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Álvaro García Jiménez

Jaguares, tambores y enseñanzas desde el otro mundo

Nunca había estado en la Guacherna. Al carnaval de Barranquilla lo había rondado a través de actividades culturales, de periodismo, lo había escuchado y aprendido a querer durante años en la voz de Heriberto Fiorillo —mi maestro— que lo pensó y lo disfrutó como pocos. Pero nunca lo había caminado. Nunca lo había bailado. No me había entregado a las noches largas en las que Barranquilla —sin pedir permiso— se reconoce a sí misma con franqueza, ingenio, buen humor y mucha alegría.

Fui por primera vez a la Guacherna. Disfrazado. A la calle. Con una cabeza de jaguar, plumas y luces intermitentes: exagerado, casi infantil, pero hermoso y elocuente. Bajo el disfraz no era exactamente yo. O no era solo yo. Éramos muchos. Más de mil personas cubiertas, transformadas de alguna manera en animales salvajes, avanzando y gozando juntas sin importar el nombre; sin cargo y sin pasado: solo ese instante.

El disfraz produce algo raro y poderoso: una despersonalización que no aísla y que, por el contrario, iguala y une. Sí, es verdad que la conciencia individual se borra un poco, porque al mismo tiempo se empieza a hacer parte de algo más grande y fascinante. Nadie pregunta quién es quién, porque no hace falta. En la Guacherna el ritmo y la fantasía mandan; la música y el caos ponen orden y la diferencia —esa que afuera pesa tanto— no importa para nada.

Ahí entendí algo que Fiorillo repetía con terquedad luminosa: que el carnaval no es una fiesta sino una forma de estar en el mundo. “En los carnavales, el humano busca olvidar así sea por instantes aquello que lo acosa en su cotidianidad o lo que imposibilita su libertad de ser y de inventarse, disfruta escapar de la contingencia oficial, institucional y se la sacude con el baile”. Así  describió Fiorillo todo eso que no se explica; que no se ve. Se refería a algo que se atraviesa con el cuerpo y con el espíritu. Esa noche —disfrazado, sudado, empujado por la música— ese pensamiento, esas historias dejaron de ser solamente ideas y recuerdos del amigo y se volvieron una experiencia inolvidable.

GUACHERNA 2026 EN BARRANQUILLA
GUACHERNA 2026 EN BARRANQUILLA

En todo el tiempo el público nos animó, nos aplaudió, pero dejó en claro su percepción del fútbol: Junior tu papá, lo demás vale mondá. Y un grito-reclamo permanente: ¡Baila, cachaco! Todo bien, aunque no sé cómo supieron que muchos de los jaguares éramos del interior.

Y en el final del desfile, cuando la música ya no venía de un punto sino de todos y nos envolvía con fuerza y nitidez, cuando la noche se hacía más espesa entre vapores de licor y humo de pincho callejero, cuando el cansancio dejaba de importar, sentí una certeza íntima y física. No una metáfora. Una sensación real: como si alguien —que estaba y no estaba— participaba de lo que estaba sucediendo. Como si Heriberto estuviera ahí —como uno de los seres intangibles que habitan el carnaval— no diciendo nada, solo llevándome de la mano hacia ese lugar al que siempre me había invitado y que yo, por distancia, pereza o pudor, había postergado vivir.

Eso fue lo que Fiorillo entendió antes que muchos: que el carnaval no es folklore congelado ni una postal turística, sino un acto profundo de afirmación cultural colectiva e individual. Hablaba de una “transgresión autorizada”, una forma de resistencia alegre frente a la rutina, la desigualdad, la rigidez del mundo serio y los errores y abusos del poder. Un espacio donde Barranquilla se permite ser otra sin dejar de ser ella misma, y de paso decir y hacer las cosas que están pendientes para todos.

Durante años me habló de eso: del disfraz como una forma de lenguaje, de la música como memoria y batería inagotable de ideas y experiencias y del cuerpo como repositorio vivo de toda esa energía. Me habló del carnaval —a veces en serio, a veces mamando gallo— como una pedagogía emocional que no pasa por la escuela ni por los libros, sino por la experiencia real, lo que se vive: una condición necesaria para el ejercicio del buen periodismo. Yo escuché. Tomé nota. Escribí y por eso tomé el camino de la crónica. Pero hasta ahora —hablando del carnaval— no había entrado del todo en ese mundo de significados escritos en el asfalto.

Esa noche comprendí por qué insistía tanto. Porque el carnaval no admite intermediarios; no es posible acercarse a él solamente a punta de relatos o de artículos. Se hereda por contacto, por contagio. Y quizá por eso, cuando uno entra tarde —como yo—, la experiencia tiene algo de ajuste de cuentas íntimo: la sensación de estar llegando a un lugar al que siempre se perteneció, sin saberlo.

Por eso Heriberto escribía acerca del carnaval con convicción, nunca con nostalgia. No estaba mirando hacia atrás, estaba señalando algo esencial del presente. Algo que sigue ahí, esperando a que uno se atreva a vivirlo. El carnaval como recordatorio de que la cultura no es un lujo ornamental, ni materia de libros extensos y aburridos; ni el insumo para la letanía de politiqueros charlatanes. Es nada menos que la estructura profunda de lo que somos. Y todo esto tiene que ver con un ejercicio real no solo de la vida misma, sino de la política, de la crítica y en últimas de la salud de la democracia.

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GUACHERNA 2026 EN BARRANQUILLA

Hoy, con el cuerpo todavía cansado y con los tambores resonando aun en mi cabeza, entiendo mejor su legado. No solo como escritor, reportero o cineasta, sino como portador de una verdad clave para el periodismo en particular: que hay cosas fundamentales que no se comprenden desde la distancia o los escritorios. Que hay saberes que exigen visitar la calle. Lección aprendida. Y otra certeza: hay maestros tan importantes que nos siguen enseñando, incluso después de haber dejado este mundo.

Post Data: Gracias a mi esposa María Alejandra por acompañarme con su alegría, por animarme a dar los pasos pendientes; a Claudia Muñoz por las hermosas historias de la Guacherna y, claro, por el afecto de siempre. Y felicitaciones a la Fundación Santo Domingo por fortalecer la cultura del Caribe y de Colombia.

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