
El año pasado, cuando llegamos a tener 102 precandidatos presidenciales, tuve una idea. Si tantos y tantas, de diferentes pelajes, se creían capaces de dirigir los destinos de un país, yo podía inventar que Ono, mi perro adoptado, también estaba en capacidad de ser candidato.
¿Cómo construiría su candidatura?
Fácil.
Diría que se identifica como humano.
Que, por su pelaje entre negro y rojizo, se reconoce como mestizo.
Que viene de abajo, porque antes de adoptarlo fue el perro de un habitante de calle.
Que fue desplazado cuando otro perro lo sacó del cambuche.
Que no obedece órdenes porque jamás recibió educación.
Y que, ya en mi casa, hizo todos los méritos posibles para ganarse su espacio.
Ono sería humano, mestizo, pobre, analfabeto y desplazado, pero meritocrático.
Un candidato perfecto con el que podría identificarse una parte importante de los colombianos.
Alcancé a diseñar un afiche cuyo lema decía: “Ono al Trono”.
¿Por qué al trono?
Porque Ono no cree en la democracia. Él sabe que lo que hoy vivimos se parece más al reinado de la estupidez. En el país y en el mundo.
Empecemos por el mundo.
Más de 700 millones de personas padecen hambre crónica, al tiempo que gastamos billones de dólares alimentando vacas, cerdos y gallinas para el consumo de quienes pueden pagarlo. Somos estúpidos indolentes.
Discutimos durante semanas teorías conspirativas mientras crisis humanitarias reales —como las de Siria, Sudán, Somalia y Yemen, entre otras— apenas logran hacer parte de la agenda. Somos estúpidos sin empatía.
El gasto militar mundial supera los 2 billones de dólares al año, mientras hospitales públicos carecen de insumos esenciales para prestar sus servicios. Somos estúpidos irresponsables.
El divorcio de un famoso genera picos mundiales de atención, mientras que ni nos enteramos de la muerte de niños por causas fácilmente prevenibles. Somos estúpidos inhumanos.
Vamos ahora con la estupidez nacional.
¿No es de idiotas serviles que candidatos de centro —como Vicky Dávila, Enrique Peñalosa, Paloma Valencia y Juan Manuel Galán— nieguen en pleno debate el genocidio en Gaza?
¿No es inverosímil que en Colombia existan más líneas de celulares que hogares con alcantarillado?
¿No es una reverenda estupidez que Abelardo de la Espriella —que se enorgullece de ser abogado— haya montado 109 tutelas y demandas entre 2008 y 2019 (según la FLIP) contra los periodistas que lo cuestionan o lo critican?
¿No es de idiotas que subsidiemos con miles de millones a los industriales más ricos, mientras que tantos jóvenes deben endeudarse para acceder a la educación superior?
¿No es un insulto a la inteligencia —además de un acto antidemocrático— que el Pacto Histórico amenace con sanciones a los integrantes del partido que promuevan o participen en la consulta de los candidatos de la izquierda?
¿No es paradójico que en Colombia seamos líderes en cirugía plástica y no en programas de salud mental para atender las enfermedades psiquiátricas producidas por la violencia?
¿No dice mucho que tantos se indignen por el aumento del salario mínimo, pero que no cuestionemos con el mismo enfado que los banqueros nos cobren cada ínfimo movimiento de nuestro dinero?
Vivimos en el reino de la estupidez.
Tragamos información sin digerirla ni cuestionarla.
Seguimos candidatos corruptos que prometen transparencia.
Permitimos que el algoritmo decida qué merece nuestra indignación, nuestra atención, nuestro tiempo.
Somos rebaños que arrastran en buses a eventos políticos. Eventos donde los candidatos nos tratan como manadas sin criterio. Se aprovechan de las características que encarna mi perro Ono, el mestizo: alguien apenas humano, pobre, analfabeta, víctima. Esos políticos nunca cumplen lo que prometen, porque en realidad no quieren que el pueblo deje de ser eso: pobre, analfabeto, víctima.
Cuando le comenté la idea de la candidatura de Ono a algunos familiares y amigos, me dijeron que no lo hiciera. Ni en chiste. Podría ser muy mal recibido. Lo consideraron políticamente incorrecto.
Hoy, que las redes sociales están tapizadas con los famosos therians, creo que cometí un grave error al seguir el consejo que me dieron. Si hay personas que se identifican con animales, ¿por qué no animales que se identifican como personas?
He debido seguir adelante con la campaña de Ono al Trono. Estoy segura de que, en el reino de la estupidez, estaríamos punteando en las encuestas.
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