
Hay cifras que desconciertan no porque sean falsas, sino porque contradicen lo que creemos entender del mundo. Las encuestas más recientes dicen que la aprobación presidencial ronda el 50 por ciento, es decir que la mitad del país aprueba el desempeño de Gustavo Petro. El dato en sí mismo no tendría nada de extraordinario; lo llamativo es el paisaje de cifras en el que ese dato aparece.
Veamos solamente lo sucedido en las últimas semanas: el sistema de salud atraviesa una crisis terrible: un niño muere esperando un medicamento de la EPS que controla el Gobierno, mientras el ministro y el presidente culpan a la madre. Una señora fallece en un centro de salud —prácticamente ante las cámaras— mientras reclamaba atención para ella y su familia. La inseguridad campea en buena parte del país: los grupos armados se fortalecen y vuelven a presentarse como actores con capacidad de amenazar el proceso electoral. Colombia rompe records históricos de cultivos ilegales, producción y exportación de cocaína. La economía no está en su mejor momento: desmejoró la calificación de la deuda colombiana por cuenta del deterioro de las finanzas públicas y la dificultad para controlar el gasto. En el frente fiscal, los números hablan con una elocuencia que no depende de la ideología: el déficit del Gobierno central saltó de 4,2 por ciento del PIB a 6,7 por ciento en apenas un año; la deuda pública llega casi al 65 por ciento del PIB, rompiendo barreras que no se tocaron, incluso, durante la pandemia. La balanza comercial es la peor en décadas. Ecopetrol pierde valor año a año. Las relaciones internacionales no van bien: basta mirar hacia Ecuador. Colombia, descertificada y el presidente en la lista Clinton. Son datos, no opiniones. Y aun así, la aprobación de Petro sube.
Y la respuesta a esta aparente contradicción no está en la metodología de las encuestas. Durante mucho tiempo creímos que la política funcionaba como una ecuación, como una fórmula matemática: si los indicadores mejoraban, el gobierno se fortalecía; si empeoraban, se debilitaba. Pero ese mundo empezó a desaparecer para darle paso a otro, lejano de los datos reales como sustento, pero no por eso menos real.
El filósofo Byung-Chul Han lo explica con una claridad —incómoda y a veces irritante— en Psicopolitica: el poder contemporáneo ya no se sostiene principalmente en hechos de gobierno, sino en percepciones. La fuerza del Gobierno no pretende imponerse políticamente con realidades constatables, sino que prefiere transitar por un camino muy distinto: la seducción de un sector de la población. Este modelo no gobierna mostrando resultados y realidades, sino interpretando todo emocionalmente. Cuando se entiende eso, la paradoja expresada en el choque realidad vs encuestas empieza a verse un poco más claramente, y deja de ser un misterio.
Uno de los factores que parece haber influido de manera más importante en la imagen de Petro es el aumento del salario mínimo. Desde la perspectiva técnica, economistas serios —que incluso hicieron parte de este Gobierno— advierten riesgos previsibles: presiones inflacionarias, costos laborales, impactos en empleo formal. Pero desde el plano simbólico —la cancha donde le gusta jugar al Gobierno— el gesto comunica y significa otra cosa muy distinta: reivindicación inmediata para los que ganan menos. La economía observa el impacto de la decisión de aumentar un 23,7 por ciento el salario mínimo desde el balcón del mediano plazo, pero la emoción se vive en el presente, en la calle, justo en la víspera de las elecciones.
El populismo eficaz —si se quiere usar el término con rigor semántico y no como insulto de bolsillo— entiende claramente esa diferencia y por eso no tiene problema en correr la línea ética y patear para adelante el efecto negativo de sus decisiones. Funciona así: no hay que convencer con modelos econométricos sólidos y responsables; es mejor conectar con sensaciones. Este tipo de gobierno prefiere poner por delante un sentido moral, en vez de la solidez o la estabilidad técnica. Y en sociedades con historias largas de desigualdad —como la colombiana— esa promesa tiene una potencia narrativa difícil de contrarrestar.
Hay otro factor que suele desconcertar al observador tradicional con respecto al jucio sobre Petro: su estilo. Durante décadas existió un molde de autoridad. El presidente de la República representaba sobriedad verbal, compostura pública, disciplina en el discurso, consideración en el uso de palabras o argumentos y cierta distancia institucional. Ese modelo respondía a una época en la que la política correcta era construida por una especie de rito pre-establecido, prácticamente era incuestionable.
Hoy el ecosistema es otro. En En el enjambre, Han describe cómo la conversación pública digital transformó la conversación colectiva en un flujo de emociones en tiempo real. En ese entorno, la autoridad no depende tanto de la seriedad o de la solemnidad, como de la autenticidad que se percibe. Un líder puede mostrarse impulsivo, errático, vulgar, contradictorio o poco convencional sin que eso erosione necesariamente ese vínculo con quienes se identifican con él. A veces ocurre lo contrario: esas anomalías frente a la imagen tradicional, refuerzan la sensación de cercanía.
Lo que antes se veía como algo impropio (que el presidente, por ejemplo, se exhiba con diferentes parejas diferentes a su esposa) hoy puede leerse como franqueza. Lo que antes restaba legitimidad (atacar a las instituciones, amenazarlas o desconocerlas) hoy puede sumar puntos de identificación con una causa. No es solamente que hayan cambiado los líderes: evidentemente, Petro no se parece a Alberto Lleras Camargo. Lo que cambió radicalmente fue el público.
El probema podría estar en que seguimos analizando la política con categorías de un mundo que ya no existe. Creemos que los ciudadanos votan y premian los balances macroeconómicos cuando, en realidad, se sienten más a gusto con una carreta, con un relato. Pensamos que hoy en día la aprobación mide el desempeño de un presidente y su equipo, cuando —evidentemente— cada vez mide más identificación con unas ideas. Entonces, hay medio país que ve las cosas de una manera muy diferente a la otra mitad: alguien que mira el déficit ve un grave problema fiscal, otro ve las consecuencias aceptables de militar en una causa justa. Quienes observan la crisis de inseguridad ven un deterioro evidente; otros ven la narrativa de una política histórica que no se había dado nunca de esa manera. Unos ven un sistema de salud que deja morir de manera indolente a los ciudadanos, mientras otros lo ven como el precio que hay que pagar para transitar a un modelo donde los ricos no se queden con la plata de la gente (recordar el infame “los ricos también lloran”, del ministro de Salud).
Entonces aparece el peligro ineludible para el futuro: nada de esto significa que los datos sobre el desempeño del Gobierno no tengan importancia. Van a importar porque aparecerán después. Es inevitable. La política contemporánea funciona con una lógica de diferimiento, como las tarjetas de crédito: primero la emoción, luego la contabilidad. Tarde o temprano la cuenta de cobro vendrá para todos.
Ahí está la paradoja que muestran las encuestas: un liderazgo puede ganar respaldo mientras las estructuras del Estado y la democracia se resquebrajan. Y ese es precisamente el gran reto de la oposición. Y queda muy poco tiempo.
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