Ir al contenido principal
Federico Díaz Granados
Puntos de vista

El mundo en una nevera

Termina la Semana Santa y regreso de un breve viaje en el que coincidieron unos días de descanso, reencuentros con amigos de siempre y compromisos académicos y editoriales. Como todo viaje, el regreso está cargado de nuevas nostalgias y recuerdos que se fijan para siempre en la memoria y la certeza de que algo de uno queda en esos lugares visitados y habitados. Y el regreso trae también una pequeña y sencilla ceremonia del recuerdo: los suvenires. La compra de esos objetos que significan la prueba material de que se estuvo allí y fue inolvidable. Ya hace parte obligatoria de mis viajes certificar esa experiencia con los imanes de nevera, llaveros, algunas tazas, gorras y camisetas de ocasión.

Mi nevera, como muchas neveras de amigos, familiares, colegas y conocidos, se ha convertido con el paso del tiempo en un atlas de la sentimentalidad hecho a la escala exacta del afecto. Cada imán como una suerte de coordenada de las emociones y de lo visto y también como testimonio de alguien que estuvo en alguna ciudad, plaza o monumentos y se acordó de nosotros. Así, poco a poco, la nevera se ha transformado en un museo íntimo y en un mapa del mundo sin fronteras ni aduanas. Todo al alcance de ese abrir y cerrar una puerta varias veces al día. 

En esa medida he confirmado que los suvenires también son pequeños bienes culturales cargados de un profundo significado y simbología en el que podemos reconocer muchas formas de narrarnos a nosotros mismos. Las curadurías de esas neveras son como las de quienes organizan bibliotecas personales y que ubican los imanes o los libros con el orden de los caprichos. Me gusta observar la forma en que mis amigos organizan sus bibliotecas y, con el mismo detalle e importancia, mirar la forma en la que ordenan sus imanes en la nevera o los suvenires en las estanterías. Allí están, insisto, los atlas de un mundo conocido, cercano y que puede ser ancho, pero no ajeno. 

Sin embargo, las nuevas generaciones, tan desapegadas de tantas cosas, miran con sospecha a sus padres cuando compran suvenires. Ellos, que vienen del mundo digital, pareciera que quieren conservar todo en sus dispositivos y teléfonos y por eso pueden prescindir de los objetos que dan veracidad al recuerdo. Ahora, las historias se archivan en redes sociales y en la nube se guardan no solo las fotos sino los mapas y lugares compartidos. Hace poco, con gran precisión y en poco segundos, mi hijo me reconstruyó todo el itinerario, con detalles y horas empleadas, de un viaje que hicimos hace un poco más de diez años. Todo estaba conservado en la nube que todo lo guarda así no haya sido tocado por lo humano. El pequeño imán o llavero ha sido tocado por un ser humano y por eso adquiere un valor especial o diferente para mí. El suvenir tuvo también la mirada. Fue escogido, cargado, transportado y entregado. Cada paso tuvo su breve ritual y eso conlleva un compromiso de lo afectivo y las afinidades. Ojalá esas neveras llenas de imanes o las estanterías pobladas de réplicas de monumentos, llaveros, juguetes o miniaturas no se conviertan en vestigios arqueológicos de una civilización anterior porque algo hay de encanto en esos mapas imaginarios que trazamos con todos los recuerdos de los viajes. 

Hace pocos días, la misión espacial a bordo del Artemis II actualizó la foto de perfil de la Tierra, de nuestra casa. Ha sido emocionante ver, a través de los ojos de esos cuatro astronautas, la belleza y palidez de nuestro planeta. Renovaron nuestro asombro. Mi mirada, mientras tanto, ha cabido en una nevera llena de imanes y una estantería repleta de objetos. Yo no había nacido cuando se tomó la foto anterior, digamos, oficial de la Tierra. La vida ha sido acumular y guardar aquellos suvenires y, de alguna manera, la nevera es el lugar favorito de todos para conservar aquellos imanes quizás porque es el centro de la casa y un punto de encuentro obligatorio de la cotidianidad familiar. El imán es una excusa para volver a contar el relato una y otra vez como si el suvenir fuera el detonante de un género literario que nos permite contar infinitamente el cuento de cada viaje como en los viejos mitos fundacionales. El suvenir es un objeto, pero el relato que trae detrás es la literatura es el lenguaje familiar, es el idioma común de una experiencia compartida. 

A lo mejor los futuros arqueólogos de la nueva civilización que estén explorando este tiempo tan extraño que nos tocó vivir a quienes habitamos el primer cuarto del siglo XXI excaven y encuentren las puertas de aquellas neveras oxidadas e imaginen que son los archivos de unos mapas infinitos donde, quizás, puedan encontrar los signos y las claves de un mundo extinguido. Y a lo mejor entonces comprendan que no se trataba de objetos sino de una forma hermosa y sencilla de la memoria. De pronto aquellos sabios del futuro sepan interpretar con exactitud que allí estaba una forma hermosa del relato en la que el verdadero sentido del viaje no era llegar a otro lugar sino regresar con una historia que merecía ser contada y donde seguro siempre nos reconoceremos. Por ahora regreso de mi viaje lleno de nuevos imanes, llaveros y estampillas, todos objetos inútiles pero que vienen a aportar un diminuto matiz al mapa íntimo de lo vivido. Por eso sigo pegando imanes en la nevera como una forma de que los recuerdos no se desprendan ni de mi casa ni de mi memoria.

Finalización del artículo

Comentar este artículo

Aún no hay comentarios

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscriptores

Compartir artículo en redes sociales