
Hay que decirlo con claridad: la decisión de Petro de sentarse frente a Westcol —un destacado _streamer/influencer_— para que el encuentro fuera transmitido en vivo, no fue menor. No es habitual que un presidente se exponga en un formato en vivo, sin mediaciones, frente a un interlocutor que no responde a las reglas del periodismo tradicional. En un ecosistema donde muchos líderes siguen refugiándose en entrevistas controladas, esa apuesta es audaz. Y en términos de alcance, el resultado fue evidente: conectó con grandes audiencias que difícilmente habría alcanzado por las vías convencionales.
Gustavo Petro se sentó frente a Westcol y lo que vimos dejó de parecerse a una entrevista tradicional para convertirse en otra situación, sin duda más reveladora: una conversación sin jerarquías visibles, sin protocolo y, sobre todo, sin ese desnivel institucional que durante décadas ha definido la relación entre el poder político y quien lo interroga.
Esta vez fue muy diferente: no era un periodista frente al presidente. Era un interlocutor que hablaba desde el mismo lado de la cancha, con el mismo código. Esa fue la gran diferencia. Y justamente ahí está la paradoja comunicacional, porque ese mismo encuentro con Westcol —pensado para ampliar el alcance del discurso del presidente— también marca la cancha de otra manera. Y en ese nuevo terreno, las ventajas que usualmente tiene Petro para definir el curso de las conversaciones definitivamente no son las mismas.
Lo que ocurrió esa noche en la Casa de Nariño no fue, en sentido estricto, una entrevista. La entrevista periodística —como género— es un espacio diseñado para producir información, ordenar el discurso frente a ciertos temas y al final someter a quien detenta el poder a un sistema de preguntas que lo obliguen a explicarse. Todo esto supone preparación, investigación, jerarquía de temas, distancia profesional y, sobre todo, un rol claro: el periodista no conversa, así el tono sea distendido. El periodista interroga. Y nada de eso ocurrió en ese encuentro entre Petro y Westcol.
Lo que se vio fue otra cosa: una conversación en tiempo real, sin estructura pre definida, sin mediación de propósitos periodísticos específicos y sin la obligación de verificar datos o encauzar lo dicho de manera ordenada. No había un mediador entre el poder y la audiencia, sino un participante dentro del mismo espacio y flujo de posiciones. Y esa diferencia, que puede parecer sutil, cambia por completo la naturaleza del intercambio de ideas y palabras.
Gustavo Petro ha construido buena parte de su eficacia comunicativa sobre una premisa que le ha dado resultados: hablar sin intermediarios, moverse libremente en el terreno de la emoción y convertir cada intervención en la construcción improvisada —y no pocas veces caótica— de un relato en tiempo real: por eso transmite en vivo sus consejos de ministros, en los cuales —sabemos bien— habla sin plan ni articulación argumental, saltando de la importancia para las mujeres de acompasar el clítoris con el cerebro a las andanzas de Aureliano Buendía; de los actores porno de su Gobierno al fin del “capitalismo fósil”, etcétera. Es un registro que domina, entre otras cosas, porque suele enfrentarse a interlocutores que operan bajo reglas distintas, por ejemplo con sus subalternos, a quienes en repetidas ocasiones regaña, maltrata o humilla en público.
Pero en esta conversación con Westcol ese terreno desapareció. El joven streamer no intentó convertirse en periodista, ni siquiera por un momento. No pretendió ordenar la conversación, no filtró las ideas, no buscó conducir el diálogo hacia una estructura reconocible. Hizo algo más simple y, por lo mismo, más disruptivo: habló como habla siempre. Interrumpió cuando quiso, comentó mientras preguntaba, dejó que la conversación avanzara por intuición más que por diseño. Las respuestas y comentarios de Westcol sonaron como suenan las del gracioso del curso a sus amigos. “Esa gente no va a salir de ahí nunca…”: respuesta a Petro cuando dijo que los presos de El Salvador algún día saldrían a la calle. “No sé, yo vivo en Colombia...”: respuesta a Petro cuando le preguntó cómo es vivir en Australia. “Esos maricas, cogen eso, roban, van y meten vicio…”: respuesta de Westcol a la teoría de Petro según la cual los ladrones de celulares roban para llevar a sus novias a cine.
