximizar la producción al menor costo posible. O eso sostienen muchos empresarios que afirman trabajar en nombre de la seguridad alimentaria. Otros, en cambio, se han atrevido a cuestionar estas prácticas y se han comprometido abiertamente con organizaciones como Sinergia Animal, Plataforma Alto y Animanaturalis, que hacen parte de la Open Wing Alliance y trabajan para poner fin a la vida miserable y cruel a la que son sometidas las gallinas en todo el mundo. Porque es cruel y miserable que un animal viva, coma, duerma y defeque, durante toda su existencia, en una jaula del tamaño de una hoja.
Varias empresas colombianas han decidido mirar de frente el confinamiento en jaulas y asumir responsabilidades claras frente al origen de los alimentos que ofrecen. Crepes & Waffles, Juan Valdez y la cadena hotelera GHL son algunos ejemplos de compañías que han adoptado medidas para transitar hacia el uso de huevos provenientes de gallinas libres de jaulas. Ese compromiso conecta con una transformación profunda.
No por casualidad, esa misma sensibilidad ética encontró eco institucional en la aprobación de la llamada Ley Empatía, sancionada en diciembre de 2025, que incorporó de manera obligatoria la educación en bienestar y protección animal en el currículum escolar nacional. La apuesta es clarísima: sembrar en los niños una conciencia que desmonte, a largo plazo, la naturalización del maltrato, para construir así una sociedad más empática y un entorno más sostenible.
Pero, además de esta ley, se necesita empatía por parte de los congresistas del país —muchos de ellos vinculados a la industria alimentaria— para generar políticas públicas que enfrenten el sistema de jaulas de batería. En algunos países de Europa, estas prácticas ya están prohibidas por una combinación de razones éticas, científicas, sanitarias y políticas. En Colombia, así como en varios países del Sur global, siguen siendo legales. Pero ya sabemos que lo legal no siempre coincide con lo ético. ¿O acaso es moralmente aceptable condenar a un animal a una vida entera de encierro y sufrimiento solo porque produce barato? ¿Y qué ocurre cuando producir barato también se traduce en salmonella, E. coli o resistencia antimicrobiana causada por el uso excesivo e indiscriminado de antibióticos en las gallinas?
La ley aún no alcanza a nombrarlo plenamente, pero la ciencia sí lo ha hecho: los animales son seres sintientes. Sienten dolor, miedo y estrés. También placer y alegría. Podemos confirmarlo quienes convivimos con perros y gatos. Lo confirman los terneros que juegan con una pelota en un potrero, el burrito bebé que se duerme en los brazos del hombre que le canta tiernamente, el cerdo que aprende a comunicarse oprimiendo botones con palabras o la zorrita a la que se le quiebra la voz cuando la mujer que la rescató le dice que la ama.
Las gallinas también sienten. Seguir sin preguntarnos de dónde viene el huevo que está en nuestro plato ya no es ignorancia: es una elección. Tal vez afinar la sensibilidad frente al maltrato animal sea el primer paso para que, algún día, nos resulte impensable maltratar, torturar o matar a un ser humano.
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