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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Lo que nos dicen los clásicos

El próximo mes de junio se estrenará la película La Odisea dirigida por el gran Christopher Nolan. Ya han aparecido los primeros avances y, por supuesto, los comentarios y polémicas han nutrido las redes y medios de comunicación. El papel de Odiseo estará a cargo de Matt Damon, Anne Hathaway será Penélope y Tom Holland como Telémaco. De igual forma, Zendaya representará a Atenea y Lupita Nyong'o como Helena de Esparta. Nuestro compatriota John Leguizamo aparecerá como Eumeo, el fiel sirviente de Odiseo. Buen elenco, gran director, la mejor de las historias. Está todo servido para que salga bien. 

Volvemos a los clásicos. Siempre regresamos a ellos. Son clásicos precisamente porque han respondido nuestras eternas preguntas sobre la experiencia y el destino humano y siguen respondiendo a esas inquietudes no importa la época o la latitud. Seguimos encontrando allí muchas de las verdades y certezas que justifican nuestro paso por el mundo. Nos siguen revelando belleza. 

Releer e interpretar a los clásicos es una tarea de todas las generaciones. Adaptarlos a otros lenguajes es una necesidad de los recursos de cada tiempo. No hace mucho releí el texto La utopía de la lectura, un breve y fascinante ensayo del escritor rumano Mircea Cărtărescu. En él nos narra cómo en una mañana de otoño se sentó en su terraza con una taza de café y su gato birmano y abre La Ilíada en su teléfono móvil. ¡Por Dios! Leer a Homero en una pantalla digital es acaso un sacrilegio o una prueba más de que la literatura y la verdadera poesía de siempre han sobrevivido al paso del tiempo tal cual ocurre con cada adaptación de la épica griega al cine o a la televisión. Entonces lo que en realidad se pregunta Cărtărescu no es si los clásicos deben leerse en papel o en pantalla, sino por qué algunos libros sobreviven a los siglos mientras la mayoría desaparece antes incluso de ser escritos. El escritor rumano nos recuerda que “el edificio de la literatura se levanta sobre una montaña de escombros: miles de libros mediocres olvidados que sostienen la visibilidad de unos pocos verdaderamente necesarios”.  

Cărtărescu nos propone una metáfora luminosa y es la de la literatura como si fuera una catedral con varios niveles. En el primero están los escritores que dominan el oficio; en el segundo, los artistas que transforman el lenguaje en belleza; y en el último, el más alto e inaccesible, los autores que convierten la literatura en una forma de fe.  No es casual que en ese último nivel aparezcan nombres como Dostoievski o Kafka. En ellos, la literatura deja de ser una técnica para convertirse en una experiencia espiritual porque, además, interrogan el sentido de la existencia. Sin embargo, la experiencia lectora de hoy está, como toda actividad humana de esta época, marcada por la prisa y los afanes. Las redes nos someten a maratones de lectura. Los influencers de hoy notifican con insistencia cuántos libros leen en una semana, un mes, un año y el vértigo competitivo nos sumerge en esas nuevas ansiedades. Como si no tuviéramos suficiente con la vida diaria, la subsistencia y pagar facturas eternamente. 

De ahí que recordemos que la verdadera lectura, la profunda, la que nos transforma de verdad, requiere exactamente de todo aquello que el mundo de hoy evita y es el silencio, la lentitud, la concentración y, sobre todo, la paciencia. No estamos en una grilla de partida frente a otros lectores, sino disfrutando de unas palabras que están dispuestas para nosotros sobre una página para mostrarnos algo de nosotros mismos que desconocemos. Por eso los clásicos se quedan y permanecen para dialogar entre ellos dentro de nuestra memoria y emociones y, así, organizan nuestra forma de habitar y contemplar el mundo. Leer a los clásicos no es acumular historias sino encontrar formas de ampliar las posibilidades de la vida interior.

Cărtărescu también lanza una crítica severa a nuestro tiempo. Según él, la modernidad fue una civilización centrada en la cultura, una cultura centrada en el arte, un arte centrado en la literatura y una literatura centrada en la poesía. Hoy, en cambio, vivimos una inversión completa: una civilización sin cultura, una cultura sin arte, un arte sin literatura y una literatura sin poesía.  

Mientras haya alguien leyendo a Homero, en papel o en una pantalla digital, o dispuesto a ver la película de Christopher Nolan, algo esencial de nuestra humanidad seguirá intacto. Porque los clásicos no son textos antiguos sino son conversaciones que atraviesan los siglos para recordarnos, a través de esas voces, quiénes somos.

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