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Mauricio Cabrera

Una economía vulnerable

Cuando se avecina una tormenta o un huracán es mejor estar preparado, tapar las goteras del techo y reforzar las ventanas, así como aprovisionarse de agua y alimentos por si se cortan los suministros. Es simple sentido común que también debería aplicarse al manejo de la economía, pero no es lo que está haciendo el Gobierno en las circunstancias actuales y las consecuencias pueden ser graves, especialmente para la población más pobre.

En efecto, el riesgo de una crisis financiera mundial es cada vez más grande y si se llega a producir nos va a coger con ‘los calzones abajo’, porque la economía colombiana no está preparada para enfrentarla. No soy de los que creen el cuento de que nos vamos a volver como Venezuela o que el Gobierno va a acabar con el sector privado, pero sí reconozco que la economía se encuentra en una situación muy vulnerable, como el paciente que está bien de salud, pero tiene muy bajas las defensas y le puede caer una infección, en parte como consecuencia de malas decisiones de política económica tomadas por el Gobierno.

La tormenta externa que se avecina

Las señales de la economía mundial son muy preocupantes y algunos analistas ya están haciendo comparaciones con la crisis financiera de 2008. Ya lo eran antes de la locura de la guerra contra Irán, que por supuesto las ha empeorado. La guerra de Ucrania, las sanciones a las exportaciones de gas y petróleo de Rusia, la errática política arancelaria de Trump, la reacción china de inundar con su producción al resto del mundo, entre otros factores, produjeron un desbarajuste del comercio internacional y una disminución del crecimiento económico, aunque no se produjo una crisis a escala planetaria.

Entonces llegó la “expedición a Irán”, como la llama Trump para evitar tener que ir al Congreso a que le apruebe la iniciación de una guerra. Esperaba que durara unos días, y ya van tres semanas y no se avizora un final cercano. Los bombardeos ordenados por Trump y Netanyahu y la inesperada respuesta de Irán han disparado los pecios del gas y del petróleo (este último a más de 100 dólares por barril) y amenazan una crisis energética peor que la de 1973 porque la destrucción de mucha infraestructura petrolera en Irán y los países del Golfo Pérsico producirá una escasez prolongada de combustibles. 

Una circunstancia que ha pasado desapercibida para muchos analistas es que, a diferencia de 1973, en esta ocasión la crisis energética se da en un contexto de fragilidad económica por la burbuja financiera y bursátil del crédito privado y las billonarias inversiones en Inteligencia Artificial (IA), que se verán afectadas por las consecuencias geopolíticas y energéticas de la guerra en Irán. Si se concretan las amenazas, se producirá un enorme sacudón en los mercados de capitales internacionales, que puede ser similar al del año 2008.

Lo que se denomina “crédito privado” es la sustitución de los tradicionales prestamistas —los bancos comerciales— por inversionistas institucionales como los fondos de inversión que canalizan recursos de millones de inversionistas privados. Estos fondos se han convertido en una fuente sustancial de crédito para las enormes inversiones de las empresas de Inteligencia Artificial y tecnología, pero ya empiezan a notarse signos de nerviosismo entre los inversionistas que empiezan a retirar sus dineros de los fondos prestamistas. Cualquier parecido con lo que pasó con los tenedores de las ‘hipotecas basura’ en 2008 no es pura coincidencia.

Las billonarias inversiones en IA también están empezando a generar preocupación entre los accionistas por la demora en obtener retornos, agravadas ahora por la guerra de Irán que incide de dos maneras. Primero, por la geopolítica mundial, pues se teme que la locura de Trump anime a la China a invadir o bloquear a Taiwán, lo cual privaría a Estados Unidos y al mundo del principal productor de los semiconductores usados para los enormes centros de datos usados en la IA. El otro impacto se da en los precios y la disponibilidad de la energía, pues se sabe que el procesamiento computacional de la IA consume inmensas cantidades de ella.

Estas preocupaciones ya se están manifestando en las bolsas mundiales como se ve en el gráfico que muestra la caída en el último mes de los principales indicies bursátiles mundiales. El Dow Jones de Nueva York cayó 6.6 por ciento, el Nikkei Japones 6.9 por ciento, el FTSE de Londres 7.2 por ciento y el DAX alemán 10.5 por ciento.

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Una economía vulnerable

Frente al riesgo de esta tormenta mundial, la economía colombiana está vulnerable. El año empezó mal con signos claros de deceleración del crecimiento sobre todo en la industria y la minería, pérdida de empleos en el sector privado, inflación con tendencia al alza, revaluación del peso y subida de tasas del Banco de la República. Aunque el crecimiento del PIB en 2025 fue de 2.6 por ciento, superior al 1.5 por ciento del año anterior, la tendencia es de desaceleración, pues el crecimiento desestacionalizado del último trimestre del año fue de solo 0.1 por ciento, mientras que en 2024 había sido 1.5 por ciento. La misma comparación del último trimestre muestra una significativa caída de la inversión (a -8,9 por ciento), y en el mes de enero se registró una gran pérdida de 813.000 empleos formales.

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Con una mirada optimista se puede decir que estos son indicadores coyunturales, goteras en el techo que se pueden reparar; lo más grave son las debilidades estructurales que son el déficit externo y el déficit fiscal. En lo externo, la balanza comercial sigue empeorando llegando a un déficit de 16.400 millones de dólares el año pasado (crecimiento del 55 por ciento frente al 2024) y también creció a -2,4 por ciento el déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos, que puede llegar a un 3 por ciento del PIB este año. Tendencias agravadas por una significativa revaluación del peso (el dólar ya está por debajo de 3.700 pesos), que incentiva las importaciones y perjudica a los exportadores.

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De lo fiscal ni hablar. Como proporción del PIB, los ingresos tributarios están estancados frente al año anterior, mientras que los gastos de funcionamiento e inversión ofrecen más de 1 por ciento del PIB. El gasto total sí disminuye un poco por las maniobras de manejo de la deuda pública, que han reducido en más de 1.5 por ciento del PIB el pago de intereses. Es una apuesta arriesgada que puede ser exitosa, pero también puede fallar y aumentar esos pagos en el futuro.

Como consecuencia, el déficit primario (ingresos menos gastos, excluyendo el componente de intereses) pasó de -2.4 por ciento a -3,5 por ciento del PIB, el más alto de los últimos treinta años. Aunque el Gobierno supone en el Plan Financiero de 2026 un importante ajuste de reducción del gasto en 33 billones de pesos (1.7 por ciento del PIB), la mayoría de los analistas no lo ven realista y la CARF lo califica como “no creíble”, pues no se sabe que van a recortar.

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La gran vulnerabilidad que tenemos es que para cubrir esos dos déficits necesitamos capitales internacionales, que hoy conseguimos pagando intereses muy altos, y si estalla la crisis mundial se van a cerrar los mercados como pasó en 1999. Sin financiación vendrá la recesión, el desempleo y el aumento de la pobreza.

Gastando más para la campaña electoral, el Gobierno está agravando la vulnerabilidad y ninguno de los candidatos con probabilidad de ganar la Presidencia ha presentado propuestas reales y creíbles de cómo reducir esos dos déficits.

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