
Hace una semana, el conductor de un camión de acarreos atropelló a mi perro justo enfrente de mi casa. Le partió la cadera y la columna. Su pronóstico es reservado.
Tomé la foto del responsable y la placa del vehículo.
Antes de que pudiera poner la denuncia, varias personas me hicieron una advertencia. Me aconsejaron que lo pensara mejor. El hombre vive en el barrio y hace parte de una familia conocida por integrar una banda.
—Son de cuidado —me dijeron.
No lo he denunciado. Además de la tristeza por mi perro, ahora tengo miedo.
Dos días después del accidente, también frente a mi casa, asesinaron a un niño de 15 años. El victimario, según dicen, tiene la misma edad. Aparentemente pertenecen a dos bandas rivales de la zona.
La pelea fue la conclusión de una riña entre dos chicas, animada por un grupo numeroso de muchachos. No es la primera vez que este tipo de enfrentamientos ocurre en mi cuadra. Hace un par de meses, mi esposo y yo intentamos intervenir ante el nivel de violencia de una de estas peleas. El grupo nos insultó por meternos en lo que no nos importaba. Una niña de no más de 13 años caminó desafiante hacia mi esposo, lo retó, le echó la madre y lo amenazó.
Entramos a la casa debatiéndonos entre la impotencia y el nerviosismo por lo que podría pasar. Y lo que más temíamos pasó.
El chico asesinado estudiaba en el colegio público que queda detrás de mi casa. A la salida del plantel ponen algunos policías bachilleres, que permanecen con los ojos pegados al celular. Ni se enteran de los robos y agresiones que ocurren frente a ellos. O tal vez no intervienen porque también sienten miedo.
Estas escenas, y otras igualmente graves, ocurren todos los días en Colombia.
Personas desaparecidas por bandas que todo el mundo conoce, pero que nadie denuncia por miedo.
Reclutamiento de niños, a plena luz del día, frente a los ojos de todos, que nadie intenta detener por miedo.
Robo de tierras a personas vulnerables por parte de poderosos dispuestos a todo por expandir sus dominios. Todos saben quiénes son. Nadie hace nada por miedo.
Abuso de mujeres, tráfico de personas, explotación de menores.
¿Cuánto de todo esto permanece oculto por miedo a denunciar?
En Colombia, el miedo no es una mera emoción. Es un mecanismo de organización social. El miedo no dice “cállate”. Dice “mejor no hables”.
La palabra miedo viene del latín metus, que se refiere al temor anticipado ante un daño posible. No especifica el cómo ni el cuándo vendrá el ataque; simplemente siembra la promesa. Y esa promesa es suficiente. No necesita consumarse para funcionar.
Ante el miedo, preferimos callar. Administramos nuestro silencio, como señala Hannah Arendt. Y eso, como también lo advirtió Michel Foucault, demuestra que el poder más eficaz no es el que vigila desde afuera, sino el que lo hace desde adentro.
En una sociedad violenta como la nuestra, callar empieza a ser visto como sinónimo de sensatez y prudencia. Puro instinto de autoconservación.
El miedo reduce el lenguaje, lo encoge, lo coarta.
Por eso es tan eficaz.
Por eso nos roban y no denunciamos.
Por eso extorsionan y el consejo es “comer callado”.
Por eso desaparecen personas y se habla en voz baja.
Por eso observamos la corrupción y preferimos el silencio.
Por eso nos abusan, nos matan, nos pasan por encima y no decimos nada.
Después, nos autoconsolamos pensando que nada va a cambiar si hablamos. O que podemos vivir aceptando la desgracia.
Nos decimos que el ser querido no volverá a la vida si hablamos.
El dinero o la tierra no se recuperarán si denunciamos.
El perro no volverá a caminar si agarran al conductor irresponsable.
En el reino del miedo, el lenguaje no protege a la víctima, sino al victimario.
En el reino del miedo hay dos bandos: el que lo ejerce y otro, mucho más numeroso, el que lo sufre.
Sentir miedo no es cobardía. Pero resistirse a él sí exige valentía.
Yo no he sido valiente. Y esa constatación, dolorosa, me ayuda a entender a millones de colombianos que enfrentan tragedias mucho mayores que la mía y eligen callar para sentirse a salvo.
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