
No voy a decir que Vicky Dávila se inventó la puerta giratoria porque las relaciones incestuosas entre los medios y la política son tan antiguas como la prostitución. Pero sí puedo decir, sin temor a equivocarme, que Vicky subió el listón de ese contubernio a un nivel superior, batiendo todos los récords.
Vicky es la primera periodista en usar el medio que dirigía para cocinar su candidatura presidencial y lo hizo sin ningún reato ético. Ella, siempre olímpica, convirtió a Semana en su plataforma de lanzamiento, una hazaña que no pudo hacer ni Juan Manuel Santos, a quien sus detractores llamaban el “candidato aguacate” porque había madurado su aspiración presidencial a punta de periódico. En realidad, al expresidente le tocó sudarla más que Vicky: tuvo que renunciar a ser director de El Tiempo en 1991 porque su familia, que era dueña del diario en ese momento, consideró incompatible su aspiración presidencial con la de ser director de El Tiempo y le tocó esperar 20 años más para llegar a la Presidencia. Vicky, en cambio, pudo hacer moñona: durante un año y medio fungió de directora de Semana mientras impulsaba su candidatura, pero nada de eso le sirvió porque su derrota en las urnas fue humillante.
Vicky también fue la primera directora de medios en dejarse medir en las encuestas presidenciales, un hecho insólito para una periodista que siempre defendió el oficio y cuestionó duramente a todos los colegas que pasaban por la puerta giratoria. También se quedó callada cuando se supo que esas mediciones habían sido encargadas y pagadas por Gabriel Gillinski, el dueño de la revista que ella dirigía.
Durante un año y medio despotricó de todos los periodistas que la cuestionamos por utilizar su poder como directora de un medio para impulsar su candidatura presidencial, un acto que ella hubiera considerado oprobioso en sus épocas de periodista. Desde su pedestal, muy oronda, nos negó mil veces que estuviera aspirando a la Presidencia, mientras hacía giras por el país y era invitada especial en los congresos de los gremios donde era acogida como la candidata outsider de la derecha. En esos foros a nadie le pareció cuestionable ni poco ético que la directora de Semana se presentara como candidata porque les bastaba que fuera antipetrista, antisantista y adoratriz del expresidente Uribe.
Cuando publiqué en CAMBIO un artículo en el que desnudé su juego, Vicky me dedicó insultos, me ‘pordebajeó’ como periodista y me trató de mentirosa a pesar de que la que le mentía al país era ella. Al cabo de un año y medio, cuando ya no se podía mantener más la farsa, se lanzó como candidata y me dio la razón. Ahora sabemos más cositas, que nos tenía ocultas: según un informe de La Silla Vacía, el mayor financiador de su campaña fue Gabriel Gillinski, dueño de la revista en que ella incubó su candidatura, además de que fue también el que la financió para el proceso de la recolección de firmas.
Durante su campaña, Vicky me dio una entrevista para mi pódcast y en esa oportunidad le pregunté cómo se financiaba y si Gabriel Gillinski era uno de los aportantes. Ella, muy tranquila, me dijo que no. Ahora sé que me mintió olímpicamente.
Los cálculos le fallaron porque su candidatura se fue hundiendo, como el Titanic. De directora del medio y candidata, Vicky llegó a tener el 16 por ciento de intención de voto en las encuestas, pero ya en la calle las cosas fueron a otro precio. No logró sacar sino 238.000 votos en la Gran Consulta que no es ni el cinco por ciento de la votación y su condición de candidata outsider de ultraderecha, se la usurpó su amigo Abelardo de la Espriella.
En el colmo de los colmos, tras su derrota, Vicky ha decidido volver al periodismo luego de habernos engañado a todos. Pensando que este país le resiste todo, ha tenido el atrevimiento de volver al medio que usó para disfrazar sus aspiraciones presidenciales a entrevistar a sus contrincantes, como si el oficio de periodista fuese una camiseta que se pone y se quita cuando a ella se le dé la gana. Nadie ha manoseado más el periodismo que Vicky Dávila y, si hubiera un premio a la periodista que más ha ‘pordebajeado’ la profesión, ella se lo ganaría de sobra.
Vicky ni siquiera pasó por la puerta giratoria porque tuvo un cohete que ella misma construyó con ayuda del dueño de la revista que tenía la ambición de catapultarla al Palacio de Nariño en un dos por tres, pero el cohete no despegó. Vicky perdió no solo porque no tenía mucho que decir, sino porque su candidatura fue hecha con base en mentiras. Nos mintió desde el comienzo: negó que era candidata cuando se comportaba como una aspirante presidencial; nos dijo mentiras sobre quién financiaba su campaña y ahora quiere volver al periodismo después de haber engañado a sus lectores.
Su caída no me reconforta. Y no solo porque el periodismo perdió una buena periodista —Vicky lo era— sino porque su desprecio por la verdad impuso la vara con la que nos van a medir a todos los que ejercemos este oficio de ahora en adelante. Pero no todos somos como Vicky. No todos usamos el periodismo para vengarnos ni para fabricar mentiras o para convertirlo en trampolín hacia la Presidencia.
En el 2020 yo renuncié a Semana cuando ella fue impuesta como directora por Gabriel Gillinski y Felipe López. Lo hice porque sabía que mi concepción del periodismo era muy distinta a la de ella. Ella era servil al poder y yo creía y creo que el periodismo debe denunciar los abusos del poder. No me equivoqué, aunque debo aceptar que nunca me imaginé que fuera a llegar tan lejos en su ambición ni que estuviera tan dispuesta a ultrajar tanto el oficio.
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