Y en ese flujo, que para cualquier formato tradicional resultaría caótico, terminó produciendo algo inesperado: un espacio donde Petro ya no tenía el control natural del ritmo, de los temas y del tono. Bastaba una observación en tono cotidiano —un “pero eso, cómo así”— para obligar a aterrizar lo que, en otros escenarios, habría quedado suspendido en la ambigüedad. No eran preguntas en el sentido clásico, pero sí una forma eficaz de desarmar la estrategia de Petro, acostumbrado a decir lo que quiere.
Pero lo más interesante no ocurrió solo en el plano del formato de la conversación. Durante años, Petro ha construido una parte central de su discurso sobre los jóvenes, especialmente sobre los jóvenes de los sectores populares. Y ese recurso ha sido eficaz porque suele desplegarse frente a interlocutores que no encarnan esa experiencia, sino que la observan desde fuera. Y esta vez fue muy distinto. Esta vez, Petro no estaba explicando esa realidad, como suele hacerlo con una suficiencia, muchas veces superficial o vacía. Esta vez estaba hablando con alguien que la ha vivido. Westcol no pretende representar a ese mundo de los jóvenes de los barrios por una razón simple y contundente: proviene de él. Y cuando habló sobre eso, no lo hizo con cifras ni con teorías, sino con algo muy difícil de controvertir: su propia experiencia. En ese cruce, la posición de Petro perdió parte importante de esa ventaja con la que juega muchas veces. Y a eso se sumó un factor adicional y decisivo: Westcol hablaba desde un lugar que el periodismo político rara vez puede ocupar: el de alguien que no tiene nada que perder. No depende del acceso, no busca cuidar relaciones, no espera pauta ni administra fuentes. Su forma de intervenir —aunque nunca perdió de vista que estaba frente al presidente— no está atravesada por el cálculo. Y esa ausencia de prevención cambia por completo el fondo y la forma de la conversación.
Está claro que el poder, incluso cuando no se impone de manera explícita, suele afectar el comportamiento de quien pregunta. La entrevista, incluso en su versión más crítica, sigue siendo un espacio donde el periodista administra una tensión natural al sentarse con un presidente. Aquí no ocurrió así. Hubo conciencia, pero no hubo deferencia, ni distancia, ni cuidado especial. Y sin esos elementos, Petro perdió una de sus ventajas estratégicas más sutiles pero impactantes: una estructura que usualmente lleva la conversación adonde a él le gusta.
Y en ese terreno, frente a alguien que comparte el mismo lenguaje, que encarna la experiencia y que no tiene nada que perder, la exposición de ciertas debilidades por parte de Petro resultó inevitable. Por eso, el presidente sufrió lo indecible para justificar su posición frente a los delincuentes, su justificaciones para los jóvenes que roban celulares o el derecho de la gente a defenderse de los agresores.
Lo que pasó entre Petro y Westcol no es una anécdota digital. Es una señal de fondo: no solo están cambiando los canales de difusión, sino que también están cambiando los géneros periodísticos. La entrevista empieza a ceder espacio frente a conversaciones que no están diseñadas para que el poder rinda cuentas o explique, sino para exponerlo en tiempo real, con sus fortalezas y miserias.
Durante años, Petro cuestionó y evitó a los medios para hablarle directamente a la gente, y en ese camino ganó cierto control sobre el mensaje. Pero en ese afán por salir de los canales tradicionales de comunicación, también abrió la puerta a interlocutores —como Westcol— que le hablan a millones sin reglas, sin mediaciones y sin cálculo. Y en ese terreno, el poder del presidente y lo que representa no es que deje de existir, pero ya no lo protege como antes. Quedó claro al hacer el balance de esa conversación entre Westcol y Petro, donde brilló mucho más el streamer que el presidente.
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