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Federico Díaz Granados

Cuba en el corazón

Vivimos un tiempo de distopía, confuso, incierto e impredecible. Parece que la historia se derrumba como aquellos edificios que se desploman o los monumentos fatigados o que derriban los días que corren. Para los que nos formamos alrededor de la cultura cubana escuchando canciones de la nueva trova, bailando sones, guarachas y cha cha chás y leyendo a poetas y escritores cubanos no ha sido fácil, como dice la canción de Pablo Milanés, ver el triste desenlace de su revolución. Sea cual sea el resultado, en estos momentos será un resultado triste, que dejará abiertas las heridas de siempre y que culminará entre el asedio y el agobio de una población que nada tiene que ver con las confrontaciones ideológicas, políticas y militares de sus líderes. 

Lo dijo Barack Obama cuando restableció relaciones con Cuba el 17 de diciembre de 2014. “Hoy, Cuba todavía está bajo el Gobierno de los Castro y el partido comunista que tomó el poder hace medio siglo. Esta política rígida no sirve bien ni al pueblo estadounidense ni al pueblo cubano y se origina en eventos que ocurrieron antes de que muchos de nosotros naciéramos. Piensen que por más de 35 años hemos tenido relaciones con China, un país mucho más grande también gobernado por el partido comunista. Hace casi dos décadas, restablecimos relaciones con Vietnam, donde luchamos una guerra en la que perecieron más estadounidenses que en ninguna confrontación de la Guerra Fría. Por eso es que, cuando asumí el cargo, prometí volver a examinar nuestra política con Cuba”. Esto ocurría un año después de estrechar la mano de Raúl Castro en el funeral de Nelson Mandela y de varios meses de mensajerías secretas que incluyeron hasta El Vaticano. Todo parecía tomar un nuevo aire. Poco después se abrieron embajadas en Washington y La Habana y Obama aterrizó a bordo del Air Force One en el aeropuerto José Martí. Todo lo demás es historia. Fue una leve tregua en medio de una larga cronología de hostilidades.

Más allá de las diferencias políticas, Cuba se levantó como un monumento a la dignidad, la soberanía y la igualdad en América latina a tan solo noventa millas de su enemigo que no era otra cosa que la primera potencia militar del mundo. “No ha sido fácil”, canta Milanés, y muchas las décadas de esfuerzos y sacrificios para defender esa dignidad y soberanía a cualquier costo. Hoy la historia parece ensañarse con la “Isla infinita”. Pareciera que este monumento se resquebraja y la lenta acción del tiempo, la repetición de errores y el peso de las contradicciones no resueltas son el mejor ecosistema para que germine el discurso de odio y el afán de revancha del nuevo orden occidental. Lo que hoy vemos en la isla no es simplemente una crisis económica sino el desgaste de una narrativa que ya no logra sostenerse frente a la experiencia cotidiana de la gente.

Esta semana, en medio de la profunda asfixia, el cantautor Silvio Rodríguez dijo estar dispuesto a empuñar un arma para defender a Cuba de una agresión. Pocos días después, en un acto solemne, el Gobierno en cabeza del presidente le entregó un fusil AKM CNC con el número 432572 a nombre de Silvio Rodríguez Domínguez. Para muchos, este evento podrá ser una locura, para otros un acto inútil y para tantos otros un acto cargado de simbolismo. Surge nuevamente la pregunta sobre el papel del artista en medio de una guerra o de un conflicto. No necesariamente debería ser la de cantar sobre los escombros o de escribir en las trincheras. Alguien que amplifica su voz gracias a sus canciones tiene también el arma de la palabra y de su estatura moral. Lo dice su emblemática canción El necio: “Yo no sé lo que es el destino /Caminando fui lo que fui / Allá Dios, que será divino / Yo me muero como viví”. Le correspondía a Silvio, en medio de la derrota, asumir esta voz cuando pareciera que el pueblo ya no escucha a sus líderes. “Una cosa distinta era con Fidel” repiten en voz baja en sus calles en medio de los apagones. Silvio canta y sus canciones se repiten en una casa sin luz en Centro Habana, Guanabacoa, San Antonio de los Baños o Santa Clara. Alguien canta esas letras como plegarias en el fin del mundo o de la historia. Y en esas canciones, en medio de la asfixia y el asedio, Cuba vuelve a existir porque son el archivo y la memoria más resistente de aquella utopía. Allí están, entre la ternura y la herida, el amor, las convicciones y el testimonio de una época que parece terminar. 

En los días de Angola, a bordo del barco pesquero Playa Girón, Silvio pasaba los días de servicio militar acompañado de su guitarra. Allí escribió algunas de sus más emblemáticas canciones. La guitarra del joven soldado culmina diciendo: “La guitarra del joven soldado / es la celosa amante / que lo ha de seguir / en la dicha y también en el llanto / pero siempre ayudando a vivir. / La guitarra del joven soldado /es su mejor fusil”. En eso estoy de acuerdo y siempre será su mejor arma para defender una idea o una dignidad. Pero los tiempos que corren parecen ser adversos a la poesía (de alguna forma todos los tiempos han sido contrarios y sin embargo han sido fértiles para el nacimiento de poemas y canciones que han sobrevivido a muchas generaciones). Silvio ha decidido tomar un arma de verdad. Ojalá no la tenga que disparar nunca, pero su acto es el símbolo del rostro más visible de su cultura en estos instantes. Su persistencia e insistencia en los momentos más frágiles permiten que toda una isla hable, una vez más, la lengua de sus canciones.

El bloqueo ha sido la más cruel forma de asfixia prolongada. Más de seis décadas de este asedio que ha agravado la crisis y sus canciones han sobrevivido. Hace treinta años era el Periodo Especial como consecuencia de la caída del Muro de Berlín, la desintegración de la Unión Soviética y el endurecimiento del bloqueo con la ley Helm-Burton. Tres décadas después, la nueva generación tiene otro carácter y otra sensibilidad. Los líderes ya no son los mismos y el orden mundial tampoco. Cuba se asfixia y un poeta se convierte en el símbolo solitario de la resistencia. “Yo me muero como viví”, en su trinchera, con su fusil y su guitarra. Y los ojos del mundo ya no miran a Cuba como la miraban hace apenas unos años. Por eso estoy convencido que debemos volver a mirar a Cuba con solidaridad, esa que no niega la complejidad y las contradicciones, ni que simplifica el dolor y exalta la escasez. Es la solidaridad del afecto con la patria del Benny Moré, el Trío Matamoros, la Sonora Matancera, Alejo Carpentier, Dulce María Loynaz, Fina García Marruz, José Lezama Lima y Nicolás Guillen. Nuestra solidaridad empieza por volver a mirar desde el afecto y la fraternidad a la mayor de las Antillas.

Y Silvio, ‘El necio’, ojalá no tenga que disparar el fusil, sino que con la guitarra de joven soldado pueda seguir cantando las canciones que cohesionaron a varias generaciones. Esas letras que hoy más que nunca se convierten en pequeños himnos y consignas de una patria que se resquebraja y que siguen latiendo como actos de resistencia en una casa, una calle oscura, o en medio del silencio de una incertidumbre y en la memoria de los que no están. Y mientras alguien, en cualquier lugar del mundo, siga cantando esas canciones como si fueran una patria portátil, la isla no habrá caído del todo ni habrá puesto punto final a su relato. Así, una vez más, el poeta seguirá siendo la voz de la tribu.

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