
Vi —o, para decir toda la verdad, sufrí— la película Pecadores, del director afroamericano Ryan Coogler. La vi después de que ganara varios Oscar, intentando entender por qué no le habían otorgado el premio a mejor actor a Timothée Chalamet por Marty Supreme.
Me encontré con una historia de vampiros.
Este género me resulta insoportablemente adolescente. Son cintas predecibles. No emocionan ni sorprenden. Son pretenciosas e innecesariamente largas. No saben hacia dónde se dirigen y hablan más de lo que dicen.
El director y guionista de este culebrón narra la historia de los gemelos Smoke y Stack, unos gánsteres que regresan de Chicago a su natal Mississippi con el plan de abrir una cantina. Invitan a su primo Sammie, un guitarrista excepcional e hijo de un pastor, para que debute en la inauguración. Sin embargo, unos irlandeses vampiros —que ya se han enfrentado a nativos indígenas— convierten la fiesta en una velada sangrienta y “aterradora”.
Se entiende que la esclavitud, el racismo y la colonización se presentan como una forma vampírica de sometimiento. Pero el director no solo relata ese pasado; pasa de la guitarra y la armónica a una mezcladora de DJ, e introduce con vaselina elementos de funk, cómic, gore, musical, monstruos, bailecitos, efectos especiales, sintetizadores y audífonos. Se siente como si alguien hubiera metido diez mil temas en una licuadora a toda marcha, para luego servir un coctel sangriento con trozos de vinilo que destruyen los intestinos.
Debo anotar que tengo una reacción alérgica a los musicales. Por eso, la mezcla de vampiros con musical gótico me hace sentir cerca de convertirme en un monstruo satánico sin necesidad de que me claven los colmillos. Los chistes —en especial los de la leyenda del blues Buddy Guy— no me hicieron gracia, las coreografías me recordaron los bailes escolares de fin de año y el guion me resultó más absurdo a cada segundo.
Antes de la mitad de la cinta, cuando el director ya no estaba seguro de si su protagonista era el joven predicador o sus primos gemelos, yo ansiaba que me clavaran una estaca en el pecho. Jamás comprenderé por qué Michael B. Jordan les pareció mejor actor que Timothée Chalamet, Wagner Moura o Leonardo DiCaprio.
Como todo, las películas de vampiros tienen derecho a existir. Pueden gustar a muchos así como nos disgustan a otros. Pero que Pecadores haya obtenido 16 nominaciones y 4 estatuillas en los Oscar es un camino que no logro recorrer. Para mí, verla fue como subir a Monserrate con vidrios en los zapatos sin entender qué pecado pagaba con tal penitencia. Tal vez mi mayor falta fue ver hasta el final este filme infernal.
Creo que el triunfo rotundo de esta cinta en los Oscar y otros festivales es un síntoma de nuestra época. La misma en la que Bad Bunny gana el Grammy; María Corina Machado, el Nobel de la Paz; y Melania Trump preside el Consejo de Seguridad de la ONU. Solo falta que le den el Premio Pulitzer a Paulo Coelho y que canonicen a Ratzinger por “hacer milagros” (porque pronto dirán que desaparecer expedientes de curas pedófilos lo es).
El mundo anda al revés y en Colombia tenemos pruebas. Más en la política que en las artes. Para no ir más lejos, presentan a Paloma Valencia como una candidata de centro. ¡De centro!
Ella, la misma que carga orgullosa la sombra del vampiro máximo, Álvaro Uribe Vélez.
Ella, la que no considera que lo sucedido en Gaza sea un genocidio.
Ella, la que nombra como vicepresidente a un hombre gay al que ningunea y niega en cada ocasión que se le presenta.
Ella, que propuso dividir el Cauca en dos: uno para los indígenas y otro para los “blancos” (como si en Colombia hubiera alguno).
Esa Paloma de “centro” crece en las encuestas.
Y, como en la viña del Señor todo puede pasar, podría ganar.
Cuando eso suceda, no se extrañen si ven a De la Espriella Style abriendo la Semana de la Moda de París.
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