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Yohir Akerman

Irán, Hezbolá y el ELN

Un jurado federal en Estados Unidos acaba de confirmar lo que durante años en Colombia se quiso tratar como una exageración: la cocaína controlada por la guerrilla colombiana es canjeada por armas de guerra provenientes de circuitos vinculados a Irán. La condena por narcoterrorismo de un operador sirio-libanés llamado Antoine Kassis no es una historia lejana. Es la prueba judicial de una ruta que conecta a Colombia con redes de Hezbolá que operan en el país y operadores del extinto régimen sirio, en un negocio transnacional de armas, entrenamiento, drogas y dinero. 

Vamos por partes. El pasado 23 de marzo, un jurado federal en Virginia, Estados Unidos, condenó a Antoine Kassis por conspiración de narcoterrorismo y apoyo material al ELN. Así como se oye. Según la evidencia, Kassis se presentaba como primo de Bashar al-Assad, presidente de Siria durante más de dos décadas y figura central del régimen aliado de Irán. No era un intermediario cualquiera, sino un traficante con acceso de alto nivel, que utilizaba esa conexión gubernamental para facilitar operaciones de narcotráfico y acceso a armamento. Ofrecía armas de grado militar desviadas de arsenales sirios a cambio de cocaína colombiana, incluyendo equipos provenientes de existencias abastecidas por Rusia e Irán.

Lo más importante de este caso no es solo quién es Kassis, sino cómo operaba la red o cadena logística que atravesaba cuatro continentes. Para desmantelarla, la DEA puso en marcha una operación encubierta que se extendió durante casi dos años. La infiltración comenzó a través de una fuente en Colombia, conocida con el alias de “Selma”, que había logrado penetrar una red de lavado establecida en el Líbano, cuyos clientes incluían al ELN, al Cartel de Sinaloa y a Hamás, el movimiento terrorista islamista palestino, que al igual que Hezbolá, hace parte del entramado de actores armados y financieros vinculados a Irán en distintos escenarios internacionales. 

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Fue ahí donde apareció el nombre de Kassis, junto al de Wisam Nagib Kherfan-Okde y el de un narco mexicano llamado Alirio Rafael Quintero Quintero, moviéndose en esos circuitos criminales. En septiembre de 2023, la DEA organizó en Estambul una reunión clave. Kassis se encontró con dos lavadores de dinero y un activo colombiano, agente de la DEA, que se hacía pasar por inspector de armas del ELN. En ese encuentro se cerró el acuerdo: la entrega de 500 kilos de cocaína por parte de la guerrilla, a cambio de efectivo y armamento de grado militar provenientes de Siria e Irán. 

El plan era tan detallado como inquietante. Los ladrillos de cocaína serían marcados con un símbolo de dragón, inspirado en una pulsera que llevaba Kassis, y enviados en un contenedor de fruta con destino al puerto sirio de Latakia. Desde allí, según la evidencia del juicio, la droga sería distribuida hacia Líbano, Egipto y otros mercados, bajo protección de estructuras vinculadas al régimen.

Para financiar la operación, durante al menos 18 meses, Kassis utilizó canales clandestinos para mover más de 82 millones de dólares en criptomonedas. A eso se suman transferencias adicionales que elevan el volumen de la red a casi 100 millones de dólares. Parte de ese dinero fue convertido en efectivo mediante cuatro entregas coordinadas en Tánger, Marruecos, y en Acra, Ghana, por más de 600.000 dólares, destinados a pagar capitanes de embarcaciones, pilotos y facilitadores logísticos. No es Pablo Escobar, pero Kassis. 

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El último paso fue en Nairobi. En febrero de 2025, Kassis viajó desde Líbano hasta Kenia para reunirse con el supuesto enlace del ELN y verificar el armamento. No sabía que llevaba dos años siendo seguido e infiltrado. Horas después de su llegada, fue capturado por agentes estadounidenses con apoyo de autoridades kenianas y, en mayo de 2025, extraditado a Estados Unidos. 

Lo que quedó al descubierto en su juicio fue una red global de lavado con base en el Líbano, capaz de mover dinero entre Estados Unidos, América Latina, África y Medio Oriente, prestando servicios tanto a carteles de droga y a organizaciones terroristas. Un esquema en el que el ELN no es un actor marginal, sino parte de una estructura integrada al tráfico internacional de cocaína, con flujos financieros que incluían transferencias desde cuentas en Estados Unidos convertidas en criptomonedas y remitidas a billeteras que los conspiradores creían controladas por la organización.

En esa arquitectura aparece un actor conocido: Hezbolá, organización terrorista chiita libanesa y brazo armado y financiero del régimen iraní, que lleva décadas construyendo redes de financiación ilegal en América Latina, desde la triple frontera hasta Venezuela. Su presencia en Colombia ha sido documentada en informes de inteligencia, investigaciones judiciales y operaciones conjuntas contra lavado de activos vinculados al narcotráfico. No es una red improvisada. Es una industria.

