
Aquel fatídico 26 de abril de 1986, a la una de la mañana, 23 minutos y 58 segundos, una serie de explosiones destruyeron el reactor y el edificio del cuarto bloque energético de la Central Eléctrica Atómica. La catástrofe de Chernóbil se convirtió en el desastre tecnológico más grave del siglo XX. Cuando eso ocurrió, pocos pensaron, en ese entonces, que tiempo después no solo sería uno de los grandes cataclismos de la humanidad, sino que se convertiría en el símbolo del fin de un mundo utópico y la ratificación de aquello que siempre hemos sabido por la literatura y es que las naciones eslavas y el pueblo ruso han construido su carácter desde el dolor, la pérdida y las guerras. Hace cuarenta años estalló Chernóbil y con él se desmoronó un sistema y una idea de civilización.
En abril de 2016, cuando Svetlana Alexievich llegó a Bogotá para participar en la Feria Internacional del Libro, la escritora Laura Restrepo nos recordó en la presentación de Voces de Chernóbil que “si La Ilíada y La Odisea son las epopeyas del inicio de la civilización, Voces de Chernóbil es la epopeya del final”. Y sí, porque no solo el libro de la ganadora del premio Nobel de literatura en 2015, sino la serie que produjo años después HBO, nos muestra de una manera nítida y a través de los relatos de las victimas que esta tragedia fue el presagio de la disolución de un mundo. Homero cantó la fundación de una civilización a través de la guerra y los viajes. Voces de Chernóbil es el derrumbe de todo. Bomberos convertidos en materia radiactiva, animales abandonados mirando el horizonte como si supieran lo que estaba pasando y pájaros que volaban sobre el desastre. Tal cual lo insinúa desde el comienzo de su libro, Alexievich nos invita a escuchar un coro trágico en el que la narración se condensa en distintas voces que relatan la “historia omitida”, y la vida interior y posterior de quienes quedaron atrapados en el apocalipsis. En el primer testimonio que nos da la hoja de ruta del resto del libro, una mujer escucha a un médico decir que su marido, aquel bombero que acudió a apagar el incendio, ya no es un hombre sino “un elemento radiactivo de gran poder de contaminación”.
Qué iba a imaginar aquel adolescente que era yo en 1986, obsesionado con la escuela soviética de ajedrez y la rivalidad entre Anatoli Karpov y Gary Kasparov y las noticias que llegaban de la Unión Soviética a través de los cables de la agencia de prensa Novosti, la revista Sputnik y las viejas ediciones de la editorial Progreso de Moscú, que ese mundo roto en millones de astillas era la semilla del siglo XXI porque nos reveló que habíamos entrado en una época de globalización de la tragedia y la desconfianza en el progreso. Tal cual cuenta Alexievich, los campesinos expulsaban a los científicos porque sentían que la ciencia, lejos de salvarlos, había causado el desastre. Fue el comienzo del fin de la Unión Soviética, pero fue el inicio de mucho de lo que vivimos hoy entre noticias falsas y la posverdad.
Frente a esa conciencia, resuena con más fuerza la advertencia de Gabriel García Márquez sobre la necesidad de “concebir y fabricar un arca de la memoria, capaz de sobrevivir al diluvio atómico. Una botella de náufragos siderales arrojada a los océanos del tiempo, para que la nueva humanidad de entonces sepa por nosotros lo que no han de contarle las cucarachas: que aquí existió la vida, que en ella prevaleció el sufrimiento y predominó la injusticia, pero que también conocimos el amor y hasta fuimos capaces de imaginarnos la felicidad”. Un arca que nos ayude a preservar nuestra memoria colectiva para salvarnos de nosotros mismos.
Han pasado cuatro décadas y Chernóbil sigue en la memoria como el instante en el que la humanidad siguió escuchando, después de Hiroshima y Nagazaki, el eco de su propio final. Hoy es un lugar de atracción turística, a pesar del peligro que conlleva para los visitantes estar en una zona radiactiva. No importa la selfi o la historia de Instagram. El turismo nuclear hace parte de la diversión de este presente porque, como dijo la misma Svetlana: “los héroes de Chernóbil tienen un monumento. Es el sarcófago que han construido con sus propias manos y en el que han depositado la llama nuclear. Una pirámide del sigo XX”.
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