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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Detrás de la Luna

Regresamos a la Luna y estamos nuevamente asombrados. Es una buena noticia que, en medio de los bombardeos, los asedios y las guerras por defender unas líneas imaginarias llamadas fronteras la humanidad haya estado diez días pendientes de la belleza y el misterio. Otra vez la poesía y la ciencia como protagonistas gracias al viaje del Artemis II. Carl Sagan, que nos recordó tantas veces que la astronomía era la más clara experiencia de humildad humana, otra vez, como siempre, tenía razón. Este viaje parecía una nueva, lenta y obstinada excavación en la conciencia humana y la Luna, esa Luna que nos pertenece a todos, era el mejor pretexto para comprendernos a nosotros mismos como si al alejarnos de la Tierra intentáramos recordar algo que olvidamos hace millones de años cuando fuimos una minúscula materia temblorosa que latía en medio del infinito silencio del universo. 

No en vano, el disco The dark side of the moon de Pink Loyd comienza con el sonido del latido de un corazón humano. Luego vienen cuarenta y dos minutos de un profundo viaje musical y sensorial por esa conciencia. La poesía se anticipó, como siempre, y fueron los cuarenta y dos minutos que la tripulación del Artemis II perdió contacto con la Tierra cuando atravesó el lado oscuro de la Luna. ¿Cómo sería aquel silencio en el espacio mirando los cráteres, las dunas y las montañas rocosas de la Luna? Con seguridad, el latido de esos corazones de los cuatro tripulantes era la mejor música frente el silencio universal. Algún poeta dijo que “los humanos nacen listos para entender la poesía porque el corazón late en pentámetro yámbico”. Ante la profundidad de aquel silencio del universo, detrás de la Luna, allí hasta donde solo habían podido llegar los escritores de ciencia ficción y Pink Floyd, el corazón de los tripulantes latían al compás de los versos de siempre. Durante esos minutos se interrumpió la comunicación con la Tierra y ni una voz, ni una señal dieron noticia de esos cuatro humanos que estaban detrás de la Luna.  El latido es un pulso grave, una melodía que nos recuerda el origen, el principio de todo, cuando éramos una piedra rocosa flotando sobre el espacio donde unos microbios comenzaban a palpitar e iniciar así la maravillosa aventura de la vida. 

Aquellos corazones latiendo en el espacio repitiendo con Pink Floyd ‘Speak me’. Háblame. Respóndeme. Recuérdanos que nos estamos solos en esta nada donde titilan millones de estrellas que murieron hace millones de años y cuya luz apenas llega a nosotros para recordarnos la permanencia. Es el latido del corazón humano y las estrellas titilando como plegarias de lo que somos frente al polvo lunar allí a la intemperie. 

La Luna ha sido testigo de nuestras obsesiones y nuestras perdidas. Ha sido el símbolo del amor y la poesía. Y durante siglos fue imaginada sin que fuera pisada. Por eso hace parte de todas las mitologías y llegar a ella tiene algo de sagrado. Regresar es confirmar lo que ya habíamos habitado en la imaginación como en aquellos relatos donde visitamos ciudades que nunca hemos visto. Regresar es volver a darle una cartografía a lo imaginado. Llenar de geografía algo que hemos soñado y compartido.  Allí permanecen todas nuestras preguntas y llegar hasta el lado oscuro que nunca antes habíamos visto es confirmar que la voluntad de corazón humano puede llegar hasta lugares insospechados. Por eso, la ciencia y la poesía se reencuentran en el viejo oficio de formular y responder preguntas sobre nuestro destino. 

Y quizá el verdadero sentido de llegar a la Luna no sea tocar su superficie, ni cartografiar su lado oscuro sino recordar que seguimos siendo capaces de escuchar ese latido del corazón incluso a cientos de miles de kilómetros de la Tierra, en la fría soledad del espacio, como si el universo entero fuera una inmensa noche sin respuesta y nosotros intentáramos cantar, rezar, gritar o imprecar, en fin, todo aquello de donde dijeron los primeros versos. Por eso también es hermoso que las misiones espaciales se nombren, como las constelaciones con personajes de la mitología, porque la ciencia sabe que necesita de esas respuestas que dieron los antiguos para explicar nuestro paso por el mundo. En el pasado fue Apolo quien llegó a la Luna. Ahora es Artemis la que recorre las sombras de los montes y cuya luz ilumina los caminos, quien le devuelve a este viaje un nuevo sentido. Y con Artemis II llega también la primera mujer, Christina Koch, a la Luna a bordo de la capsula Orión, el gigante cazador que logró ganarse el respeto y el amor de Artemisa y que murió por la envidia de los dioses. Artemisa lo puso sobre el firmamento como una estrella eterna, fija, para que habitara eternamente entre las estrellas. 

En su columna ‘25.000 millones de kilómetros cuadrados sin una sola flor’, publicada en El País en 1981, Gabriel García Márquez nos recordó que “para quienes perdemos el tiempo pensando en estas cosas, hay desde entonces dos lunas. La Luna astronómica, con mayúscula, cuyo valor científico debe ser muy grande, pero que carece por completo de validez poética. La otra es la Luna de siempre que vemos colgada en el cielo; la Luna única de los licántropos y los boleros, y a la cual —por fortuna— nadie llegará jamás”. Tal vez eso fue lo que realmente ocurrió durante esos cuarenta y dos minutos de silencio. A lo mejor se reencontraron frente a la mirada de cuatro humanos esas dos lunas que menciona García Márquez. Y entonces entendemos que, aunque lleguemos una y otra vez, aunque la rodeemos y la fotografiemos, nunca habremos tocado del todo esa otra Luna, la única, la que sigue hablándonos en voz baja desde la noche y que nos recuerda, como el latido del corazón humano, que el verdadero viaje no era hacia su superficie, sino hacia ese lugar primigenio donde aún somos capaces de maravillarnos para inventar nuevos relatos y poemas que nos definan, porque allí, detrás de la Luna también están nuestros ecos de siempre que no dejan que nos perdamos en la oscuridad y el infinito.

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