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Federico Díaz Granados

La nueva edad del tiempo

A propósito de una reciente entrevista al escritor italiano Erri De Luca a raíz de la publicación en español de su libro La edad experimental en colaboración con la productora Inès de la Fressange, me quedaron algunas frases dando vueltas en la cabeza: “En el último siglo, la edad promedio se duplicó. Ninguna generación antes que la mía llegó a vieja de forma tan masiva. La vejez se convirtió en mayoría. Por eso se trata de un experimento”. Si, es cierto. Las nuevas generaciones no desean tener hijos y la baja natalidad es la constante de hoy. Pero, de igual forma, pareciera que todavía no se ha redactado un contrato social que nos convoque a una ética del cuidado de los ancianos y de respetar la vejez como el refugio seguro de la memoria colectiva.  

A sus setenta y cinco años, De Luca habla de una “vejez nueva”, de una vejez experimental, distinta de la que conocieron nuestros padres y abuelos. Nos recuerda que aquella vejez anterior estaba atravesada por la resignación. Era el tiempo del retiro, del silencio y del lento repliegue hacia la sombra. La nueva vejez, en cambio, puede ser una etapa de exploración. La metáfora que propone es simple y poderosa: la vida es como atravesar un bosque cuesta arriba. Durante muchos años caminamos entre árboles densos que nos impiden ver el horizonte. Pero cuando llegamos a la cima, cuando la espesura se abre, aparece una claridad inesperada y desde allí se puede ver más lejos. La vejez, para De Luca, es precisamente ese momento en el que el horizonte se vuelve visible porque es cuando la vista se debilita aunque la mirada se profundiza. La vejez, entonces, no sería el final del camino, sino el momento en que el caminante, después de atravesar ese bosque, llega finalmente a la altura desde donde puede contemplar el paisaje completo. Y tal vez ahí esté la clave de esta nueva vejez que propone De Luca. No consiste en prolongar artificialmente la juventud ni en negar el paso del tiempo, sino en aceptar la edad como un territorio de descubrimiento. Una etapa en la que la experiencia acumulada permite mirar el mundo con una claridad distinta.

Y quizás esa sea la verdadera conquista del tiempo: llegar a viejo sin dejar de asombrarse de estar vivo. Sin embargo, hay una paradoja en nuestro tiempo. Nunca en la historia de la humanidad habíamos vivido tanto y encontrado tantas fórmulas para prolongar la juventud, pero, de igual forma, nunca habíamos sabido tan poco qué hacer con la vejez. Ahora alargamos la vida gracias a los avances científicos en la medicina y la tecnología, pero cada vez nos organizamos como sociedad para girar alrededor de la productividad y el consumo en el que las personas se miden por su capacidad de producir riqueza. 

La cultura contemporánea ha construido una forma casi instintiva de negar la vejez, quizá porque nos enfrenta con algo que preferimos olvidar y es el paso del tiempo y con él la evidencia de nuestra propia fragilidad. En el fondo, el rechazo a los viejos no es otra cosa que miedo a nosotros mismos. Tal vez la sociedad contemporánea debería recordar algo elemental y es que todos caminamos hacia ese lugar y, si el tiempo nos concede el privilegio de vivir lo suficiente, todos seremos viejos. Envejecer, entonces, no es una derrota sino el triunfo silencioso de haber sobrevivido a la vida.

Pero quizás el desafío que plantea De Luca no sea intentar seguir siendo jóvenes sino aprender a ser viejos de otra manera. Hay quienes llegan a esa edad con una serenidad distinta, sin disimular los años sino habitándolos con curiosidad. Cuando uno deja de imaginar el futuro como una obsesión y aprende a vivir el presente con mayor claridad, el tiempo adquiere otra textura. Tal vez allí resida una de las formas más hondas de la sabiduría: comprender que la vida no consiste en huir de la edad, sino en aprender a mirarla de frente, con gratitud y asombro. 

Quizás por eso la vejez debería ser vista no como una estación final. Los viejos no son el eco de un tiempo que se apaga, sino la prueba de que el tiempo puede ser habitado con dignidad. Ellos son los portadores de una memoria que no aparece en los archivos ni en las estadísticas, sino en los gestos, en las palabras y en las historias que todavía pueden contarnos. Tal vez por eso la verdadera tarea de nuestra época no sea prolongar la juventud sino aprender a honrar la vejez, comprender que en esos rostros atravesados por los años se guarda el mapa de lo que somos y de lo que seremos. Y al llegar la muerte, también lo recuerda De Luca en su poema a la madre: “Prometí quemar tu cuerpo / no dárselo a la tierra. Te daré al fuego / hermano del volcán que orientaba nuestro sueño. / Te esparciré en el aire después del aguacero, a la hora del arcoíris / que te hacía abrir grandes los ojos”.

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