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Álvaro García Jiménez
Puntos de vista

Los fantasmas que alcanzaron al jardinerito de Fusagasugá

Cuando Lucho Herrera demostró en las carreteras de Europa que era uno de los mejores escaladores del mundo, yo era un joven reportero cubriendo deportes. En uno de esos primeros trabajos tuve la oportunidad de visitarlo en Fusagasugá. Vivía con su familia en una casa humilde, de lindos rasgoscampesinos; rodeada de un verde tupido y profundo, de animales caseros y de una sencillez discreta y afectuosa. Una vida muy lejana de la épica y las luminarias que había encendido con sus poderosos pedalazos en los Alpes y los Pirineos. Recuerdo que la conversación fue difícil al principio: silencios largos, respuestas cortas, casi siempre monosílabos. Herrera era tímido; parecía sentirse incómodo con la palabra, aunque era generoso al compartir sus impresiones sobre la vida y el deporte.

Esa imagen quedó grabada en mis recuerdos de reportero para siempre. Al fin y al cabo,para millones de colombianos, Herrera fue al mismo tiempo orgullo y símbolo: un hombre solo subiendo montañas en silencio profundo y desafiante -dejando atrás a los mejores del mundo- devolviéndonos algo de fe mientrasabajo, el país se desangraba en las calles y en las montañas. El ciclismo era una forma de escapatoria. Una ilusión de pureza; era eltriunfo de todos, sin armas.

Por eso su nombre no es cualquier nombre. Para una generación entera, Herrera no fue solo un campeón: fue un paradigma moral de lucha y superación: la demostración incontrovertible de que el mérito individual podía abrirse paso incluso en el más difícil de los escenarios. El “Jardinerito de Fusagasugá” encarnó una historiaesperanzadora, la del hombre humilde que conquista Europa sin deberle nada a nadie.

Hoy ese recuerdo heroico e inspirador transita por el borde de una grieta profunda, incómoda y dolorosa. La Fiscalía adelanta una investigación en la que Herrera aparece señalado como presunto partícipe en una conspiración con estructuras paramilitares para asesinar a varias personas. Todavía no hay fallo ni condena. Hay una investigación en curso por cuenta de versiones que deberán ser probadas o descartadas por la justicia. Y eso hay que decirlo con claridad.

Sería un error —un error grave— convertir este episodio en un juicio anticipado o en una cacería de ídolos. El valor del caso no está en el veredicto, que corresponde a los jueces, sino en lo que nos obliga a mirar nuevamente como sociedad. Porque lo que se desvanecería aquí no es solo la imagen de un campeón querido por todos, sino una de las pocas historias que nos contamos como paíspara creer que     -al menos en algo- habíamos salido ilesos. 

Durante décadas, Colombia fue un país donde el éxito rara vez fue neutro. Prosperar, destacarse, implicaba moverse en geografías controladas por mafias y actores armados; negociar silencios, aceptar protecciones, convivir con poderes de facto. Eso le pasó a empresarios, a políticos, a comerciantes. Y también, aunque durante mucho tiempo no quisimos verlo, a los deportistas.

Algunos fueron víctimas directas de esa violencia. El caso más doloroso sigue siendo el de Andrés Escobar, asesinado tras el Mundial de 1994 por delincuentes incapacesde separar el juego de la violencia. En el ciclismo, la historia de Alfonso Flórez Ortiz, campeón del Tour de l’Avenir, acribillado en Medellín en 1992, nos recordó que la fama no protege, sino que a veces se convierte en una terrible amenaza. 

Otros deportistas quedaron atrapados en zonas grises. El caso de René Higuita, es paradigmático. En 1993 estuvo preso por intermediar en un secuestro vinculado al Cartel de Medellín. No fue condenado por narcotráfico, pero su historia quedó marcada por la cercanía con un poder criminal. Higuita no fue un capo; fue un ídolo usado —y usándose— en un ecosistema donde la ilegalidad imponía sus propias reglas y códigos. 

Algo similar ocurrió con Freddy Rincón. Investigado en Brasil, detenido y luego absuelto, terminó cargando una sombra que la justicia no confirmó, pero que tampoco desapareció del todo. Murió años después en un accidente de tránsito, con su nombretocado aún por esa ambigüedad tan colombiana, donde el rumor suele ser más visible que la verdad judicial.

Y están los casos en los que la actividad al margen de la ley se impuso sin margen de dudas. Felipe Pérez, exfutbolista de la inolvidable selección juvenil del 85, fue detenido por porte ilegal de armas y vínculos con estructuras criminales; pasó por la cárcel y poco después fue asesinado.

Hubo más historias sin zonas grises. Deportistas que terminaron plenamente integrados a estructuras criminales y fueron condenados por ello. El caso de Jhon Viáfara, campeón de la Copa Libertadores con Once Caldas extraditado a Estados Unidos y condenado por narcotráfico, es claro. Ahí no hay dudas o dilemas; hay una responsabilidad penal individual, probada judicialmente.

El patrón es evidente. Varias generaciones del deporte colombiano no lograron vivir en una burbuja; se desarrollaron durante los años más violentos del país, cuando el dinero ilegal, la lógica del crimen y las armas dictaban buena parte de las reglas del juego. No sobra recordar que los grandes capos del narcotráfico colombiano de los 80 compraron y administraron los equipos de fútbol más importantes del país. Pensar que parte del deporte creció al margen de los poderes ilegales es ingenuo.

Nada de esto implica que todos los deportistas hayan sido culpables, tampocoque el contexto excuse posibles delitoscometidos por esos ídolos. La responsabilidad penal es siempre individual. El contexto explica – sin justificar- ciertos caminos recorridos por algunos de ellos, pero no borra la implicación de las decisiones que algunos de ellos tomaron. Separar y entenderesas responsabilidades es fundamental para no banalizar el delito, dependiendo de quien lo cometa.

Pero tampoco corresponde sostener el mito de la pureza intacta. Creer que el deporte estuvo al margen del conflicto armado es una forma de negación colectiva. El deporte fue atravesado por la misma violencia que tocó casi todo: a veces como víctima, a veces como rehén, a veces como espacio de convivencia forzada o complaciente con el poder ilegal.

Por eso este caso de Lucho Herrera es tan incómodo, tan irritante. No porque ya sepamos lo que pasó —no lo sabemos—, sino porque obliga a revisar de nuevo esas historias, a vecesa separarlas del corazón. A aceptar que veíamos a nuestros héroes másqueridos andando rápido en las carreteras,pero no siempre supimos lo que pasaba al borde del camino.

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