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Álvaro García Jiménez

La decisión política de Juan Daniel Oviedo: El camino más difícil, el más coherente

En medio del tremendo impacto que ha tenido el anuncio de la fórmula presidencial Paloma-Juan Daniel, en  las últimas horas han aparecido críticas que acusan a Oviedo de haber renunciado a sus principios por aceptar ser el candidato a vicepresidente de Paloma Valencia. La acusación suena fuerte, pero parte de una lectura equivocada de lo que realmente está ocurriendo.

Porque, vista con un poco más de perspectiva, la decisión de Oviedo hay que interpretarla de otra manera: no como una renuncia a sus convicciones, sino como un paso difícil para llevarlas a un terreno más exigente.

Oviedo podía haber escogido un camino más cómodo y previsible. Su perfil técnico, su reconocimiento público, su trayectoria reciente  y la gran votación que obtuvo en la Gran Consulta le abrían una ruta muy clara hacia una eventual candidatura propia a la alcaldía de Bogotá. Era un camino natural y políticamente razonable.

Optó, en cambio, por algo más complejo: participar en una alianza política amplia, surgida de la Gran Consulta en la que confluyen sectores distintos de la opinión y de la sociedad colombiana. Decisiones de este tipo casi nunca son sencillas, sobre todo en una época marcada por la polarización y por la presión permanente de las redes sociales, muchas veces convertidas en hordas de matones digitales pagadas por políticos en la sombra.

A quienes han confiado en Oviedo y lo conocen —incluso a personas cercanas que hoy pueden sentir la presión artificial de esos sectores de “opinión”— vale la pena recordarles algo que la política (y la vida) suelen demostrar una y otra vez: a veces el camino más difícil es también el más coherente. Sebastián, su pareja, Doña Myriam, su mamá, así como sus amigos, deben sentirse orgullosos de él. 

Construir acuerdos entre personas que no piensan igual nunca ha sido el camino fácil. Pero en democracias maduras ese no es el terreno de la traición política o de los principios, sino lo contrario: el de la responsabilidad pública.

De hecho, la propia fórmula Valencia–Oviedo refleja ese intento de construir un espacio político más amplio. Paloma Valencia representa con claridad una tradición ideológica dentro del uribismo, mientras que Oviedo proviene de un mundo distinto: el de la tecnocracia, la gestión pública basada en datos y una trayectoria más asociada a la administración que a la militancia partidista. Los intentos por mostrarlo como un viejo militante del uribismo no obedecen a la realidad. ¿Por qué? La respuesta es simple: el inicio de su trabajo en la vida pública esá signado por su capacidad profesional, no por su rango en la militancia partidista. Su paso por el DANE lo convirtió —con suficientes razones— en una figura pública identificada con el rigor técnico y la pedagogía institucional. A eso se suma otro elemento simbólico en la política colombiana actual: Oviedo pertenece abiertamente a la comunidad LGBTIQ, algo que introduce una dimensión adicional en una alianza que, precisamente por eso, desafía las categorías políticas rígidas. Eso, sin duda, ha estremecido los cimientos de las demás campañas. Eso explica en buena parte la furia en la reacción de sus contrincantes y el afán por desacreditarlo por esa supuesta incoherencia. 

Sin embargo, para entender completamente el significado de esta decisión, también conviene mirar el contexto en el que ocurre.

Durante más de dos décadas el uribismo ha sido una de las fuerzas políticas más influyentes del país. Primero como proyecto de gobierno, durante los años en que Alvaro Uribe Vélez ocupó la Presidencia, con una agenda marcada por la seguridad democrática, la recuperación de la confianza inversionista y una importante estabilidad institucional. Siempre con niveles récord en aceptación de la opinión pública. 

Después vino una segunda etapa, marcada por la confrontación política frente al proceso de paz impulsado por el Gobierno de Juan Manuel Santos. Durante esos años, el uribismo se consolidó como una fuerza de oposición que estructuró buena parte del debate nacional.

Pero los proyectos políticos que sobreviven durante décadas casi siempre atraviesan momentos de transición. Si aspiran a perdurar y a conectar con sociedades que avanzan más rápido que los estatutos de un partido, necesitan encontrar la manera de proyectarse hacia el futuro y no quedarse indefinidamente en las batallas del pasado.

La fórmula Valencia–Oviedo parece ser, precisamente, un intento sólido de abrir una nueva etapa, sobre la base de la convergencia de diferentes. Esa pareja no fue lanzada en la convención del Centro Democrático: es el fruto de una gran votación de la Gran Consulta, donde participaron —con reglas claras y en igualdad de condiciones— liberales, conservadores, el Nuevo Liberalismo, independientes y el propio Centro Democrático. 

La historia política también enseña algo adicional: incluso los grandes proyectos de gobierno necesitan capacidad de evolución y cambio. Uribe lo expresó antes del anuncio de Oviedo como ‘vice’ de Paloma: “Es necesario entender los nuevos tiempos, escuchar con atención y respeto las ideas diferentes, sin abandonar los principios que nos guían…”.  Evidentemente, la Colombia de hoy es diferente a la de hace 20, 10 o incluso cinco años. 

No sería la primera vez que algo así ocurre en la historia política. Movimientos longevos como el peronismo en Argentina o la Concertación chilena han atravesado transformaciones para adaptarse a nuevas realidades. También hay ejemplos claros de alianzas entre mundos distintos que terminaron siendo políticamente fecundas. Cuando Luiz Inacio Lula Da Silva llegó al poder en Brasil lo hizo acompañado por su vicepresidente, el empresario José Alencar. Lula provenía del sindicalismo metalúrgico; Alencar representaba el mundo empresarial. Aquella dupla, que muchos consideraron al comienzo improbable e incompatible, terminó siendo una de las claves de estabilidad política y económica durante los primeros años de su gobierno.

Tal vez la pregunta no debería ser cuánto se parecen Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, o en qué piensan diferente, sino qué puede surgir de su convergencia. En política, las duplas más interesantes no son las que piensan exactamente igual, sino las que logran combinar miradas distintas alrededor de propósitos mayores de país. Cuando eso ocurre, la diferencia deja de ser una debilidad y se convierte en una forataleza, en una forma de complementariedad.

Si ese intento tendrá éxito o no es algo que la política colombiana apenas empieza a responder, aunque parece que está calando rápidamente en el corazón y la mente de muchos. Pero el gesto de unir en la diversidad ya tiene un significado propio. En un país fatigado por la polarización, la decisión de construir acuerdos entre mundos distintos no puede interpretarse como una traición. Debería ser valorado como un acto de valentía.

Y a veces —como suele ocurrir en la política y en la vida— el camino más difícil, como el que tomó Oviedo, termina siendo también el más coherente.

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