
Guillermo Angulo es un verdadero maestro. Porque según la definición de ese honroso título, un maestro es alguien que “más allá de transmitir conocimientos, inspira, motiva, forma en valores y acompaña el descubrimiento”. Su vida y obra son dignas del mayor elogio: sus estupendas fotografías, su labor periodística y su libro Gabo+8 (lo recomiendo mucho, relata episodios muy interesantes y curiosos sobre nuestro nobel de Literatura), hacen de él uno de los principales personajes contemporáneos de la cultura nacional.
La semana pasada, el maestro Angulo nos dio una muy grata sorpresa. Grata porque se trata de un hermoso libro; sorpresa porque a sus 98 años su mente, su lente y su pluma están mejor que nunca. Todo esto lo pueden comprobar leyendo y disfrutando el libro que lleva el título de esta columna, cuyo contenido deslumbra por la belleza de sus fotografías y la sabiduría de sus textos.
Hoy en día el querido maestro se define como jardinero. Porque en su casa de campo, cerca de Choachí, construida hace un siglo por el expresidente Abadía Méndez, ha cultivado con mucho esmero durante 40 años un jardín excepcional. Allí se destacan las orquídeas, su gran pasión, a la que dedica las asombrosas fotografías y los escritos de variada naturaleza (desde anécdotas personales, pasando por citas literarias, hasta cuestiones científicas).
¿Por qué es el Jardín de Thanatos? La respuesta es porque, según la mitología griega, Thanatos —el hijo de la noche, Nyx, y hermano de Hypnos (el sueño)— representa la muerte tranquila. En la presentación del libro (muy bien editado por la Biblioteca Nacional, a cargo de Adriana Martínez-Villalba), el maestro Angulo nos contó que, con serenidad y la satisfacción de una vida larga y plena, se va apagando sin dolor ni tristeza.
Dos respuestas a los interrogantes que le formularon me gustaron mucho. Al preguntarle si les hablaba a las flores, contestó que no, que eran ellas las que le contaban cómo estaban, qué necesitaban. Y al deseo de saber cómo lograba captar tan bien la belleza de las orquídeas, su respuesta fue simple y contundente: “porque las amo”. Solo un intelecto y un corazón privilegiados tienen esa lucidez y sensibilidad.
Concluyo con lo que escribió el maestro Angulo al cierre de uno de los capítulos, muestra de su mente siempre inquisitiva: “Si le creemos a Aristóteles y las flores tienen alma, entonces irán al cielo, y a ese es el único cielo al que yo quisiera ir, aunque no dejo de preguntarme: ¿dónde quedará el cielo al que van las flores que mueren”?
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