En junio de 2022, un informe de la Fiscalía ya había advertido sobre células de Hezbolá operando en el país mediante empresas fachada, redes de lavado, ONG falsas y nexos con actores del ELN y del régimen venezolano. Casi tres años después, fue un memorando confidencial de mayo de 2025, elaborado por funcionarios del Departamento de Estado, que mostró una alianza más amplia entre Hezbolá, el ELN, disidencias de las Farc y el Cartel de los Soles, con rutas que atraviesan Venezuela y Colombia, se proyectan hacia el Caribe y se conectan con circuitos financieros globales. Lo que antes aparecía como piezas dispersas, hoy empieza a verse como lo que es: una sola arquitectura criminal. 

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Por eso, el título de esta historia importa. Del ELN a Teherán no significa que algún comandante guerrillero levante el teléfono y hable directamente con los ayatolás. Sería una caricatura. Lo que muestra el caso Kassis es algo más peligroso. Intermediarios sirios, rutas forjadas por Hezbolá, en un ecosistema donde también aparecen actores como Hamás, armas provenientes de arsenales alimentados por Irán y Rusia, pagos triangulados por África, lavado transnacional y la cocaína colombiana como combustible. 

Visto desde Colombia, la implicación es devastadora. La frontera con Venezuela deja de ser un problema de contrabando o de presencia guerrillera. Se vuelve una bisagra estratégica. Así lo muestra el memorando conocido en 2025 que describe al ELN y las disidencias aportando control territorial, campamentos, hombres armados y corredores seguros. Por su parte a Hezbolá contribuyendo experiencia en lavado, transferencias trianguladas, entrenamiento y logística; y el Cartel de los Soles, con la complicidad del aparato estatal venezolano, ofreciendo protección, salvoconductos y cobertura. Ya no hablamos solo de cocaína que sale, hablamos de armas, tecnología criminal y dinero opaco que regresan.

Existe, además, un punto que en Colombia seguimos mirando con ingenuidad. Para Irán y sus aliados, América Latina no es una causa romántica ni un capricho ideológico. Es una fuente de ingresos, zona de triangulación y retaguardia útil frente a las sanciones. El expediente Kassis deja ver que la cocaína colombiana no solo financia mafias locales. También entra a un circuito internacional que ayuda a sostener redes afines a la Guardia Revolucionaria iraní y a organizaciones terroristas dedicadas al exterminio del pueblo de Israel, como Hezbolá y Hamás.

Por eso, cada vez que en Colombia se banaliza el desorden fronterizo, o que el presidente Gustavo Petro romantiza la relación con el régimen del ahora capturado Nicolás Maduro, y cada vez que, bajo el paraguas de la “Paz Total”, se suspenden órdenes de captura o se legitima a estructuras armadas con vínculos en economías ilícitas, se está facilitando exactamente lo que este caso demuestra: que se fortalecen redes criminales globales.

El salto entre Arauca y Latakia ya no pertenece solo al terreno de la inteligencia o la sospecha. Ya tiene nombres, montos, puertos, transferencias, reuniones y una condena. Por eso, esta historia no debería leerse como una rareza del Medio Oriente, sino como una advertencia sobre Colombia. Si la cocaína que sale de nuestros corredores termina cambiada por armas de guerra en rutas construidas por Hezbolá y Hamás, y operadas por aliados del viejo régimen sirio, entonces la distancia entre el ELN y Teherán ya no se mide en kilómetros, sino en intereses. No hace falta una embajada clandestina, basta una cadena criminal eficiente. Y cuando eso ocurre, la guerra de otros empieza a cobrarse aquí también. En nuestros puertos, en nuestras trochas y en nuestros muertos.

En ese ecosistema hay un nombre que Colombia conoce demasiado bien. El del barranquillero Alex Saab, que se hizo multimillonario con el hambre de los venezolanos. No porque aparezca en el expediente Kassis, que no lo hace, sino porque durante años fue uno de los principales operadores financieros entre el régimen de Nicolás Maduro e Irán. Saab fue el hombre que convirtió contratos públicos en cajas negras, trianguló recursos a través de empresas de papel y montó una red diseñada para sacar dinero de Venezuela y hacerlo circular por el mundo.

No era un intermediario más. Era la pieza clave que movía el capital. El operador que permitió al régimen burlar sanciones y conectar sus recursos con circuitos internacionales opacos, incluyendo operaciones con aliados que incluían a Hezbolá. Y aunque no es la pieza central de esta historia, sí explica cómo funciona. Redes capaces de mover dinero, armas y drogas entre Irán, Siria, Líbano, Venezuela y Colombia, utilizando exactamente los mismos mecanismos: oro y coca a cambio de combustible, contratos inflados, triangulación de empresas y circuitos financieros paralelos diseñados para no dejar rastro. 

Más aún después de que Alex Saab estuvo detenido por las autoridades de Estados Unidos, liberado en un canje político y, nuevamente, en el centro de versiones sobre su recaptura en Venezuela. En especial porque su abogado defensor en medios y estrados criminales durante muchos años es el ahora candidato a la presidencia de la ultraderecha, Abelardo de la Espriella. Una ironía que se cuenta sola y que seguro es una historia que se le puede complicar más adelante. 

@yohirakerman; akermancolumnista@gmail.com

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